¿El fin de las ‘ciencias del espíritu’?

Según una noticia reciente, el ministro de Educación japonés ha propuesto a las universidades niponas eliminar o reformar los estudios de Humanidades para potenciar las carreras más técnicas. Y su sugerencia ha tenido éxito ya que a fecha de hoy 26 de las 86 universidades estatales tienen previsto seguir la insinuación gubernamental, y 17 de ellas no admiten nuevos estudiantes en las carreras de corte humanístico, no sea que el gabinete que preside Shinzo Abe se enfade.

Porque, a tenor del discurso ministerial, la causa última de que Japón no salga de su prolongado estancamiento económico la tiene que haya alumnos que osen estudiar qué cosa sea lo bello y lo bueno, los ‘haikus’ y ‘jiseis’ del siglo XVII, Shakespeare y Cervantes, Fidias o Rodin, un soneto de Petrarca o la estructura de tal ‘passacaglia’ de Bach. Por no decir los ‘Cuentos de la luna pálida’ de Mizoguchi y el cine de Kurosawa. Ya que según el discurso oficial son estas perversas cuestiones de las Humanidades -y no la catástrofe demográfica japonesa ni los groseros errores del poderoso MIT y la banca nipona- las responsables en su inutilidad del grave declive del país del Sol Naciente.

El fin de las ciencias del espírituPero tampoco en el país del Sol Poniente lucen mejor las cosas para estas materias que Dilthey certeramente denominó «ciencias del espíritu», como nos advierte recientemente Martha Nussbaum en su esclarecedor ‘Not for profit: why democracy needs the humanities’. Y es que también la Administración Obama está primando los estudios de ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas a través de su Proyecto STEM (Science, Technology, Engineering, and Mathematics) que prevé que más de un millón de estudiantes se gradúen en los próximos 10 años en dichas disciplinas. Hasta el punto de que, como anota Michael Teitelbaum desde Harvard, «ser competente en las disciplinas STEM al finalizar la escuela secundaria, es el equivalente moderno del saber leer, escribir y sumar del siglo XIX».

Aunque uno apunte que las cosas no son exactamente así y que en el muy atrasado siglo XIX en los parvularios italianos se leía a De Amicis, en Francia a La Fontaine, a Defoe en Inglaterra o en América a Mark Twain. Leer era algo más que decodificar signos escritos y esos autores y otros más hacían de puentes de transmisión de todo nuestro acervo cultural, además de despertar en el niño el gusto por la belleza misma como lo recordaría siempre Machado: «¡Ah, cuando yo era niño soñaba con los héroes de la Ilíada! /Ajax era más fuerte que Diomedes, / Héctor, más fuerte que Ajax…». Todo lo cual no era poco y servía para sentirse hijos y legadores de un algo muy valioso que hacía habitable el mundo. Por lo que leer y estudiar estas Humanidades y esos humanistas no es en absoluto lo mismo que aprender las disciplinas STEM, por mucho que se empeñe la Administración Obama. Y me resulta muy difícil pensar cómo podemos entre algoritmos, líneas de código y lenguajes Java encontrarnos con el saber vivir de Montaigne o con el problema político y humano que nos plantea Shylock en ‘El mercader de Venecia’ sin el cual no entendemos bien la significación de la ley en la república.

Claro que, si miramos al estado de la cuestión en el llamado Espacio Europeo, la situación no puede ser más preocupante para esos humanismos que, según el ministro japonés, «están alejados de la realidad». Ya no hay duda de que Bolonia -en una ironía de la Historia- marca el fin de tales saberes con su extinción gradual basada en la «percepción mayoritaria de su falta de utilidad». Jordi Llovet, catedrático de Literatura en Barcelona, bien lo explica en un libro iluminador como es su ‘Adiós a la universidad’. Porque el adiós a las Humanidades es al mismo tiempo la despedida a ese gran invento occidental que fue la Universitas como elemento de transmisión de los más altos saberes y vertebración de la civilidad. Y ni siquiera ello nos privó de caer en la barbarie de la Gran Noche hace menos de 80 años, como si el saber humanístico fuera condición necesaria pero no suficiente para la salud de la república.

Pero ya hasta olvidamos esta obviedad tan elemental, de manera que la universidad se está convirtiendo en Europa -no digamos en España- en una gigantesca y hueca Escuela Técnica o antigua Escuela Laboral que se asemeja a esa caverna de Platón a cuya entrada los jóvenes prisioneros leen ahora un letrero que reza: «En nombre de la sacrosanta utilidad». A los cuales se les ha privado previamente, con la expulsión de la Filosofía en nuestro bachillerato, del derecho a saber que estamos en ‘una caverna’ y, por tanto, de decidir o no llevar una vida humana.

Sin embargo, ya nuestro mismo Machado nos espetó como de chacota pero con mucha seriedad aquel proverbio en el Mairena: «¿Dónde está la utilidad de nuestras utilidades?». La pregunta no es baladí a la vista de cómo andan el hombre y sociedad actuales, tan tecnificados como enfermos.

Pero es que, además, los problemas más acuciantes hoy nos remiten a preguntas y respuestas que habrían de ser formuladas desde los saberes liberales, entre los que se encuentran también el conocimiento ético y moral sin perder de vista que nuestra vida es ante todo vida humana y sus grandes cuestiones son por ello atécnicas. De ahí que nuestro gran problema no es que carezcamos de respuestas para tales interrogantes, sino que el agonizar mismo del discurso humanista nos impide siquiera hacernos tales preguntas.

Así, ¿acaso puede ser interpelado o respondido desde la pura ciencia o el marco de referencia del STEM el problema moral y sus causas que plantea el ‘affaire Volkswagen’? ¿Cómo no preguntarse por las creencias que sobre la naturaleza y la verdad tenía el emporio automovilístico de Wolfsburgo? Lo cual sólo se puede formular desde una instancia ‘pre-tecnológica’ que ya hemos perdido. ¿O acaso pueden ser pensadas técnicamente las nuevas relaciones laborales y el sentido del trabajo -ya un bien escaso- que se avecinan con la digitalización, sin tener en cuenta la antropología, la ciencia social y la justicia? ¿Podemos, también, hacer frente a los formidables desafíos políticos a los que asistimos sin recurrir a nuestra gran tradición de filosofía política, ignorando las apreciaciones -tan útiles como recientes- de Voegelin o Strauss, por ejemplo? Y lo mismo con varias otras cuestiones capitales que no aparecen en los escenarios educativos del STEM, Bolonia o Tokio.

¿Qué nos es dado hacer ante esta nueva forma de barbarie disimulada que asoma en nombre de la utilidad? En la medida de lo posible, dedicar nuestra atención, lectura y pensamiento a las grandes cuestiones ‘inútiles’ sin cuya indagación y resolución lo demás carece de importancia. Y hacerlo al modo en que Bradbury y Truffaut nos enseñaron en ‘Fahrenheit 451’: haciendo una catequesis a media voz de lo mejor de nuestra civilización con los más a mano. Para que quizá algún niño pueda volver a soñar un día con los héroes de Machado, conmoverse ante la Pietá o -como el lobo estepario- decidir seguir viviendo porque es real La flauta mágica, de todo lo cual se le está privando. Lo que me parece francamente útil y perentorio, más allá del STEM y Bolonia. Y por muy «alejado de la realidad» que le parezca al ministro japonés.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares.

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