¿El fin del excepcionalismo chino?

De Argentina a Turquía y de Sudáfrica a Indonesia, la turbulencia financiera sacude una vez más a los mercados emergentes. Pero no perdamos de vista el más grande y tal vez el más problemático de todos ellos: China.

En las últimas décadas, el crecimiento de China pareció violar ciertas leyes fundamentales de la economía. Por ejemplo, la Ley de Stein, que sostiene que si algo no puede seguir para siempre, se detendrá. Pero la deuda de China no para de crecer.

De hecho, según el Fondo Monetario Internacional, la deuda pública y de las empresas y familias chinas aumentó unos 23 billones de dólares sólo en la última década, y el cociente deuda/PIB creció unos 100 puntos porcentuales, a más de 250% (varios órdenes de magnitud por encima del nivel donde normalmente se producen las crisis financieras).

Es verdad que parte de la deuda china se usó para expandir la base industrial y la infraestructura. Pero una buena parte también se destinó a sostener empresas públicas que dan pérdida e inversiones interminables en viviendas e instalaciones públicas superfluas.

Los desequilibrios internos de China hablan de otra ley económica que consiguió infringir. En cualquier país normal, la acumulación de excesos de capacidad importantes llevaría a marcadas caídas de la inversión y del crecimiento del PIB. Y a su vez, eso produciría tensiones financieras, seguidas por una crisis si no se prestara atención a las señales de alarma. Pero el caso de China ha sido diferente. El crecimiento de su PIB se desaceleró, pero la inversión sigue firme, y no hay presión sobre su sistema bancario.

Una explicación habitual de la aparente invulnerabilidad de China es que cuenta con grandes reservas de ahorro interno y enormes reservas de divisa extranjera (más de 3 billones de dólares), que puede gastar para anticiparse a un pánico financiero. Y el Estado todavía tiene un balance suficientemente sólido para rescatar empresas financieras inviables, lo que le permite eliminar fuentes de tensión que aparezcan en este sector crucial.

Otra explicación habitual de la resiliencia de China es política. La alta centralización de la toma de decisiones permite al gobierno acciones rápidas y concertadas, por ejemplo, para restringir fugas de divisas. Y en una sociedad tan controlada –y controlable– como no hay otra, es muy fácil manejar las tensiones sociales normales derivadas de las disrupciones económicas.

Pero aunque estos argumentos son atendibles, es tiempo de revisarlos. El excepcionalismo económico de China enfrenta ahora una tormenta perfecta que combina tensiones previas –en concreto, la acumulación de deuda– con complicaciones nuevas, que incluyen las barreras comerciales de Estados Unidos, la reacción geopolítica contra la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR) de China y un endurecimiento de las condiciones monetarias, en particular en Estados Unidos.

Después de la crisis financiera de 2008, China pasó de un modelo económico exportador a la búsqueda de fuentes internas de crecimiento. Pero ese rebalanceo demanda todavía más deuda e inversión, lo que aumenta el riesgo de colapso. Esto obligó al gobierno a andar con mucho cuidado y proveer a la economía estímulo a cuentagotas, según las necesidades. Es un acto de equilibrio para el que no hay manual: una intervención política que en el momento de su aplicación parece moderada puede terminar resultando excesiva. En algún punto, la Ley de Stein se hará valer.

De las nuevas amenazas al crecimiento de China, la primera es la política comercial de Estados Unidos. Hasta ahora, los aranceles del gobierno de Trump sólo han afectado a exportaciones chinas por valor de unos 50 000 millones de dólares. Pero en julio, Trump anunció una nueva ronda de aranceles contra otros 200 000 millones de dólares en bienes chinos, que representan alrededor del 15% del total de las exportaciones a Estados Unidos. En respuesta a las continuas amenazas de Trump, China se ha mostrado notablemente condescendiente, lo que evidencia su creciente vulnerabilidad.

Una segunda amenaza contra la demanda externa procede del agotamiento de las políticas mercantilistas de China. En los años noventa y dos mil, China desarrolló una industria exportadora excepcionalmente grande, en parte permitiendo la subvaluación de su moneda. Pero después continuó esta estrategia por otros medios, en concreto la IFR, por la que financia las compras extranjeras de bienes y servicios chinos. Llamémoslo Mercantilismo 2.0 chino.

El problema es que ahora el Mercantilismo 2.0 enfrenta presiones políticas y económicas. En lo político, los países que se endeudaron con China –Sri Lanka, Malasia, Myanmar, etc.– comienzan a cuestionar la IFR y su tufillo de neoimperialismo. En lo económico, el Centro para el Desarrollo Global señala que las costosas condiciones de financiación de la IFR dieron lugar a una alarmante acumulación de deudas en al menos ocho países.

Malasia, por ejemplo, ya tuvo que cancelar proyectos con respaldo chino por valor de 22 000 millones de dólares. En Sri Lanka, el excesivo peso de las importaciones de bienes chinos sobre las cuentas externas obligó al país a pedir ayuda al FMI. Y es posible que Pakistán tenga que hacer lo mismo pronto. Conforme se difunda la desconfianza en la IFR, más países reducirán las importaciones desde China y el uso de sus préstamos.

En tanto, una tercera perturbación es el aumento sostenido de los tipos de interés en Estados Unidos, que al superar a los de China podría provocar una salida de capitales (como ya les ha sucedido a otros mercados emergentes este año). La dirigencia china se verá entonces enfrentada al dilema clásico de los mercados emergentes: o permite que se debilite el yuan, al costo de agravar la fuga de capitales en el corto plazo y ser acusada de manipulación cambiaria por Estados Unidos, o lo sostiene, al costo de gastar otro billón de dólares de reservas como en 2015.

El gobierno también podría reimponer un control draconiano sobre los flujos de capitales. Pero eso asfixiaría la demanda externa, dificultaría la gestión económica y, más en general, chocaría con las aspiraciones de liderazgo económico global de China (que incluyen la internacionalización del yuan).

A la par de esta tormenta económica perfecta, también hay cada vez más dudas respecto de si el presidente chino Xi Jinping conserva un control tan firme como quisiera hacer creer a todos. Xi debería recordar no sólo la Ley de Stein, sino también la Ley de Rüdiger Dornbusch, que sostiene: “Las crisis demoran mucho más en llegar de lo que uno cree, y luego se desarrollan mucho más rápido de lo que uno hubiera pensado”.

Tarde o temprano, el excepcionalismo chino cederá ante las leyes de la economía. El mundo debe prepararse. Las consecuencias pueden ser graves, y sin punto de comparación con nada que haya sucedido en la historia reciente.

Arvind Subramanian, a former chief economic adviser to the government of India, is a visiting lecturer at Harvard’s Kennedy School of Government. He is the author of Eclipse: Living in the Shadow of China’s Economic Dominance. Josh Felman is Director of JH Consulting. Traducción: Esteban Flamini.

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