El fracaso de Sarkozy

Por Sami Naïr, profesor invitado de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro es Y vendrán… Las migraciones en tiempos hostiles, Bronce, 2006. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 15/11/06):

Un año después de los acontecimientos de octubre y noviembre de 2005, en los que las barriadas de Francia estallaron bajo la violencia de los jóvenes manifestantes, no ha cambiado verdaderamente nada. Lo único, que la rebelión se ha endurecido y los delincuentes actúan de forma cada vez más violenta. Para “festejar” el aniversario de aquellos sucesos, se han producido revueltas dispersas, muchas veces lejos de donde se produjeron los primeros incidentes. Se han vuelto a quemar cientos de coches y autobuses, que siguen siendo, a diario, blanco de la venganza juvenil. En Marsella han atacado e incendiado un autobús, y hubo una joven gravemente herida.

Si lo que ocurrió el año pasado no sorprendió a quienes trabajan -a menudo, en condiciones extremadamente difíciles- en los barrios en los que existe marginación social, hoy, a pesar de las promesas proclamadas durante todo el año, el miedo y la incredulidad predominan entre políticos y educadores. El presidente Chirac hizo un discurso excelente tras los disturbios de 2005: diagnosticó con lucidez la situación y prometió actuaciones para ayudar a esos jóvenes a salir de su infierno cotidiano. Junto a una acción represiva, necesaria para evitar que se reprodujeran las revueltas, expresó su deseo de que se pusiera en marcha una política realista de integración, sobre todo mediante la lucha contra las discriminaciones sociales, étnicas y territoriales. Sin embargo, el ministro de Asuntos Sociales se ha limitado a implantar unas medidas de corto alcance que no han tenido repercusión alguna en las barriadas.

Ahora bien, quien ha estado al frente durante todo el año ha sido el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, que ha seguido agitando el espectro de la inseguridad para mejor cortejar al electorado de Le Pen. Aseguró que la policía había perseguido en 2005 a los dos jóvenes que murieron electrocutados por accidente en Clichy sous Bois porque se había producido un robo en una obra. La investigación judicial demostró que esa afirmación era mentira. Dijo que la extensión de la revuelta era fruto de una acción preparada. Sin embargo, sus propios servicios de información le han indicado que no existía ninguna cosa de ese tipo: lo grave de la situación era precisamente que se trataba de revueltas salvajes e incontroladas. Presumió de haber reducido la violencia y la inseguridad en las barriadas; en realidad, ahora son mayores que nunca. Pensó, como buen ultraliberal, que era posible resolver un problema social mediante la represión, cuando la represión no es más que un aspecto del malestar social. En realidad, Nicolas Sarkozy ha fracasado en toda regla.

Algunos comentaristas, neoconservadores franceses instalados en la ideología pueril del conflicto de civilizaciones, y cuyo único objetivo es alzar a la población contra los hijos de los inmigrantes magrebíes o subsaharianos, han acusado a estos últimos de dejarse manipular por organizaciones integristas islamistas. Otra mentira: todas las investigaciones policiales han demostrado que dichos movimientos no tuvieron nada que ver; que, por el contrario, los amotinados deseaban que se les considerase franceses de pleno derecho.

Entre 1997 y 2002, el Gobierno de izquierdas creó la policía llamada “de proximidad”. Su objetivo era tejer lazos con los jóvenes, conocer a los padres, participar en debates ciudadanos con los habitantes de esas ciudades para comprenderlos y facilitar el mantenimiento del orden que reclamaban los ciudadanos. Cuando la derecha regresó al poder, en 2002, suprimió esa policía, que funcionaba muy bien. Hoy son muchos los cargos de derechas que la echan de menos. Pero el ministro del Interior no puede reconocer que se equivocó.

En cuanto a la policía, dedicada a una tarea esencialmente represiva, se ha convertido en el centro de todos los odios. Es cierto que la situación no es sencilla para las fuerzas del orden. Sus agentes, recibidos a menudo con pedradas en esos barrios, siguen practicando controles en función del aspecto y no se privan de humillar a unos jóvenes que, a su vez, son igual de despiadados con ellos. Un círculo infernal en el que el odio de los jóvenes hacia la policía no es comparable más que a la perversidad de la policía con ellos. La relación social está totalmente destruida.

