El fin de los dinosaurios

Un grave error. Buena parte de los gobernantes, partidos, medios de comunicación, analistas e incluso las élites que ejercen el poder en España parecen incapaces de percibir el cambio político histórico que se está produciendo en feudos electorales estructurados desde los años noventa alrededor de dos formaciones alternativamente hegemónicas, el PP y el PSOE. El votante de los partidos de la resignación, hoy cansado, hastiado y empobrecido, está mutando a una velocidad de vértigo hacia las formaciones de la ilusión. No tanto como una respuesta afirmativa a sus propuestas políticas, sino más bien como antesala a la definitiva ruptura umbilical con un presente que muchos ciudadanos identifican fundamentalmente con la crisis económica y con la corrupción. En parte, la tradicional prudencia del electorado que buscaba y perseguía el centro político como un valor en sí mismo ha disminuido. La gravedad de la situación económica a pie de calle tiende a señalar a los dos grandes partidos como responsables de los males de la sociedad española: desde el paro al empobrecimiento de las clases medias, desde la dificultad de acceder a una vivienda digna a la emigración post universitaria al extranjero para encontrar un primer empleo.

Acaba de pasar en Grecia, con una fuerza impensable hace no tantos meses. Y podría suceder en España. Veremos también cómo evoluciona el tsunami Marine Le Pen en Francia; dónde acabarán fenómenos como Beppe Grillo en Italia o qué sucede con otros partidos populistas y xenófobos que emergen con fuerza en el continente y que ya tienen una representación electoral significativa y nada despreciable en el Reino Unido, Austria, Holanda, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Suecia, Bélgica, Suiza, Bulgaria y Eslovaquia. Grecia ha agrietado el dique de contención del sistema. Acostumbrados como estaban los partidos conservadores y socialdemócratas a repartirse el poder entre ellos, les ha faltado audacia, empatía y credibilidad y les ha sobrado prepotencia y miopía a partes iguales. El avance de este proceso de cambio será devastador para la socialdemocracia que construyó el Estado del bienestar pero que hoy es víctima de cesiones ideológicas que en muchos casos la han llevado a difuminarse o, lo que es peor, a ser confundida con la derecha no en los temas sociales pero sí en los económicos.

¿Puede España sucumbir al fenómeno griego y entrar en una etapa política similar a la del país heleno con un retroceso muy importante del PP y un desmembramiento acelerado del PSOE? No sólo puede sino que las encuestas apuntan que esta situación ya se está produciendo. Mientras los populares intentan arañar ventaja en las dos Castillas y Galicia y el PSOE se afana en encontrar un refugio en el feudo andaluz, Catalunya y País Vasco han desplazado a ambas formaciones al rincón de las fuerzas marginales. Podemos se ha afianzado ya como alternativa real capaz de pescar en todos los caladeros de la izquierda pero también, en menor medida, en votantes ocasionales de la derecha. Finalmente, Ciudadanos se encarama como el cuarto e inesperado invitado, una vez los altavoces mediáticos de Madrid han dado por amortizada a Rosa Díez y han concentrado sus apuestas en Albert Rivera, un rostro más acorde con estos tiempos de cambio y altamente telegénico. Aunque es pronto, en esa mesa a cuatro se abren diferentes combinaciones teóricas de gobierno: desde la institucional PPPSOE, que tanto tranquilizaría a las siempre recelosas élites, deseosas de bandear cualquier horizonte desconocido, hasta la fórmula griega que, trasladada a España, sería lo más parecido a una alianza entre Podemos y Ciudadanos. Los estudios demoscópicos no consiguen ponerse de acuerdo sobre qué corrección a la baja es la correcta a la hora de establecer las elevadas expectativas de voto de la formación de Pablo Iglesias y en menor medida de Rivera. Pero ¿qué sucederá si la irritación social con los dos grandes partidos se transforma en las diferentes contiendas electorales del 2015 en un voto nuevo? ¿Si las encuestas están reflejando una realidad y no únicamente un estado de gran efervescencia contra las formaciones políticas tradicionales? El PP podría ganar las elecciones pero sus pobres resultados le abocarían a un gobierno con el PSOE –hoy, impensable– o con Ciudadanos, si la formación de matriz catalana alcanzara una velocidad de crucero que hoy no tiene en España y para la que aún le falta mucho impulso. El panorama para los socialistas se antoja mucho más dramático. Con un partido dividido, un líder cuestionado internamente, sin un rumbo político claro y con una propuesta federal ininteligible, la victoria en las elecciones andaluzas del mes de marzo es condición imprescindible para encontrar un mínimo anclaje. Pero ni mucho menos será suficiente. Se da la paradoja que la victoria de Susana Díaz tan sólo es buena para ella, mientras que la derrota recae también en las espaldas de Pedro Sánchez. En tan sólo seis meses el secretario general ha reblandecido el discurso de su partido macerándolo en un anodino mar de tópicos. De la mano de Sánchez, hoy el PSOE está aún un poco más cerca del abismo.

El uniforme de secretario general que antes que él se enfundaron González, Almunia, Zapatero y Rubalcaba se aprecia ostentosamente grande. Nada que evoque el líder carismático de Ferraz dispuesto a plantear batalla. Nada que se asemeje al lujoso uniforme de gran ceremonia de color azul con el abrigo en forma de capa prácticamente hasta los pies del fogoso y admirado mariscal Ney que protagonizó en el año 1805 una célebre batalla contra los austriacos en Elchingen, un municipio bávaro de unos 10.000 habitantes al oeste de Munich. Aquella contienda militar de imposible victoria para el mariscal napoleónico le valió el título de duque de Elchingen tras acabar con las tropas austriacas así como el sobrenombre para la posteridad de Le Brave des Braves (valiente entre los valientes). El uniforme, del que se han desprendido ahora los herederos de Michel Ney, se expone hasta marzo en el Museo del Ejército, en el Hôtel des Invalides, y está considerado un tesoro nacional al existir tan sólo otros dos de la corte imperial napoleónica con tanta profusión de hilos de oro y seda bordada.

Con las apuestas para Sánchez en el tiempo de descuento –cierto que Hollande también lo estaba y hoy nadie se atreve en Francia a extraer conclusiones definitivas sobre su futuro político–, los socialistas deberían afrontar con urgencia dos reflexiones. La primera afecta a las primarias, donde el PSOE ha conseguido elevar a la categoría de axioma el tópico de que las carga el diablo. Primero fue Borrell y ahora Sánchez. Quizás mejor que se olviden de este procedimiento interno si desde el mismo día de la elección el deporte favorito en las filas socialistas pasa a ser cuestionar al ganador. Quién sabe si la exministra Carme Chacón acabará teniendo una oportunidad impensable como cabeza de cartel del PSOE a la Moncloa. A diferencia de otras ocasiones, se ha puesto de perfil y guarda un prudente silencio. Un silencio que habla bien alto. La muestra clara de que su hora puede haber llegado. Si durante los años en que hacía maniobras en el ejército parecía que iba justa de talla, la súbita jibarización que ha arrasado la cúpula socialista le ha hecho ganar altura a ojos de los analistas. Dicen que Chacón vuelve a hacer ejercicios de calentamiento en la línea de salida. Quién sabe. Al final el objetivo es llegar primero a la meta. Aunque sea por un atajo. Eso la historia no lo recordará…

José Antich

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