El funámbulo que bajó de las nubes

Nadie como el funámbulo francés Philippe Petit ha conseguido elevar el equilibrismo y el malabarismo a la categoría de acontecimiento mediático y cultural, abandonando el encasillamiento de pertenencia a un ámbito minoritario, más propio, según algunos, de un espectáculo circense que de una manifestación cultural relevante. La historia de Petit, que el mes próximo cumplirá 65 años, es apasionante y adquirió notoriedad mundial cuando paseó durante cuarenta y cinco minutos sobre un cable de acero de 60 metros de longitud que unía las azoteas de las dos torres gemelas de Nueva York. Eran las 7.15 horas de la mañana de un 7 de agosto de 1974 y el cable colgaba a 417 metros de altura. El funámbulo francés recorrió hasta ocho veces el trayecto entre una y otra torre del World Trade Center, las que 27 años más tarde caerían desplomadas en los atentados del 11 de septiembre del 2001. Aquella mañana, Petit despertó la admiración de los paseantes, el elogio de los críticos y el enfado de la policía neoyorquina que acabó deteniéndole. Fue considerada una de las gestas artísticas más espectaculares del siglo. En muy pocos días se cumplirán 40 años de la hazaña que sería llevada al cine en clave de thriller en el 2008 bajo el título de Man on wire. La película obtuvo aquel año, entre otros galardones, un Oscar al mejor largometraje documental. No fue para Petit una tarea fácil planificar su ansiado paseo por las nubes. El proyecto requirió una minuciosa preparación que duró seis años y le permitió sortear a los equipos de seguridad de las Torres Gemelas. Tuvo que ingeniárselas para depositar el día antes en el piso 104, a tan solo 19 escalones de la azotea, todo el material que necesitaba, desde un cable de 200 kilogramos de peso hasta un arco y unas flechas para asegurarse de que los 60 metros de acero quedaban convenientemente tensados para poder bailar sobre él.

Las pisadas de Petit en el vacío han dejado muchas más huellas. En la segunda planta de la torre Eiffel se encuentra el lujoso restaurante Le Jules Verne, del grupo gastronómico del chef Alain Ducasse. Cualquier visitante que pague la entrada de cinco euros para poder subir por las escaleras hasta esta planta conseguirá tener París a sus pies, aunque se verá obligado a desembolsar más de cien euros por persona si pretende comer. Además, encontrará en el suelo del rellano una placa con otra de las hazañas del intrépido equilibrista: en agosto de 1989, Petit cruzó los 700 metros que separan el Palais de Chaillot, en la plaza del Trocadero, de la segunda planta de la Torre Eiffel, a más de cien metros de altura. No es extraño que el pasado mes de mayo, en una entrevista realizada en el suplemento Domingo de The New York Times, el periodista titulara: “Mitad hombre, mitad pájaro”. En 1971, el International Herald Tribune ya le había otorgado el honor de ocupar la foto de portada por caminar durante tres horas sobre una cuerda entre las dos torres de la catedral de Notre Dame. Sus acciones no se agotan en estos pocos ejemplos pero dan una idea de la singularidad de un personaje que únicamente acepta como reconocimiento que le definan como un hombre que aprendió a vivir de su ingenio.

Hoy, lamentablemente, para los que gustan de seguir la actualidad diaria, los funambulistas han dejado de ser únicamente intrépidos personajes, como Petit, que desafían la gravedad. Ahora se han apropiado del concepto una legión de hombres públicos, fundamentalmente políticos desaprensivos, que, ansiosos de poder y faltos de principios, acostumbran a poner rumbo hacia el sol que más calienta. Estos días, la derecha francesa asiste entre atónita e irritada al seísmo político que ha supuesto la detención durante quince horas del expresidente de la República y líder natural de los conservadores Nicolas Sarkozy. El exjefe del Estado ha salido en libertad pero con una imputación por diferentes delitos, entre ellos el de corrupción activa, penado en Francia con diez años de prisión. El hecho de que la detención de Sarkozy haya coincidido en el tiempo con el debate abierto en España sobre el escandaloso número de aforados que contempla la legislación -cerca de 10.000, cuando en países de nuestro entorno como Francia son sólo 21, y en Alemania, cero-, ha puesto aún más de relieve la inaceptable singularidad hispánica. Lo que en un momento determinado se justificó como una medida necesaria para asentar la democracia después de una larga dictadura, es percibido hoy por la sociedad como un privilegio inaceptable que divide entre ciudadanos de primera -pocos- y los de segunda -la mayoría-.

La cuestión resulta engañosamente sencilla ya que se trata de corregir una medida claramente impopular. La pregunta es si pueden, quieren y sabrán hacerlo unos legisladores que se han beneficiado durante años de esta situación sin inmutarse y que ahora corren un alto riesgo de ser considerados por la opinión pública como meros oportunistas. Sin embargo, no tienen más remedio que avanzar sobre este inestable cable. Aunque reciban críticas. Hoy resulta imposible abordar un proceso de regeneración democrática sin acabar con unos privilegios incomprensibles e injustificables. Frente a esa demanda social, la propuesta de reforma de la ley electoral para dar ventaja en las próximas municipales a la candidatura más votada es percibida más como una señal de pánico político de los partidos que han apuntalado la etapa de la transición que como una sincera voluntad regeneradora de la vida pública.

Incluso el presidente del Congreso, Jesús Posada, ha llegado a calificar de un poco chapuceras las prisas del Gobierno para aforar al rey Juan Carlos tras su abdicación de la jefatura del Estado, utilizando una enmienda a una reforma de la ley orgánica del Poder Judicial que tenía otro objetivo. Más allá de la casuística, con abdicaciones reales recientes, como las registradas en Bélgica con Alberto II y en Holanda con la reina Beatriz, donde los monarcas salientes perdieron tanto su inmunidad como sus privilegios inmediatamente después de abandonar el trono, es un error ignorar el tsunami ejemplarizante de una etapa nueva que exige formas también nuevas en la relación entre administradores y administrados.

El escritor estadounidense Paul Auster, que pasó una larga temporada en Francia para escapar de la Guerra de Vietnam, quedó fascinado con Philippe Petit desde la primera vez que casualmente lo descubrió, en 1971, actuando en una de las plazas del bulevar de Montparnasse. En aquellos tiempos, Auster se ganaba la vida en París fundamentalmente dedicándose a la traducción de escritores como Simenon o Sartre. Años más tarde, Auster y Petit entablarían, ya en Nueva York, amistad, y sería en 1982 cuando el escritor publicaría un ensayo titulado En la cuerda floja, que no era otra cosa que un homenaje a su amigo funámbulo. Auster explica en su relato uno de los aspectos que más le llamó la atención de un espectáculo que el equilibrista protagonizó en Nueva York: la forma como los espectadores quedaban atrapados por la escena. Contemplando desde el suelo aquel cable en el cielo tensado entre dos puntos, se producía una comunión magnífica que igualaba a todos los presentes y los reducía a la condición de simples seres humanos. “Un secretario de Estado, un poeta, un niño: nos vimos iguales unos a otros y, por consiguiente, parte unos de otros”. Sin diferencia alguna.

José Antich

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