El frente abierto de la inmersión

Vivimos un episodio más del segundo frente de batalla del nacionalismo español contra Catalunya. No es el primero. No será el último. No es el más duro ni el más preocupante, a pesar del impacto que tiene en la política y en la sociedad catalana.

Antes de entrar en materia, una previa, por recuperar un concepto propio de las épocas asamblearias. Cuando escribo «nacionalismo español contra Catalunya», lo hago midiendo el peso de las palabras. Los jueces, azuzados por la prensa y los políticos, son en este caso un ariete necesario, pero no actúan contra el catalanismo o sus supuestos excesos, sino contra Catalunya. ¿Dónde está la diferencia? Cuando se establece un acuerdo ampliamente mayoritario en la sociedad catalana y sus partidos, como es el caso de la inmersión, este acuerdo es representativo de Catalunya. De toda Catalunya, no sólo del catalanismo, por mucho que una pequeña minoría no comulgue con ello o se oponga. Es más, se puede entender Catalunya de muchas maneras diferentes, contrapuestas y bien legítimas, pero no se puede ir contra el catalán sin ir contra Catalunya. Las resoluciones judiciales sobre la inmersión, empezando por la sentencia del Constitucional, van pues contra Catalunya.

Proseguimos por el propósito y los resultados de la inmersión. Se trata de preservar el catalán del arrinconamiento progresivo a que lo someten multitud de factores de tipo demográfico, lingüístico y político. El castellano, en todos los sentidos una de las grandes lenguas del mundo, sigue siendo la primera lengua de uso en Catalunya, con diferencia. Sin la inmersión, no se habría producido el notable incremento del catalán en los medios de comunicación, que se erige en casi único terreno con avance significativo de la lengua propia.

En conclusión, ante el peligro, siempre real, de relegar el catalán a lengua secundaria, y encaminar Catalunya, si no a un monolingüismo castellano, sí a unas posiciones de claro dominio, la inmersión es clave. Sin ella, el futuro del catalán es mucho más preocupante. Los hijos de la inmersión no son menos aptos en castellano, pero lo son más en catalán. El propósito de la inmersión en la enseñanza no es otro que favorecer el bilingüismo, en el sentido de igualdad y equilibrio entre las dos lenguas. No lo consigue, o no lo suficiente, debido a la potencia ambiental del castellano, pero no se puede renunciar a ella sin condenar el catalán. (En este sentido, es del todo erróneo, además de contraproducente, el eslogan de Òmnium que habla de una lengua, una escuela, un país, ya que la finalidad de la inmersión no es para nada monolingüista ni va contra el castellano, tan solo pretende, y consigue, que el catalán sea menos minoritario.)

Lo saben y pretenden impedir-lo. Por qué. Resurge la ancestral voluntad asimilacionista española. El pacto constitucional comportaba sustituir la asimilación por la comprensión, el respeto, e incluso la protección y la ayuda, como consta en la propia Carta Magna. Lejos de cumplir con este mandato de defensa, se multiplican los ataques contra el catalán. Proseguirán, y con mayor virulencia. Aunque se trata de ataques que ya no dividen a la sociedad catalana, sino que la cohesionan y contribuyen en gran medida al distanciamiento y las ganas de hacerse la propia Constitución. Si el primer factor de discordia entre Cataluña y España ha sido la laminación del autogobierno y es el freno a la voluntad catalana de disponer de los propios recursos, el segundo es cada vez más la defensa del catalán. Que en Madrid no se alce ni una voz, ni una, contra esta ceguera colectiva hispánica constituye un mal augurio.

Claro que, desde Catalunya, siempre se puede interpretar que no hay para tanto, que no pasa nada ni tenemos de qué preocuparnos, que todo responde a una exageración del catalanismo. Negar los problemas, o minimizarlos, es bien comprensible, porque, si se dimensionan en su justa medida, es casi obligado conceder que son cada vez más escasas las probabilidades de encontrar soluciones en el actual marco jurídico y político. Y de ahí a contemplar como realista la posibilidad de la independencia, o del Estado propio con acuerdos confederales, solo va un paso. Un paso que el sistema límbico se resiste a permitir, por más que la lógica y la conveniencia acumulen argumentos.

Lo que se echa en falta en el debate público son precisamente argumentaciones sobre la conveniencia de proseguir por este camino. La sociedad catalana ya está bastante estresada con la crisis como para que tenga que soportar estos ataques y la irritación subsiguiente, que no es solo cutánea. Pero se equivocan, insisto, los que piensan que la dividen y en consecuencia la debilitan. La dividen, sí, pero no en dos mitades, sino entre una mayoría que supera los dos tercios y una minoría que está lejos de la cuarta parte. Dentro de esta minoría, el activismo beligerante es socialmente insignificante, por mucho que sea azuzado desde conspicuos y poderosos medios de comunicación de Madrid, esa ciudad cada vez menos amistosa.

Por Xavier Bru de Sala, escritor.

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