El ‘Financial Times’ carga contra Piketty

¿Qué pensar cuando un determinado trabajo o estudio arroja una conclusión que encaja perfectamente con la percepción de la mayoría social, lo que podríamos denominar sentido común, pero del que se acaba poniendo en duda su rigor científico o la consistencia de sus supuestos de trabajo?

Eso es lo que está sucediendo con el último superventas económico, el libro Capital del economista Thomas Piketty, que tras un lanzamiento apacible en el original francés ha escalado como un cohete en las listas de éxitos de Estados Unido con su reciente edición inglesa y, ahora, lleva camino de alcanzar un notable éxito en las librerías españolas con su traducción castellana.

La tesis del trabajo de Piketty, ya comentada recientemente en estas mismas páginas, es que desde los años setenta del pasado siglo el incremento de la desigualdad, o dicho de otra manera la concentración de la riqueza en manos de una exigua minoría social, estaba volviendo a los niveles del despiadado capitalismo industrial del siglo XIX. Un debate presente desde siempre en Europa, pero mucho más minoritario en EE.UU. Hasta que Piketty puso a la venta su traducción al inglés.

Y eso porque el francés parecía haber aportado un soporte científico, el tratamiento homogéneo sobre el reparto de la riqueza y de los ingresos en EE.UU., Japón y Europa occidental durante los últimos trescientos años, para sustentar la existencia de esa tendencia a la concentración de la riqueza que muy pocos se atreven a negar en público. Piketty ha sido invitado a explicar sus tesis ante el Consejo de asesores económicos de la Casa Blanca, el secretario del Tesoro, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y Naciones Unidas.

Se trata de un debate que por su propia naturaleza salta de los fríos datos a la pasión política casi imperceptiblemente. Para los medios de comunicación más conservadores, en cabeza The Wall Street Journal, las tesis de Piketty son lo más cercano al Manifiesto comunista de Marx y Engels que se ha escrito en los últimos tiempos.

Otros, como el Financial Times, el guardián mediático de la City financiera de Londres, mostraron un loable interés intelectual por las aportaciones del economista francés e incluso alguno de sus más conspicuas figuras, como su jefe de opinión, Martin Wolf, elogió los hallazgos factuales de Piketty.

Hasta ayer mismo, cuando este rotativo económico de referencia mundial lanzó a cuatro columnas en su portada una dura carga contra Piketty: “Piketty hizo sus cálculos mal en el superventas que sacudió el espíritu de desigualdad de la época”, firmado por su editor jefe de información económica. El diario londinense imputa a Piketty “errores en la transcripción de los datos [publicados en el libro]; pobres técnicas para obtener medias numéricas; múltiples ajustes de datos sin explicar; uso de datos sin fuentes; inexplicado uso de diferentes periodos de tiempo; y inconsistente uso de fuentes de datos”.

Apoyado en esos elementos, el periodista concluye, entre otras cosas, que “una vez se corrigen los datos y simplifican los datos, los resultados en Europa no muestran ninguna tendencia hacia el incremento en la desigualdad de la riqueza desde 1970″. Para EE.UU., Gile dice que los datos no confirman la “visión de que la participación en la riqueza del 1% más rico se haya incrementado. Hay algún indicio de aumento en el 10% más rico desde 1970″.

Sin duda habrá muchas más contribuciones a este debate en los próximos días en lo que será tanto un debate académico como de intereses y, también de ideologías. Ayer mismo The Economist se puso del lado de Piketty rechazando los argumentos esgrimidos por el FT.

¿Pero qué pasa con el común de los ciudadanos para quienes esta polémica se convertirá en un arcano con el argot de los especialistas? Lo más razonable sería contemplarlo como un juicio a la calidad profesional del economista en cuestión, es decir si su trabajo ha sido o no serio, ha empleado las técnicas adecuadas y ha conseguido no introducir apriorismos en sus conclusiones.

Pero la idea que predomina en la calle, la de que efectivamente hay un creciente desequilibrio en el reparto de la riqueza y de los ingresos, tiene muchas más posibilidades de acercarse a la verdad que la contraria. Entre otras cosas, por que Piketty no es el primero, ni será el último, en plantear esa tesis. En estas mismas páginas se citaba al Nobel Robert Solow, quien aportaba sus propios datos para sostener idénticas ideas, en este caso desde un punto de vista conservador. Para quien no esté dispuesto a estas disquisiciones técnicas, le bastará con ojear publicaciones estilo Forbes, con sus conocidas listas anuales de los más adinerados, para comprobar que esa “dinámica por la que los ricos son cada vez más ricos”, en palabras de Solow, se verifica regularmente. Y, como Piketty sugiere, eso deteriora el vigor de las clases medias y la meritocracia que da su carácter apacible al capitalismo.

Manel Pérez

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