El fin de la soberanía nacional

Hay que poseer una buena dosis de ingenuidad para creer que tiene realidad y eficacia un precepto de nuestra Constitución de 1978. Es éste: «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado» (artículo 1.2). Después de lo que está ocurriendo, día tras día, con Grecia y con nuestro país, es obvio que quienes mandan soberanamente en las viejas naciones europeas no son los respectivos pueblos de las mismas, sino una organización (habitualmente conocida como «Bruselas»), situada por encima de ellos. Hace unos días se publicó en la primera página de este periódico una noticia que hubiese escandalizado a nuestros antepasados del siglo XIX: «Rajoy obligado a un ajuste el triple de duro del que anunció… para cumplir con el 4,4% de déficit que exige Bruselas». Y nadie replicó. Hay que reescribir lo mucho que sobre soberanía se ha sostenido en Europa, una vez superado el feudalismo de la Edad Media.

Efectivamente fue Jean Bodin (1529-1596) quien introdujo el término «soberanía» en la enciclopedia de los saberes políticos. Lo hizo con una fe ciega en el poder absoluto del monarca. Escribió: «Pienso que no hay nada más grande en la Tierra, después de Dios, que los príncipes soberanos, y puesto que éstos son establecidos por Él, como sus lugartenientes, para mandar a los demás hombres, es menester estar en guardia respecto a su cualidad, a fin de respetar y venerar su majestad con toda obediencia y de sentir y hablar de ellos con todo honor, pues quien desprecia a su príncipe soberano desprecia a Dios, del cual son imagen en la Tierra». A pesar de estos excesos en el juicio, hay que reconocer que corresponde a Bodin el mérito de poner fin teórico al feudalismo y abrir el camino que condujo a la soberanía popular.

El corsé que significaba el sistema feudal al desarrollo económico posibilitó que la naciente burguesía reivindicase un poder central fuerte que concentrase en la mano del rey todas las fuerzas. Se ha sostenido, por ello, que la soberanía surge por un fenómeno de concentración de poder realizado por los monarcas.

En la ruta doctrinal suelen mencionarse las aportaciones de Thomas Hobbes (1588-1679), de John Locke (1632-1704) y de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), entre otros. Fueron contribuciones doctrinales de signo distinto que contribuyeron a que en la Revolución francesa del XVIII se hablase indistintamente de «soberanía de la nación» y de «soberanía popular». El artículo 3 de la “Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano”, aprobada en Francia el 26 de agosto de 1789, decía que «el principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación».

Con esta creencia en que las naciones eran soberanas se actuó en Europa durante los siglos XIX y XX. Lamentablemente, se impuso en determinados lugares una concepción totalitaria de la soberanía, como ocurrió en la Alemania nazi y en la Italia fascista, quedando en el registro de pensadores funestos Schmitt, Chimiente, Rocco y Tamboro, entre los más conocidos, y en la nómina de personajes políticos que debemos olvidar Hitler, Mussolini y Franco.

Al finalizar la II Guerra Mundial, la concepción totalitaria de la soberanía entró en su fase última. Por un lado, el presidente de Estados Unidos Harry S. Truman leyó en el Congreso de la Unión, el mes de marzo de 1947, un mensaje en el que prometía «ayuda a los pueblos del mundo libre», amenazados de subyugación por minoría armadas en el interior de sus fronteras o por presiones exteriores. La postura del mandatario norteamericano fue replicada en la URSS con la denominada doctrina Brezhnev, favorable a una soberanía limitada en los territorios de su órbita de influencia, es decir en los países satélites. Con tal doctrina se intentó justificar la invasión militar de Checoslovaquia en el año 1968.

Mientras tanto, florecían en Europa las democracias pluralistas. La segunda mitad del siglo XX fue, en muchos lugares, un buen cultivo de la libertad ideológica. Pero la globalización económica iba a romper los esquemas de las visiones nacionalistas, quedando al margen de la trayectoria histórica las ideas de las soberanías nacionales. Ahora se iba a vivir y a convivir de otra manera. La revolución en los medios de comunicación (télex y afines) cambiaría radicalmente el funcionamiento de las sociedades.

El profesor Rodrigo Borja, que ocupó la presidencia de Ecuador entre 1988 y 1992, nos explica que la globalización de la economía mundial se expresa principalmente en la «apertura de mercados», en el «comercio libre», en el flujo internacional de capitales, en la formación de amplias zonas de libre intercambio, la eliminación de toda clase de barreras arancelarias y administrativas al comercio internacional, la integración de grandes bloques económicos, el libre flujo de mercancías, servicios, capitales y tecnologías entre los países, el fortalecimiento de las empresas transnacionales, el uso del dinero electrónico, la planetarización de los medios de comunicación, el intercambio de profesionales y técnicos, la internacionalización de la tecnología, el auge del turismo y otros fenómenos hasta hoy inéditos en la Historia de la Humanidad.

En este momento actual, los gobiernos europeos han de estar pendientes de que sus programas se aprueben por quienes mandan de verdad en la Comunidad. Algo parecido sucede, ante los gigantes todopoderosos, en otras zonas del planeta. Por lo que a nosotros se refiere, dentro de poco se colocará la idea de soberanía nacional en el armario de los recuerdos históricos, junto al feudalismo y -si no se interpreta que exagero- junto al hacha de piedra.

Nuestro horizonte político, en definitiva, está cargado de novedades. En el siglo XXI se convivirá de unas formas por ahora desconocidas.

Por Manuel Jiménez de Parga, catedrático de Derecho Constitucional, presidente emérito del Tribunal Constitucional y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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