¿El final de la ‘okupación’?

Según algunas opiniones, el movimiento global de ocupación de lugares públicos nació con ocasión de la primavera árabe, en enero del 2011; según otras, la fecha decisiva fue el 15 de mayo, con ocasión de las primeras manifestaciones importantes de los indignados en España, aunque otras voces se refieren al 17 de septiembre, en que los activistas de Ocupad Wall Street se reunieron en el parque Zuccotti de Nueva York. Al cabo de pocas semanas, les siguieron otros movimientos: las manifestaciones contra Putin en Moscú y las diversas protestas celebradas en Gran Bretaña, Alemania, Israel o incluso la tranquila Suiza, sin olvidar Nigeria y Mongolia. El 2011 fue el año de la protesta. Parecía alborear una nueva era de agitación y protesta, un movimiento de masas no violento que pedía más libertad y justicia social y que, por un corto periodo de tiempo, ocupó un lugar preferente en la política mundial.

El movimiento obedecía a diversas motivaciones. En muchos países consistía, evidentemente, en una reacción a la crisis económica iniciada en el 2008, en especial al paro -patente sobre todo entre los jóvenes- y a la creciente brecha social entre los muy ricos por un lado y los pobres y la clase media por otro. El eslogan “Somos el 99%” era probablemente exagerado, aunque no tanto si se analiza la situación. Todas las estadísticas mostraban que los muy ricos se habían enriquecido aún más y los pobres y las clases medias se habían empobrecido. En lugares como en el mundo árabe y Rusia, las cuestiones tuvieron un tono más bien político: abajo los dictadores y exigencia de mayor democracia y menos corrupción.

Sólo han pasado unos meses desde los hechos y tal vez es demasiado pronto para extraer conclusiones definitivas, pero es tiempo suficiente para intentar establecer un balance provisional. Dos conclusiones parecen evidentes. En este estadio inicial, el movimiento en cuestión parece haber fracasado casi en todas partes, salvo acaso donde se planteaban cuestiones de ámbito local, como por ejemplo en Stuttgart, cuyo proyecto de nueva estación central y de renovación urbana, Stuttgart 21, es controvertido. Millones de manifestantes recorrieron las calles de España y al menos medio millón ocuparon la plaza Tahrir de El Cairo, en tanto que miles de manifestantes fueron visibles en Rusia. No obstante, este conjunto de circunstancias ha ejercido escaso impacto en las elecciones celebradas poco después. Sin embargo, debe añadirse que las cuestiones de más hondo calado que dieron pie a estos movimientos siguen existiendo. No se han resuelto y hay buenas razones para creer que habrá más y tal vez más intensas protestas en el futuro.

¿Por qué fracasó el 99%? En este punto difiere también la situación entre los diversos países. En Rusia y el mundo árabe, la mayoría de observadores han sobrevalorado el número y el peso de las fuerzas democráticas e infravalorado las condiciones objetivas que tornaron improbable una victoria de las fuerzas democráticas (ausencia de una tradición democrática, estructuras autoritarias e ideologías de hondas raíces reaccionarias, pobreza de los países en cuestión…). En Europa, la crisis económica hizo inevitables los recortes en servicios propios del Estado de bienestar, que no dispone de una poción mágica para solucionar problemas como el del paro. En EE.UU, el movimiento de Wall Street fue muy impopular, incluso llegó a ser detestado, aunque contó al principio con el apoyo de figuras de la clase política, incluido Obama. La demanda de mayor justicia social era compartida por la gran mayoría, pero el movimiento no disponía de un programa claro ni de un liderazgo carismático. Pesaron en él todo tipo de grupos con aspiraciones y exigencias a cual más dispar: antimilitarismo, ecología, mejor trato a los inmigrantes ilegales, más transparencia como la que propugna e impulsa Wikileaks… La consecuencia fue el enfrentamiento entre personas o grupos de población cuyo apoyo se necesitaba. Incluso los comunistas en el periodo del Frente Popular en los años treinta actuaron con mayor sensatez y perspicacia al concentrarse en las cuestiones principales minimizando lo que dividía a la población.

Ciertos ideólogos del movimiento de ‘okupación’ fueron más allá y pidieron la abolición del “sistema en su conjunto”. Como el objetivo de los medios de comunicación era mantener a la gente en la ignorancia, las masas no pudieron identificar sus verdaderos intereses. Fue una vuelta al 68 y a los ideólogos de la Nueva Izquierda. Sin embargo, la mayoría de la ciudadanía no estaba dispuesta a abolir el sistema en su conjunto sino sólo sus abusos y perversiones. Pese a la crisis, el clima reinante era más reformista que revolucionario. Lo cual condujo a una creciente frustración entre algunos líderes del movimiento. Fue el viejo dilema: si las masas no son capaces de entender sus propios intereses, ¿tal vez había que abolir no sólo el sistema económico sino también el sistema político, no sólo el capitalismo sino también la democracia?

Ahora bien, si bien el movimiento de ‘okupación’ se ha desinflado, es probable que vuelva de un modo u otro. El capitalismo totalmente desregulado, más allá de toda supervisión y control del Estado y de la sociedad, no sólo provoca desenfrenada avaricia y concentración de excesivo poder económico en pocas manos, no sólo ocasiona conflicto social (lo que solía llamarse lucha de clases), sino que, como ha mostrado la experiencia de las últimas décadas, crea un sistema económico ineficaz que a largo plazo no será soportado por ninguna sociedad en su sano juicio.

Walter Laqueur, asesor del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington. Traducción: J.M.Puig de la Bellacasa

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