El fracaso es nuestro

De izquierda a derecha: Zapatero, Pedro Sánchez y Teresa Ribera en el mitin de Fuenlabrada. Debajo, las pulseras que se han repartido en el acto. Efe / E. E.
De izquierda a derecha: Zapatero, Pedro Sánchez y Teresa Ribera en el mitin de Fuenlabrada. Debajo, las pulseras que se han repartido en el acto. Efe / E. E.

"¡Menos chillar y más propuestas!". Eso chillaba Teresa Ribera en su mitin de cierre de campaña. Un poco antes, Pedro Sánchez había explicado que había que votar al PSOE para frenar a la ultraderecha, que en Italia ya se está planteando (decía) retirar el derecho de voto a las mujeres.

En España, el peligro de la ultraderecha está representado, al parecer, por Vox, un señor muy serio de Galicia y un personaje estrafalario llamado Alvise al que Sánchez no ha dejado de hacer propaganda (esta es una de las curiosidades de su campaña) mientras denunciaba la marea ultraconservadora.

Es previsible que a partir de ahora Sánchez convierta a Alvise en protagonista de las sesiones de control del Congreso, sustitutivo de las repuestas que tendría que dar sobre sus problemas domésticos.

El caso es que marea ha habido, pero no especialmente en España.

En Francia, el avance de Marine Le Pen ha provocado la convocatoria de elecciones. El primer ministro belga ha dimitido. Y en Alemania, los dos primeros partidos han sido de derecha y de extrema derecha.

Es obvio que el origen de esa marea está en la ola woke que hace años anegó Europa (ese peligro no fue denunciado como el de la ultraderecha), que proscribió el debate sobre los problemas culturales de la inmigración y el despilfarro de las "políticas verdes".

Los partidos más a la derecha se han apresurado a recoger (bastante toscamente) ese debate estigmatizado, porque de todas maneras a ellos no los podían criminalizar más. Este ha sido un regalo (una abdicación, más bien) del centro y centro derecha, a cuyos votantes todo esto tampoco les hace ninguna gracia.

En todo caso, Sánchez ha aguantado bastante bien el tirón, y es posible que los socialistas españoles acaben siendo el grupo más numeroso dentro de la socialdemocracia europea. ¿Los que repartían pulseras de Free Bego exculpatorias de los manejos del matrimonio presidencial?

Nadie puede negar que Sánchez ha torpedeado la Constitución y el Estado de derecho por siete votos, que ha puesto en duda la imparcialidad de los jueces y que ha descalificado a la prensa. Se ha comportado, en suma, como el ejemplo de un gobernante iliberal empeñado en desmontar los contrapesos democráticos para seguir gobernando.

¿Cómo puede ser que el socialismo español, oscurecido por la corrupción, haya sido el más exitoso?

Ya sabíamos que el voto no es un asunto racional, pero Sánchez se ha encargado de mostrarnos que era mucho más irracional de lo que creíamos.

Él, ante la evidencia de que la realidad le era desfavorable, ha ofrecido a sus votantes algo mucho más atractivo: una ficción épica en la que el votante, sin más esfuerzo que depositar la papeleta del PSOE, obtendría un marchamo virtuoso, el calor de la tribu y, sobre todo, un enemigo al que temer y odiar aunque sea de mentira.

Si algo ha caracterizado esta estrategia ha sido la falta total de escrúpulos, tanto en ámbito nacional (no se ha detenido ante el debilitamiento de las instituciones ni ante la ampliación de la fisura social) como en el internacional. Se ha llegado a reconocer a un Estado, después de una masacre, sólo para acceder a un caladero de votos y desviar la atención de cuestiones familiares. Pero ha triunfado.

No piensen que esto es una rabieta. Es una admisión de fracaso, doble en mi caso por haber participado en la política activa y por escribir sobre ella. No hemos logrado explicar conceptos básicos como la igualdad ante la ley, la ciudadanía, la necesidad de contrapoderes o la libertad de prensa, y eso ha permitido que políticos a los que esos conceptos estorban puedan seguir enarbolándolos, como banderas bonitas, mientras los vacían de contenido.

En realidad, ni siquiera hemos conseguido que el ciudadano entienda que la política es muy importante, y eso le ha permitido delegarla en vendedores de crecepelo y afrontarla desde una perspectiva hooligan. Yo voto a mis colores, aunque mi equipo compre a los árbitros o dé patadas en las espinillas a los espectadores.

Fernando Navarro es exdiputado de Ciudadanos y exviceconsejero de Transparencia en Castilla y León.

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