El fracaso del buenismo

La última ocurrencia de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau,para evitar el ‘top manta’ ha sido colocar en pleno paseo de Joan de Borbó -esa calle a la que también le quiere cambiar el nombre- un ‘skatepark’. Una ocurrencia como tantas otras que demuestran que pasar del activismo reivindicativo y bien remunerado a gobernar no es tan sencillo, y que la toma de decisiones requiere valentía aunque en algunas ocasiones no se asemejen a aquello que antaño se ha defendido con tanto ahínco y se creía irrenunciable.

La aparición del fenómeno del ‘top manta’ fue algo habitual en las calles de las grandes ciudades europeas en época estival, y Barcelona tampoco fue una excepción. Los gobiernos municipales de diferentes orientaciones políticas aplicaron medidas tan disuasorias como discretas que frenaron su propagación y evitaron que las principales calles de Barcelona se convirtieran en espacios de impunidad. La llegada de Ada Colau y Barcelona en Comú al gobierno municipal y su política, tan buenista como ingenua y carente de autocrítica a la hora de reconocer sus errores, ha elevado el fenómeno del ‘top manta’ a problema de gran escala extendido por toda la ciudad.

La indisimulada permisividad, la suspensión de la ordenanza de convivencia y la desautorización de la Guardia Urbana para actuar en las requisas o con efecto disuasorio, han provocado un indudable efecto llamada y una tolerancia insostenible hacia este tipo de venta ambulante, transmitiendo a través de los más prestigiosos medios internacionales una deplorable imagen de la ciudad. Al tiempo, ha puesto en pie de guerra a los comerciantes de Barcelona que, impotentes ante la sordera de las autoridades municipales, se les ha presentado además como un gremio insensible ante la cruda realidad del colectivo inmigrante. Por no hablar del uso político de algunos creyendo que con ello obtenían un rédito electoral que, a la sazón, sólo ha agudizado el malestar y la crítica social.

La totalidad de las medidas adoptadas por el Gobierno municipal han resultado un fracaso. La primera fue la mesa de ciudad para abordar la venta irregular en la calle que situó en un injusto pie de igualdad a quienes desarrollan su actividad legalmente, pagan sus licencias y sus impuestos frente a quienes realizan una actividad completamente ilegal.

La segunda fue la de poner dinero sobre la mesa para un proyecto piloto de programas mixtos de formación y trabajo. Intentan disuadir con fondos públicos una actividad ilegal, a pesar de que los beneficios diarios que muchos obtienen, según informes policiales, son mayores que la compensación que se ofrece. Y eso supone un agravio comparativo para otros colectivos sociales también desfavorecidos y en dificultades económicas que no han tardado en denunciar tamaño perjuicio.

El ‘top manta’ se ha propagado tanto que los artesanos de la zona portuaria, uno de los principales gremios afectados por esta situación, han llegado a contar hasta un total de 900 manterosademás de detectar grupos organizados que no sólo reservan los espacios públicos donde situar sus mercancías sino que al final del día se encargan de recoger las ganancias.

La última ocurrencia buenista de Colau no deja de ser tan curiosa como contradictoria. El ‘skatepark’, de un día para otro, sin consulta vecinal y sin un proceso participativo tan cacareado en otras ocasiones para cuestionar proyectos ampliamente consensuados. La medida está condenada al fracaso pues, como se ha visto estos días, el ‘top manta’ vuelve a jugar con la policía a un indisimulado ‘ratón y el gato’ por otros espacios de la ciudad.

La solución al problema no es sencilla, pero requiere de la suficiente valentía como para tomar decisiones abandonando un trasnochado y cobarde buenismo. Se equivocan quienes desde la derecha ideológica buscan únicamente soluciones policiales a este fenómeno. Pero también erran quienes desde la izquierda aparcan toda iniciativa legal y lo fían todo a medidas de integración social. Como la reciente realidad ha demostrado, toda solución pasa por medidas transversales implicando a los servicios sociales, a la Guardia Urbana, a la Generalitat, a los comerciantes y a la oposición.

Solo una actuación interdepartamental y coordinada puede acabar con este problema escuchando, eso sí, a todos quienes tengan algo que decir por antagónicas que sus opiniones puedan resultar a los ideales de uno mismo. La cerrazón y la prepotencia no son solución a nada. Al contrario, suponen un caldo de cultivo de futuros conflictos.

Si Ada Colau hubiera escuchado, ni siquiera mínimamente, las advertencias que desde Ciutadans, el resto de la oposición y multitud de colectivos y organizaciones de la ciudad le hicimos durante el último año en lugar de desoír, de no dialogar y actuar de forma prepotente hacia la oposición y, lo que es peor, hacia todo lo que se aproxime a actividad empresarial, quizá no habríamos llegado a esto. Como decía Sabina en su canción ‘Noche de boda’: «Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena».

Carina Mejías, portavoz de Ciutadans en el Ayuntamiento de Barcelona.

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