El fracaso del catastrofismo

Contra las tesis catastrofistas, el populismo no está ganando las elecciones europeas. Las ha perdido en Holanda y en Francia, y en Alemania la perspectiva es que Merkel -en coalición con los socialistas o los renacidos liberales- siga gobernando tras las elecciones de otoño. Quizá la presidencia Trump esté actuando como una vacuna sobre el electorado europeo. Pero el derrotismo económico también ha resultado desmentido. La política económica europea -pese a sus limitaciones- está funcionando. El proclamado ‘austericidio’ se ha demostrado una falsa profecía, Europa lleva ya varios trimestres creciendo y el PIB ha alcanzado un ritmo anual del 2,1% en el segundo trimestre (1,9% en el primero). Por su parte el paro ha bajado en junio al 9,2%, el nivel más bajo desde el 2009. Eso sí con grandes diferencias porque en Alemania está en un ínfimo 3,8%, en Francia en un muy mediocre 9,8% y en España en el 17%. Esta diferencia entre los tres países es uno de los grandes problemas de la UE.

El catastrofismo ha fracasado pero ello no implica naturalmente que vivamos en el mejor de los mundos. La salida de la peor crisis del capitalismo desde 1929 no podía ser modélica y ya sabemos que no es un sistema que -sin correcciones políticas- reduzca las desigualdades. En el este de Europa, Polonia y Hungría tienen derivas autoritarias. Hay pendientes unas difíciles elecciones italianas. Y en Francia el intento de Macron -tras el fracaso de la derecha clásica con Chirac y Sarkzoy y del socialismo con Hollande- de unir a liberales templados y socialdemócratas pragmáticos para curar a Francia de sus enfermedades -una es “la adicción al gasto público”- tendrá días difíciles. Pero Europa ya no mira ni a la extrema derecha ni al populismo de izquierdas de la Francia Insumisa de Mélenchon (algo similar a un Podemos francés).

Incluso en los países del sur la economía se recupera. En España -tras los ajustes siguiendo recomendaciones europeas de Zapatero en el 2010 y Rajoy en el 2012- llevamos desde el 2014 en crecimiento. En este segundo trimestre la economía ha crecido un 0,9% (0,6% de media en la UE) y el ritmo anual es del 3,1%, el más alto de la zona euro. Además, el paro ha caído de su máximo del 27% al 17,4%. Por debajo de los 4 millones por primera vez desde el 2009.

Hemos recuperado el PIB que teníamos antes de la crisis pero con 1,9 millones de empleos menos según la EPA. Con un millón de afiliados menos a la Seguridad Social (18,8 millones frente a 19,4 en el 2008). Pero este menor volumen de empleo no es un dato solo negativo porque significa que ahora producimos lo mismo trabajando menos, lo que indica que hemos ganado productividad. El reto es generar empleo en sectores más productivos y el hecho de que de los 503.000 empleos creados en los últimos 12 meses, 139.000 (más de la quinta parte) hayan sido en la industria, es alentador.

Y no todo es empleo temporal, en parte explicable por la relevancia del sector turístico. En el último año los empleos fijos han aumentado en 202.000 frente a 299.000 de los temporales.

Grecia, tras el despido por Tsipras del radical y visionario Varoufakis, ha conseguido volver a los mercados y la semana pasada emitió 3.000 millones de bonos a cinco años y a un interés del 4,6% (España abona un 0,3%), Y Bruselas, que la ha sacado del procedimiento de déficit excesivo -algo que todavía no ha hecho con España-, cree que crecerá un 2,1% este año y un 2,7% en el 2018.

Las tesis catastrofistas han fracasado porque los países del norte no admitieron los eurobonos o la sindicación de la deuda (la soberanía fiscal está en los parlamentos estatales y no en el europeo), pero sí aceptaron programas de rescate para Grecia, Irlanda, Portugal y España (bancario) que han funcionado.

Y lo decisivo ha sido que con retraso -no en el 2010 pero sí en el 2012- el BCE se ha adentrado en un programa de compra de deuda pública que, en la práctica, implica financiar la deuda de los estados, algo que es pecado para la ortodoxia. Así, gran parte de la deuda pública española e italiana está en manos del BCE desde el tácito y discreto pero efectivo pacto Draghi-Merkel de julio del 2012 que el Bundesbank ha tragado. Grecia se ha beneficiado menos porque las normas de solvencia del BCE le han impedido comprar su deuda.

El futuro no está escrito, pero de momento el catastrofismo ha fracasado. Pese a que por imperativos históricos la UE no es todavía un Estado. El problema es que es difícil que de verdad quiera y decida serlo.

Joan Tapia, periodista.

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