El frente de Ruhaní / Rowhani victory buys time for Iran

El 17 de junio, en su primera conferencia de prensa como Presidente electo del Irán, Hasán Ruhaní, abrió pocas vías nuevas en las relaciones de la República Islámica con Occidente. Sobre la política nuclear, dijo que la “época de la suspensión ha[bía] concluido”: el Irán no aceptará la suspensión del enriquecimiento de uranio en negociaciones futuras, pero procurará mostrar más transparencia sobre sus actividades nucleares para crear confianza internacional. Además, el Irán acogería con beneplácito nuevas negociaciones con los Estados Unidos, si éstos dejaran de intentar inmiscuirse en los asuntos internos del Irán y abandonasen su “actitud intimidatoria”.

Ninguna de esas afirmaciones es nueva. ¿Quiere decir eso que el mundo no debe esperar un cambio apreciable en el comportamiento del Irán tras la victoria de Ruhaní?

La impresión general antes de las elecciones fue la de que el Dirigente Supremo del Irán, Ayatolá Alí Joseini Jamenei, apoyaba a Said Jalili o a Mohamad Baqer Qalibaf. En los últimos años, Jalili ha sido el principal representante iraní en las negociaciones internacionales sobre el programa nuclear del país, lo que lo convirtió en el blanco principal de las críticas de Ruhaní y otro candidato, Alí Akbar Velayati, asesor de Jamenei en materia de asuntos internacionales.

Según Ruhaní y Velayati, si bien el Irán ha aumentado en los últimos años el número de centrifugadoras utilizadas en su programa nuclear, el costo ha sido un despliegue económicamente devastador de sanciones internacionales. Ruhaní prometió mantener los avances en el programa nuclear y al tiempo adoptar medidas diplomáticas más firmes y prudentes para prevenir la imposición de nuevas sanciones y preparar el terreno para el levantamiento de las existentes.

Jalili no había sido una figura destacada dentro del país. Por primera vez, los iraníes de a pie lo vieron en actos públicos y en los medios de comunicación, hablando no sólo de la política nuclear, sino también de su programa político ultraconservador en relación con las mujeres, los jóvenes y los asuntos culturales. Acabó pareciendo más radical incluso sobre esos asuntos que el Presidente saliente, Mahmoud Ahmadinejad.

En cuanto a Qalibaf, alcalde de Teherán, confesó, orgulloso, que había participado directamente en la dura represión contra los estudiantes que protestaron en 2003. De hecho, se describió sentado en el asiento trasero de una motocicleta con un bastón para ordenar a las fuerzas de policía que reprimieran las manifestaciones en masa. Ruhaní utilizó ese dato contra él muy eficazmente.

Los conservadores intentaron convencer a sus candidatos para que se unieran tras una sola figura, pero los más débiles no se retiraron a favor de un candidato de unidad. En particular, hay pruebas sólidas de que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) se dividió en dos facciones importantes, una de las cuales apoyó a Jalili y la otra a Qalibaf. Por ejemplo, Qasem Suleimani, comandante de la Fuerza Quds, sección del CGRI, apoyó a Qalibaf, pues abrigaba la esperanza de que recibiera el pleno apoyo de Jamenei.

Las luchas intestinas entre conservadores y dentro del CGRI se intensificaron en los últimos días antes de las elecciones y, con la sorprendente victoria de Ruhaní en la primera vuelta –y la negativa de Jamenei a apoyar a ninguno de los dos candidatos–, las dos facciones del CGRI perdieron.

Probablemente fuera prudente por parte de Jamenei hacerse a un lado y dejar que prevaleciese la opinión popular. Si hubiera sido elegido Jalili o Qalibaf, la tensión dentro del CGRI podría haber empeorado y haber resultado difícil para Jamenei controlarla. Y, al permanecer entre bastidores, Jamenei puede haber intentado mostrar al CGRI que su poder tiene límites.

Está claro que Ruhaní, pese a estar bien relacionado con la comunidad militar y de seguridad, estaba considerado un extraño. De hecho, no había sido una figura política hasta ahora, pues había servido en el ejército durante el primer decenio de la República Islámica y había pasado los dos últimos en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Cuando Ahmadinejad llegó al poder, Ruhaní perdió su cargo de secretario del Consejo, pero pasó a ser el representante personal de Jamenei ante él, cargo que ha ocupado hasta ahora.

Ya planeara Jamenei en serio la victoria de Ruhaní o simplemente calculase que el costo de prevenirla sería demasiado oneroso, Ruhaní puede servir al programa de Jamenei al menos tan bien como cualquier otro candidato. La victoria de Ruhaní dio la impresión de un proceso democrático y atenuó la ira popular acumulada durante los ocho últimos años, en particular desde las amañadas elecciones presidenciales de 2009. De hecho, su triunfo reveló una brecha entre las fuerzas democráticas del Irán, divididas sobre si participar en las elecciones, y volvió irrelevante el Movimiento Verde, nacido en 2009.

Los esfuerzos de Ruhaní para presentar la política extranjera del Irán con una apariencia democrática son menos convincentes. Por ejemplo, su llamamiento en pro de que el Presidente sirio, Bashar Al Assad, siga en el poder hasta las elecciones previstas para 2014, es irrisorio, en vista de que es habitual que Assad “gane” las elecciones presidenciales de Siria con márgenes de estilo soviético: con más del 95 por ciento del voto popular.

Más importante para el régimen es que la victoria de Ruhaní brinde tiempo al Irán para abordar la cuestión nuclear. No sólo hay menos posibilidades de nuevas sanciones, sino que, además, la legitimidad electoral de Ruhaní muy bien puede forzar al P5+1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, más Alemania) a ofrecer al Irán condiciones mejores en cualquier trato nuclear.

Pero Jamenei afrontará dos problemas principales relacionados con la política nuclear en los cuatro próximos años. En primer lugar, la victoria de Ruhaní ha deslegitimado la política de resistencia que Jalili abanderó. El Gobierno del Irán ya no puede afirmar que el programa nuclear es una causa nacional con un gran apoyo. Los partidarios de Ruhaní quieren una economía mejor y una mayor integración en la comunidad internacional más que la gloria nuclear.

En segundo lugar, aunque Jamenei entregue la cartera nuclear a Ruhaní (cosa que no es segura, en vista de que la conservó durante el mandato de Ahmadinejad), el nuevo Presidente debe llegar a un acuerdo con el CGRI, cuyo apoyo –al menos tácito– es necesario para cualquier trato nuclear.

Hasta ahora, las políticas regionales y el programa nuclear del Irán han estado dirigidas por el CGRI y los intransigentes del país. No han ganado las elecciones, pero no han desaparecido.

Mehdi Khalaji is a senior fellow at the Washington Institute for Near East Policy.

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On June 17, at his first press conference as Iran’s president-elect, Hassan Rowhani broke little new ground in the Islamic Republic’s relations with the West.

On nuclear policy, he said the “era of suspension is over”: Iran will not accept the suspension of uranium enrichment in upcoming negotiations but will seek to make its nuclear activities more transparent to build international confidence. Iran would welcome direct negotiations with the United States if the U.S. stopped attempting to meddle in Iran’s internal affairs and abandoned its “bullying attitude.”

None of these statements is new. Does that mean that the world should not expect meaningful change in Iran’s official behavior following Rowhani’s victory?

The general impression before the election was that Iran’s Supreme Leader, Ayatollah Ali Hosseini Khamenei, supported either Saeed Jalili or Mohammad Baqer Qalibaf. In recent years, Jalili has been the leading Iranian representative in international negotiations over the country’s nuclear program. That made him the main target of criticism by Rowhani and another candidate, Ali Akbar Velayati, Khamenei’s adviser on international affairs.

According to Rowhani and Velayati, while Iran in recent years has increased the number of centrifuges in use in its nuclear research program, the cost has been an economically devastating array of international sanctions. Rowhani promised to sustain progress on the nuclear program while adopting stronger and wiser diplomatic measures to prevent the imposition of new sanctions and pave the way for lifting the existing ones.

Jalili had not been a high-profile figure within the country. For the first time, average Iranians saw him at events discussing not only nuclear policy but also his ultra-conservative policy agenda for women, youth and cultural issues. He ended up appearing even more radical on these topics than outgoing President Mahmoud Ahmadinejad.

As for Qalibaf, the mayor of Tehran, he proudly confessed that he was directly involved in the violent crackdown on student protesters. Indeed, he described sitting on the back of a motorcycle with a stick to command police forces to suppress the massive demonstrations. Rowhani used this against him very effectively. Conservatives tried to convince their candidates to unite behind a single figure, but weaker candidates did not drop out in favor of a unity candidate.

In particular, there is strong evidence that the Islamic Revolutionary Guard Corps (IRGC) split into two major factions, with one supporting Jalili and the other backing Qalibaf. Qassem Suleimani, the commander of the Quds Force, a branch of the IRGC, endorsed Qalibaf, who he hoped would receive Khamenei’s full support.

The infighting among conservatives and within the IRGC increased in the last few days before the election. And with Rowhani’s surprising first-round victory — and Khamenei’s refusal to endorse either candidate — both IRGC factions lost.

Khamenei was probably wise to step aside and let popular opinion prevail. Had either Jalili or Qalibaf been elected, the tension within the IRGC might have worsened, becoming difficult for Khamenei to control.

By remaining on the sidelines, Khamenei may have been seeking to show the IRGC that there are limits to its power.

Though well connected to the military and security community, Rowhani was clearly considered an outsider. Indeed, he was not a political figure until now, serving in the military during the Islamic Republic’s first decade and spending the last two mostly in the Supreme National Security Council. When Ahmadinejad came to power, Rowhani lost his position as the Council’s secretary, but became Khamenei’s personal representative to it — a post that he has held until now.

Whether Khamenei seriously planned for Rowhani’s victory, or simply calculated that the cost of preventing it would be too high, Rowhani can serve Khamenei’s agenda at least as well as any other candidate. Rowhani’s victory created the impression of a democratic process and relieved the popular anger that has accumulated during the last eight years, especially since the rigged presidential election in 2009. Indeed, his triumph exposed a rift among Iran’s democratic forces, which were divided over whether to participate in the election, and rendered irrelevant the Green Movement born in 2009.

Rowhani’s efforts to portray Iran’s foreign policy in a democratic light are less convincing. For example, his call for Syrian President Bashar Assad to remain in power until the scheduled 2014 elections is risible, given that Assad typically “wins” Syria’s presidential elections by Soviet-like margins, with more than 95 percent of the popular vote.

More important for the regime, Rowhani’s victory has bought Iran time on the nuclear issue. Not only is there less chance of new sanctions, but Rowhani’s electoral legitimacy may well force the P5-plus-1 (the five permanent members of the United Nations Security Council plus Germany) to offer Iran better terms in any nuclear deal. But Khamenei will face two main challenges related to nuclear policy in the next four years.

First, Rowhani’s victory has delegitimized the policy of resistance that Jalili championed. Iran’s government can no longer claim that the nuclear program is a national cause with broad support. Rowhani’s supporters want a better economy and integration into the international community more than they want nuclear glory.

Second, even if Khamenei hands the nuclear portfolio to Rowhani (which is not certain, given that he retained it under Ahmadinejad), the new president must come to terms with the IRGC, whose support — at least tacit — is necessary for any nuclear deal.

To date, Iran’s nuclear program and regional policies have been run by the IRGC and the nation’s hardliners. They didn’t win the election, but they haven’t gone away.

Mehdi Khalaji is a senior fellow at the Washington Institute for Near East Policy. © 2013 Project Syndicate

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