El fracaso de Irak en la campaña

El quinto aniversario del comienzo de la guerra de Irak fue conmemorado por los norteamericanos con sentimientos, informaciones y reflexiones encontradas, como corresponde a la situación endemoniada sobre el terreno, la sombría realidad de los 4.000 soldados muertos, las heridas múltiples, el desastre geoestratégico, los intereses en juego y el arduo camino para salir del atolladero. Única novedad: los pronósticos sobre la actitud que adoptará el próximo presidente ante una tragedia cuyo desenlace no afecta sólo a EEUU sino también a sus aliados europeos.

El empecinamiento del presidente Bush, su patética apelación a «la victoria estratégica» contra el terrorismo islámico o su aseveración de que los sacrificios no serán baldíos sólo pretenden enmascarar el panorama de ruinas y el fin de un «idealismo con botas» –según la expresión de Pierre Hassner–, de fuerte tradición en la política exterior estadounidense, que pretendió imponer la democracia por la fuerza y convertir a Irak en un modelo para encuadrar todo el Oriente Próximo bajo las banderas de la libertad.

Como denuncia un concienzudo y demoledor informe del Carnegie Endowment, instituto de análisis de orientación conservadora, «la estrategia de crear un nuevo Oriente Próximo, pero ignorando las realidades de la región, exacerbó los conflictos existentes y creó nuevos problemas». Luego, «para restablecer su credibilidad y promover transformaciones positivas, EEUU debe abandonar la ilusión de que puede remodelar la región según sus intereses». El círculo virtuoso que auguraban los doctrinarios neoconservadores se ha transformado en pesadilla.

La comunidad intelectual atisba un nuevo consenso para recomponer el tablero estratégico y remediar la calamitosa situación derivada de «una peligrosa mezcla de retórica grandiosa y políticas inconsistentes», pero los candidatos a la presidencia solo coinciden en la urgencia de evitar que el repliegue se convierta en otro fiasco. Aún hay tiempo, porque estamos lejos de la revuelta popular de 1968 contra la guerra de Vietnam que obligó a tirar la toalla al presidente Johnson. Como reconoce The New York Times, con base en las últimas encuestas, «Irak ha sido desplazado entre el gran público por la situación económica y la campaña política».

Discrepan los economistas sobre los efectos de la guerra en la amenaza de recesión, pero no hay duda de que los miles de millones gastados en Irak hubieran servido para fortalecer el sistema económico y quizá mejorar el nivel de vida de los norteamericanos. Según los cálculos de Joseph Stiglitz, premio Nobel, los gastos totales en Irak alcanzan la cifra astronómica de 25.000 millones de dólares mensuales, casi unos 5.000 dólares por segundo.

El senador John McCain, aunque ofrece cerrar Guantánamo y una relación multilateral con los aliados europeos, se mantiene en la estela de Bush en cuanto a Irak, adopta como lema el «no a la rendición» y repite que una retirada militar desencadenaría «genocidio y caos en toda la región». Los senadores Clinton y Obama están de acuerdo en que hay que acabar con la guerra cuanto antes, pero sus recetas resultan poco convincentes, hasta el punto de que un editorial de The Washington Post les acusa de vender fantasías y «prometer lo imposible».

Obama es el más osado cuando asegura que repatriará en 16 meses «todas las brigadas de combate» (unos 50.000 hombres), pero nada dice de lo que haría con los 100.000 soldados restantes y los 160.000 civiles contratados por el Pentágono. Los especialistas del prestigioso Council of Foreign Affairs insisten en que el mayor desafío es el logístico, el retorno de «las montañas de material depositadas en Irak desde 2003», pero los estrategas advierten de los riesgos de guerra civil, del ascenso de Irán, envalentonado con armas atómicas, y de la pérdida de influencia de Washington en el caso de un súbito repliegue.

¿Cómo mitigar los estropicios de la guerra y la ocupación? Ya no se trata de promover la democracia, sueño definitivamente abandonado, sino de estabilizar la situación, paso previo para cualquier maná desarrollista y de pingües negocios amparados por el petróleo. Y en este punto entran en juego los pragmáticos, los que elaboraron el informe Baker-Hamilton, presentado en diciembre de 2006, que reconocen la imposibilidad de imponer un nuevo orden y abogan por negociar con todos los actores regionales, incluidos Irán y Siria, para restablece el equilibrio.

En esa dirección, Henry Kissinger, consejero áulico del senador McCain, apuesta por recabar la ayuda de los europeos, que «no deben esconderse detrás de la impopularidad del presidente Bush». En su opinión, la retirada norteamericana debería ser el resultado de una negociación diplomática y un acuerdo político, pero nunca de un súbito abandono de consecuencias catastróficas provocado por el cansancio o la irritación de la opinión pública.

Durante su reciente visita a Londres y París, el senador McCain ha podido comprobar que la ocupación de Irak es un grave obstáculo para reducir el foso abierto en el Atlántico por la política de Bush y mejorar la degradada imagen de EEUU en Europa.

Algunas voces prestigiosas se alzan en ambas orillas recabando una nueva Alianza Atlántica que reemplace a la que perdió su razón de ser con el fin de la guerra fría, pero que mantiene a sus onerosos efectivos (OTAN) sin una estrategia coherente.

Mateo Madridejos, periodista e historiador.