El fracasado 18 de julio

Hoy, 18 de julio, es el Día Internacional Nelson Mandela. Así fue proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en noviembre del 2009, día en el que nació el líder antiapartheid sudafricano en 1918, un hombre que durante 67 años (ahora tiene 93) dedicó su vida al servicio de la humanidad, siendo abogado defensor de los derechos humanos, estando privado de libertad durante 27 años y convirtiéndose en el primer presidente democrático de Sudáfrica en 1994. Además, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1993. Un día como hoy de 1610 moría el gran pintor del barroco italiano Caravaggio, y el mismo día de 1924 moría el dramaturgo catalán Àngel Guimerà. En medio, en 1873, un 18 de julio Nicolás Salmerón se convertía en el segundo presidente de la Primera República española. Sin embargo, hoy no rememoramos ninguno de esos hechos. Desde 1936 recordamos, año tras año, que aquel 18 de julio fue el principio de la guerra. Y cuando se habla de guerra por parte de la sociedad catalana y española actual solo puede ser una: la guerra civil.

El 17 de julio de 1936, parte de las unidades militares españolas del protectorado marroquí se sublevaron contra el Gobierno republicano y consiguieron el dominio de todo el territorio español del norte de África. Pero fue un error: el 18 era el día señalado para perpetrar el golpe de Estado que se había estado preparando contra el Gobierno republicano para derribarlo de forma rápida y contundente e imponer una dictadura. Fue entre aquel sábado 18 y el domingo 19 cuando los militares que estaban resueltos a tomar el control de las grandes ciudades del Estado se movilizaron y atacaron los diversos pilares del poder democráticamente constituido. Las diferentes guarniciones militares del Estado intentaron hacerse con el dominio de las principales ciudades, y cayeron bajo su poder Pamplona, con el general Mola a la cabeza; las Canarias, dominadas por Franco antes de emprender el viaje hacia Marruecos para encabezar las tropas allí establecidas; Sevilla, bajo el poder de Queipo de Llano; Valladolid, que fue sometida por Saliquet; o las Baleares, controladas por Goded. Pero ni todos los núcleos importantes ni todo el país pudo ser sometido en su totalidad, y en especial no pudieron dominar las dos principales capitales: Madrid y Barcelona, ni otras ciudades y zonas importantes como Valencia, Bilbao o la mayor parte de Extremadura y Andalucía.

En Madrid, el general Fanjul no pudo salir con las tropas del cuartel, el de la Montaña, debiendo claudicar tras resistir hasta el día 20 rodeado por tropas leales a la República, guardias civiles, guardias de asalto y por los que en muy pocos días pasarían a ser conocidos como las milicias populares: elementos civiles armados que en buena parte hicieron que el golpe de Estado no triunfara.

En Barcelona, el domingo 19 los militares insurrectos quisieron llegar hasta los principales edificios públicos para controlarlos con varias columnas que fueron saliendo de los diferentes acuartelamientos de la ciudad, pero encontraron una fuerte y organizada resistencia. Las fuerzas de la Generalitat republicana, Mossos d’Esquadra y guardias de asalto, conocían sus planes y se habían preparado para frenar a los golpistas; la Guardia Civil se puso al lado del Gobierno democrático y aparecieron numerosos civiles, altamente politizados, que no dudaron en jugarse la vida. La tarde del 19 ya podía constatarse la derrota de las tropas insurrectas de Barcelona, que terminó haciendo completamente efectiva el día 20, cuando cayó el cuartel de Sant Andreu, haciendo que el pueblo se apoderara de 30.000 fusiles y por tanto estuviera fuertemente armado.

El fracaso del golpe de Estado en Barcelona marcó el futuro del resto del principado, donde en todas partes también se frustró, y animó a la República a hacer frente a lo que ya empezaba a parecer un hecho evidente: comenzaba una guerra civil.

El golpe de Estado se malogró: por error, las tropas de Marruecos se sublevaron un día antes, buena parte del estamento militar se mantuvo leal a la República, los militares insurrectos no siguieron en todas partes las precisas instrucciones del general Mola, muchos de los soldados que participaron lo hicieron engañados, buena parte del Estado se mantuvo republicano y las principales ciudades, con la ayuda básica de militantes de partidos y sindicatos de izquierdas, hicieron frente y vencieron a un ejército que a priori estaba mejor armado y preparado.

El 18 de julio de 1936 fue bautizado como el día del Alzamiento Nacional, festivo de obligatoria celebración durante los casi 40 años que se prolongó la dictadura, día de paga doble y día de evocación del valor y orgullo franquista. Pero el régimen hizo con esta jornada lo que Serrano Súñer calificó de «justicia al revés» respecto a aquellos que habían defendido la República y eran condenados a muerte o a penas de decenas de años de prisión: para ocultar las vergüenzas transformaron el estrepitoso y evidente fracaso del ejército insurrecto el 18 de julio en un día falsamente glorioso.

Queralt Solé, profesora de Historia, UB.

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