El final del ‘procés’

Estamos en la recta final del procés y en este sprint los fundamentalistas —CUP y Junts pel Sí— han demostrado con el 6-S ser veloces depredadores de la democracia y, mientras las fuerzas jurídicas y de seguridad del Estado se preparan para que no haya meta a la llegada, se habla de “consecuencias imprevisibles”. Pero si es difícil predecir qué va a pasar, más fácil es predecir lo que no va a pasar. De hecho, tenerlo en cuenta debería ayudar a no hacer disparates.

En primer lugar, no será el inicio del parto de la república de Cataluña, y no porque lo impida el Gobierno central —que va a hacer lo suyo—, sino porque la Generalitat ha degenerado en una democracia nacionalista —solo las leyes, instituciones, actuaciones y personas que pasan el filtro catalán-nacionalista son respetadas— que propone la creación de un Estado de baja calidad democrática, alto coste económico y fragmentación social; una farsa para quienes han admirado el civismo, el seny y la tolerancia de los catalanes, la Barcelona culturalmente cosmopolita y ciudad del conocimiento.

El activismo independentista y el inmovilismo, o torpeza, del Gobierno central han llevado a la causa del independentismo a muchos catalanes que reivindican estos valores y no creo que se vayan a autoengañar: la cuestión del 1 de octubre no es “que nos oiga el Gobierno central” sino “si se apoya la propuesta rupturista de la Generalitat”, no hay vías medias. Es decir, no habrá parto porque el engendro no tiene suficiente apoyo en Cataluña, y es importante que así sea y así se perciba.

Esto también quiere decir que, en contra de lo que se dice, no creo que no vaya a pasar nada, ni tampoco creo que habrá una “decisión de los catalanes” el 1 de octubre. Por una parte, es muy posible que esa sea una jornada de rauxa [exaltación], con urnas en algunas ciudades y pueblos de Cataluña, pero la mayor farsa es decir que una mayoría simple en un voto ilegal puede ser vinculante y, por otra parte, independientemente de si hay o no hay urnas, que una mayoría de catalanes no apoye el proyecto rupturista no quiere decir que apoye el continuista.

Lo que nos lleva a lo más importante: el 1 de octubre tampoco va a resolver los problemas de fondo que han generado estos cinco años de procés. Ya me he referido a ellos en estas páginas y los resumiría, por orden, en tres disfuncionalidades del estado español:

1. Es a la vez centralista y muy descentralizado;

2. Redistribuye e invierte entre las comunidades autónomas, pero con arbitrariedades e inconsistencias.

3. Reconoce la diversidad cultural y lingüística pero, en muchos casos, no hay un equilibrio estable entre lo común y lo propio.

Con esta esquizofrenia e inconsistencias no es sorprendente que la opinión pública haya tendido a la dicotomía entre los dos polos simplistas del soberanismo: el centralista y el localista. El procés de Cataluña no ha sido más que la vindicación clara del segundo, en el que las tres disfuncionalidades han tenido versión propia:

1. El buen gobierno, la idea de que Cataluña podía y sabía gobernarse mejor y mucho mejor sería sin el corsé centralista: con la independencia.

2. El victimismo de acabar pagando relativamente más que otras comunidades —léase País Vasco, no Madrid— cuando se hace redistribución y recibiendo menos en inversión de lo debido (léase infraestructuras, etcétera).

3. El nacionalismo cultural que debe llegar a ser también nacionalismo político (Estado propio).

El balance global de los cinco años de procés es muy negativo para Cataluña y España y desastroso para el nacionalismo moderado (la especie, antes llamada CiU, en peligro de extinción). Ahora bien, en la perspectiva independentista por definición (en esta perspectiva si algo ha ido mal ha sido por culpa del Gobierno central) el procés es un hito histórico que debería culminar en el 1 de octubre.

Sobre el buen gobierno de Cataluña ya he comentado, aunque no me he referido ni a la corrupción ni al hecho de que, siendo la independencia prioridad única, la Generalitat no ha hecho nada más en estos cinco años —por suerte, algo queda del pasado; por ejemplo, los centros de investigación que dependen de ella—, o al hecho de que habiendo en la práctica dejado de participar en el Estado español, no ha ayudado a que este abordase de forma seria sus problemas (puntos 1 y 3). Por ejemplo, si CiU no se hubiese pasado al independentismo, seguramente Rajoy no estaría en La Moncloa y, en consecuencia, el País Vasco no habría salido ganando en la negociación presupuestaria.

Es decir el victimismo ha empeorado y de poco han servido los gestos de última hora del Gobierno central. La radicalización nacionalista ha sido parte integral del procés y será su mayor legado: la división social (y entre amigos y familias)que se ha creado en Cataluña, la desconexión cultural con el resto de España y el populismo del que se ha nutrido y ha promovido.

Evidentemente, estos problemas (puntos 1 y 3) no se resuelven en un mes, pero el continuismo de no afrontarlos no puede más que agravarlos. Cierto que en vísperas del 1 de octubre no es el momento de hacerlo, pero si bien el fracaso del procés puede ayudar a que vuelva el seny a Cataluña, también puede provocar que no se haga o que se haga mal. En mi opinión, se deben evitar tres planteamientos: primero, pensar que el problema es “el encaje de Cataluña en España”; segundo, abrir un debate sobre soberanías, naciones y autonomías, y, tercero, creer que la prioridad es cambiar la Constitución (aunque en su momento se deberá hacer). Las tres tienen un común denominador, compartido por los independentistas: priorizar el debate político-ideológico y de grandes principios constitucionales (punto 3), sobre el trabajo más ingenieril y los compromisos institucionales y cambios de comportamiento necesarios para mejorar el diseño, y el funcionamiento, de nuestro Estado y sociedad (1 y 2).

Las ideas básicas son sencillas y diría que ampliamente compartidas (véase mi artículo Interdependencia (no independencia), publicado en estas páginas el 7-10-14), pero de la misma forma que nuestro crecimiento coyuntural no quiere decir que nuestro modelo de crecimiento sea el adecuado, el fracaso del procés no querrá decir que tengamos una descentralización solidaria y estable en España en la que mutuamente se respete y potencie lo común y lo propio.

Ramon Marimon es profesor de Economía del European University Institute (Florencia) y de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *