El furor del turismo masivo

Se afirma que “viajar es una expansión de la mente, una aventura del espíritu”. Así es, y durante siglos el placer de viajar ha abierto horizontes y enriquecido el entendimiento. ¡Ay! Ése es un sentimiento que se está volviendo cada vez menos válido. En la Edad Media miles de turistas hacían peregrinaciones espirituales a Roma, Santiago y Canterbury. Los tiempos han cambiado y los turistas ya no son bienvenidos. En algunas ciudades del sur de Europa se ven palabras garabateadas en las paredes del tipo “¡Turistas, váyanse a casa!”. El verano es la estación de viajes e intercambios, de contacto y exploración. Pero, en varias zonas de Europa, ello ya no trae consigo un contacto feliz entre los pueblos. En Cataluña, la ciudadanía ve hoy el turismo como el asunto de mayor preocupación, incluso por encima del paro. El hecho es irónico porque el turismo en esta comunidad -como toda España- es la principal fuente de ingresos. Sin embargo, una buena parte de la opinión pública lo considera una amenaza. Y no sin razón.

Existen beneficios evidentes del turismo para la economía local, especialmente en lo que se refiere a la generación de empleo y a sectores como el hotelero y el de la restauración. Sin embargo, precisamente en éstos el turismo ha demostrado ya ser una amenaza cuando lo que se produce es un flujo incontrolado. La demanda de millones de visitantes estacionales ha sido culturalmente destructiva. En el centro de algunas ciudades, uno no puede moverse sin chocar con una masa de seres humanos.

El problema no es español, sino europeo. Ámsterdam, París, Lisboa, Barcelona, Viena y Reikiavik se encuentran entre las muchas ciudades cuyo futuro está amenazado por el turismo incontrolado. Venecia tiene menos de 60.000 habitantes y ha de aceptar más de 20 millones de turistas cada año. Islandia -se quejan sus residentes- se está convirtiendo en un Disneyland por la inmensa cantidad de turistas que recibe, cuyo número supera con mucho el de toda la población de la isla misma. En 1996, a Islandia llegaron 200.000 turistas; el año pasado la cifra fue ocho veces mayor. Barcelona es una ciudad de 1,6 millones de habitantes y recibe anualmente más de siete millones de turistas. Durante la temporada alta turística, estas ciudades pierden por completo su carácter y se transforman en parques temáticos, en inmensos circos para el deleite de los visitantes.

Todo se sacrifica en favor de los turistas. El mayor impacto está en el alojamiento residencial. Los beneficios del turismo ahora van a los bolsillos de los negocios internacionales. El ejemplo más claro son las actividades de la empresa de alquileres de California Airbnb, que en Barcelona tiene en oferta alrededor de 18.000 viviendas para turistas. Ya opera en 191 países y 34.000 ciudades, y se ha calculado que para el año 2020 Airbnb recibirá 500 millones de reservas por noche. La compañía señala que casi 900.000 usuarios visitaron Barcelona el año pasado, gastando unos 740 millones de euros, casi seis veces más que en 2013.

El Ayuntamiento de la Ciudad Condal admite que casi 7.000 pisos de alquiler turístico no tienen licencia. La demanda descontrolada de alojamiento ha distorsionado el mercado, inflando el número de hoteles, forzando a los residentes nativos a marcharse y creando un sector masivo de actividad ilegal. Los residentes venden sus hogares a la demanda masiva del turismo, y los centros urbanos se transforman en hoteles y apartamentos de alquiler continuos. Los vecinos de toda la vida, sencillamente emigran. En 1950, Venecia tenía 180.000 habitantes; hoy sólo 50.000. Barcelona se dirige hacia la misma dirección. En algunas ciudades, las autoridades anuncian que se controlarán los alquileres ilegales, pero, por ejemplo, en Ibiza, donde el problema es severo, la plantilla de inspectores de Hacienda está formada por cero trabajadores.

De la misma manera, el aumento de la demanda ha estimulado la aparición de tiendas de comida barata. En un bloque residencial cerca de donde vivo en Barcelona, hay cinco pequeños supermercados, todos compitiendo con los cinco del siguiente bloque. ¿Qué pasa con el excedente de frutas y hortalizas frescas al final del día? La ciudad entera se convierte durante la temporada turística en un proveedor de comida-basura internacional, con restaurantes de hamburguesas y pizzas que destruyen todo el carácter histórico de los edificios. La ciudad de Venecia, como es lógico, ha prohibido las tiendas de comida rápida en las zonas turísticas, así como acceder con comida a la Piazza San Marco. Podemos imaginar las cantidades de residuos de alimentos, contenedores y basura turística depositados a lo largo de un día en un típico centro turístico.

Es engañoso hablar de los beneficios que reporta este turismo, ya que gran parte acaban en el bolsillo de las compañías aéreas low cost y de los operadores turísticos extranjeros. Y, en el peor lado de la balanza, el carácter histórico de las ciudades puede ser irremediablemente alterado. Recuerdo lo hermosa que era la ciudad de Cambridge en los meses de verano, cuando los estudiantes volvían a sus hogares y la paz descendía sobre las torres medievales y las plazas. Ahora, en verano, el centro de Cambridge está lleno de autocares turísticos, y el río Cam es innavegable a causa de la cantidad de turistas que intentan ocupar sus aguas en bateles. Qué decir de Venecia, que ya no tiene nada que ver con lo que era;las autoridades están estudiando cómo restringir el acceso a la Piazza San Marco. En cuanto a Barcelona, como decíamos, los ciudadanos intentan escapar. Tanto en Venecia como en la Ciudad Condal, los grandes cruceros traen a decenas de miles de pasajeros que acaban inundando las pequeñas calles medievales.

El problema es el mismo en el norte de Europa. Ámsterdam es un caso significativo. La ciudad más grande de los Países Bajos está en peligro de ser destruida por el turismo y el hacinamiento. Tiene casi 850.000 habitantes, pero recibió 17 millones de visitantes en 2016 y ha intentado con poco éxito aplicar todas las medidas estándar adoptadas por otras ciudades.

Algo funciona mal cuando existe toda una tecnología de viajes y de comunicación que nos permite visitar sin esfuerzo los tesoros del planeta, pero, al mismo tiempo, amenaza la supervivencia de los mismos a causa de nuestra negligencia colectiva. La cultura de la vulgaridad a menudo ha avasallado la cultura nativa, no sólo en Magaluf o Ibiza (donde los turistas británicos han sido los culpables), sino incluso en los centros tradicionales en los que se esperaba que los operadores turísticos fueran más conscientes de cómo se comportan sus clientes. Es obvio que se han hecho necesarios controles mediante la limitación en el número de acceso y la imposición de impuestos más elevados. Pero el recurso a la violencia contra los turistas, apoyado por algunos políticos extremistas en Barcelona, es un desorden infantil que no resuelve nada y sirve para socavar la economía y la reputación de la ciudad.

Los viajes y el turismo son una ciencia del descanso. No se trata de ansiedad, de prisa o de multitudes e inquietud. Deben de ser una invitación a descubrir, participar y compartir. Eso es lo que el viajero gana en el contacto con nuevos horizontes. Lamentablemente, el mes de agosto se ha transformado en algo muy diferente, en una concentración brutal de la actividad humana que a menudo saca lo peor de nosotros y anima los instintos agresivos de los turistas, huelguistas y juveniles revolucionarios.

Henry Kamen es historiador británico: su último libro es Carlos emperador. Vida del rey césar (La Esfera de los Libros).

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