La situación en las barriadas es muy inquietante. Los enfrentamientos son cada vez más violentos. Circulan armas que pueden utilizarse en cualquier momento contra la policía. En la revuelta participan chicos cada vez más jóvenes. Se recluta a niños que crecen en un ambiente en el que se equipara ley con injusticia y revuelta violenta con defensa legítima. Como la policía desaparece cuando cae la noche, los barrios quedan en manos de traficantes de todo tipo. El Estado está ausente y los ciudadanos viven en la inseguridad más angustiosa.Las causas que motivaron la explosión de noviembre de 2005 siguen existiendo. Es verdad que el Estado ha puesto en práctica, sin decirlo, una pequeña política de discriminación positiva en algunos sectores que dependen de él: empresas públicas, escuelas, sociedades mixtas, etcétera, para favorecer la contratación de esos jóvenes. Se observa a simple vista, por ejemplo, cuando se viaja: hay en los aeropuertos y estaciones empleados que pertenecen a esa Francia hasta ahora oculta. Pero el problema es que esas pobres tentativas de favorecer socialmente a los jóvenes franceses nacidos de la inmigración afectan muy poco a los que se rebelaron en las barriadas. Éstos siguen estando marginados.

Lo que lo demuestra de forma más sobrecogedora, mejor que todos los análisis de expertos, es lo que dice en una entrevista un joven de la Ciudad de los Músicos, en el municipio de Mureaux, departamento de Yvelines: este joven de 22 años comenzó a estudiar para obtener el diploma de electricista. Después de una pelea con la policía fue condenado a cuatro meses de cárcel, por lo que tuvo que abandonar los estudios. Ahora se encuentra sin ninguna formación y obligado a vivir al día. “No tenemos las palabras necesarias para explicar lo que pensamos”, dice. “Quemar coches es nuestra forma de mostrar que existimos, de decir que algo va mal. Sólo así podemos hacernos oír” (Le Journal du Dimanche, 29 de octubre de 2006).

Cuando la crisis de confianza en el Estado y la sociedad alcanza ese nivel, es para preocuparse. Los alcaldes de las ciudades afectadas lo saben. Lo dicen y proponen soluciones: para empezar, restablecer el tejido social en esos barrios, para lo que hay que restaurar el contacto entre la autoridad pública y los jóvenes. Pero eso supone incrementar el número de educadores especializados, formar dentro de esa población a jóvenes que sirvan de modelos de integración, reforzar el entorno escolar y, sobre todo, crear empleo que permita tener un futuro. Desde luego, todo eso sería mucho más barato que lo que cuesta mantener (no mantener) el orden en las barriadas.

Pero todo el mundo lo sabe: no se hará nada antes de las elecciones presidenciales, y seguramente tampoco después. No sé qué podría proponer la derecha aparte de lo que ha hecho hasta ahora. Y lo que hay en la izquierda es una competición de quimeras. Ségolène Royal, consciente de la exigencia de orden que plantean los ciudadanos que viven en la inseguridad de esos barrios, propone enviar… ¡al ejército! No es serio. El Partido Socialista prevé unas medidas a la vez integradoras y represivas. Pero no dice nada sobre los medios para financiarlas. Y la extrema derecha echa leña al fuego.

Es una situación que debe dar que pensar a los observadores europeos, porque lo que sucede en Francia puede ocurrir en otros lugares, y más pronto de lo que se cree. En toda Europa, la precariedad y la incertidumbre ante el futuro van en aumento. La economía europea crea poco empleo y el vínculo social se afloja cada vez más. El índice oficial de paro de los menores de 25 años en la Unión Europea es, según la Oficina Internacional de Trabajo (octubre de 2006), de 13,1%, es decir, 2,3 veces más que el de los adultos. En Francia, pero también en el Reino Unido e incluso, cada vez más, en Alemania, la pobreza es mayor hoy que en los años sesenta. Y las revueltas francesas son, ante todo, las revueltas de la pobreza y la exclusión social.

Precisamente a principios de los años sesenta, un gran escritor estadounidense, James Baldwin, publicó un panfleto lleno de indignación, titulado The fire next time [La próxima vez, el fuego]. En él decía que a los negros norteamericanos no se les consideraba seres humanos, que vivían humillados, aplastados, rechazados por el sistema social: “Si no ponen remedio”, concluía, dirigiéndose a las autoridades, “¡se encontrarán ante una rebelión con fuego!”. Estados Unidos se encontró con el fuego. Si las autoridades francesas y las de otros países europeos no tienen cuidado, sufrirán las mismas consecuencias.

Un año después de los disturbios en las barriadas de Francia, es indispensable reforzar la ley, desde luego, luchar contra los delincuentes que siembran la inseguridad y se aprovechan de la desesperación de los más débiles. Pero lo mejor sería que se propusiera una política de justicia e integración para todos los que la necesitan. Seguramente es la única solución eficaz.