El fútbol como escuela

El deporte como tal no educa en valores. En general, el deporte crea hábitos, las virtudes son los hábitos de la excelencia, que el individuo puede aprovechar para otros dominios de la vida; estimula a atreverse y resistir, a enfrentarse con lo duro y difícil para alcanzar el objetivo deseado. El deporte enseña puntualidad, constancia, sacrificio, disciplina, espíritu de superación; ayuda a adquirir el dominio de sí mismo y de la ansiedad y del temor, a vencer la presión, a guardar sangre fría en momentos de riesgo y a valorar las posibilidades de cualquier objetivo. De vez en cuando, el deporte muestra ejemplos de superación difíciles de imaginar. Los Juegos Olímpicos de los minusválidos muestran ejemplos antológicos de superación. La perfección deportiva no lleva siempre consigo la perfección moral a pesar de la sentencia de Juvenal, mens sana in corpore sano, ni la perfección moral un desarrollo armonioso del cuerpo.

Las escuelas para campeones son duras y exigentes, de disciplina y órdenes implacables. Nadie puede llegar a ser un campeón sin pisotear la tentación de lo fácil, la pasividad, la veleidad y el miedo a las dificultades. «Querer es poder», repiten mil veces a los alumnos. Más que por razones estas escuelas funcionan por voluntarismo. Las escuelas de deporte han de procurar que «cada uno sea el mejor pero también la convicción de nunca creerse el mejor», dijo Fangio. Las escuelas han de enseñar a mejorar, no a ser el mejor. El deporte ayuda a adaptarse al medio, a competir con uno mismo por mejorar cada día, hacer sociables a quienes lo practican. Los valores del deporte se trasladan a la vida de cada día. No se puede hablar de una vocación del futbolista. «La vocación no resulta nunca, en realidad, ni planeada, ni preparada, ni deliberadamente hecha por nosotros mismos. Voca algo, sin que se lo espere y hasta contra la propia voluntad. Por otra parte no viene la vocación, sin duda alguna, de otro que sea conmigo en el mundo. La vocación viene de mí y sin embargo sobre mí», escribió Heidegger.

Muchos niños llegan a ser grandes futbolistas, por su cuenta, en calles llenas de barro. Hay fundaciones privadas cuya finalidad es crear y mantener escuelas de fútbol, especialmente en países pobres en las que se admiten también niños ricos para que hagan posible, pagando, el mantenimiento de niños pobres en las que se utiliza el fútbol para enseñar valores. Muchos clubes de países ricos tienen escuelas de fútbol en países pobres. Aunque digan que es para ayudar a esos niños, se trata de un negocio. Hacer estrellas a un coste mínimo. El deporte enseña solidaridad y espíritu de superación. El fútbol contribuye a fomentar la idea de equipo, de compartir, de trabajar todos en favor de un objetivo común, a desarrollar el valor de la solidaridad, la importancia de ayudar a los demás, a desarrollar el espíritu de compañerismo y el respeto al rival. «La vida es mucho más importante que cualquier carrera deportiva», dice el tenista Nadal. Pocas actividades hay que tengan aficionados de edades, sexos, culturas y religiones tan distintas y distantes como el fútbol, instrumento de cohesión social y escuela de valores individuales y colectivos.

«Cuando un deporte exige tanta inteligencia (como el fútbol), tanta devoción, tantas cualidades morales y físicas, por parte de quienes lo practican, a la fuerza tiene que ser un deporte de una gran importancia humana», dijo el cineasta L. Malle. En El Ejido hubo y hay muchos problemas de convivencia entre los distintos grupos de inmigrantes y de los inmigrantes con los indígenas, pero una vez cada 15 días, todos se juntan para animar al equipo de fútbol local. Como se ve en Invictus de C. Eastwood el deporte, concretamente el rugby, puede servir para fomentar la integración de blancos y negros en Sudáfrica. Alguien dijo: «El deporte es el esperanto de las razas». El Suecia United sólo ha ganado tres partidos en 11 años, su liga es otra. Este equipo se solidariza con cualquier causa perdida. Juegan chicos con sobrepeso o que fueron discriminados en el colegio por alguna razón. No hay presión por ganar. «Nuestro propósito es defender algunos valores, como la protección del medio ambiente, la solidaridad con cualquier persona que se sienta desfavorecida por razón de sexo, etnia o religión y, por supuesto, la amistad». Algo parecido a este equipo es el Barcelona Gaeles, fundado por irlandeses en Barcelona. «El fútbol gaélico es una prolongación de la familia. Juegas con tus hermanos y con tus primos para defender el orgullo de tu barrio, pueblo o región».

En Europa se habla mucho de la explotación infantil a propósito de los niños de la India, del Brasil, que pasan los días buscando en los basureros o trabajando ocho horas para comer, pero en países de Europa y América, miles de niños verán marcado y condicionado su futuro por los años que pasaron entrenando durante horas que deberían haber dedicado al juego. Esta situación se acentúa cada día más con las posibilidades de la intervención sobre el genoma humano. «Pues tan pronto los adultos contemplasen un día la admirable dotación genética de su descendencia como un producto moldeable para el que elaborar un diseño acorde a su parecer, ejercerían sobre sus criaturas manipuladas genéticamente una forma de disposición que afectaría a los fundamentos somáticos de la autoregulación espontánea y de la libertad ética de otra persona, disposición que hasta ahora sólo parecía permitido tener sobre cosas, no sobre personas», dice Habermas. ¿El futbolista nace o se hace? Las ciencias biológicas están trabajando a fondo para mejorar el rendimiento de los deportistas de élite. Una serie de circunstancias orientan al hombre que muestra ciertas facultades físicas y mentales para ser eficaz en un campo de fútbol.

«La derrota enseña más que la victoria», «el fracaso merece aplausos por haberlo intentado y porque esculpe el carácter», dijo Del Bosque. «Un comportamiento torpe ante la derrota es negarla, maquillarla, echarle la culpa a otro, escurrir el bulto, lo que conduce a la agresividad y al autoengaño. El triunfo también puede encajarse entupidamente». «Hay personas que no superan jamás un triunfo y los hay que aprenden de un fracaso». En el fútbol, como en todos los deportes, se gana o se pierde o se empata como en la vida misma. Cualquier persona que es capaz de terminar una prueba con esfuerzo está entrenada para cualquier otra meta en la vida pero el ser humano compite buscando el placer del triunfo. En nuestra sociedad, en la que el individuo y los colectivos buscan el éxito y la victoria, el fracaso está descartado. Se compite para ganar y cuando esto no se da, la injusticia o el destino cargan con la responsabilidad. «El éxito por encima de todo, caiga quien caiga; sólo la victoria te sube al podio y sólo el podio te lleva a la gloria», me dijo un entrenador.

Conozco padres que no han permitido a sus hijos asistir a la catequesis ni a las clases de religión para poner a salvo su libertad pero los llevan con ellos desde que saben andar, vestidos con el hábito de su equipo: camiseta, bufanda, gorro, mochila. Las gradas gritan groserías, porquerías y maldiciones contra el árbitro y sus antepasados cuando toma decisiones justas contra el equipo local, y contra los jugadores del equipo visitante cuando hacen una buena jugada con peligro en la portería del nuestro. Los niños presenciando un partido desde las gradas pasarán una hora oyendo insultos, improperios y groserías, y en algunos campos estarán siendo amamantados con la leche nacionalista de uno de los buques insignia del catalanismo.

Un amigo me confesó: «Cuando mi hijo tenía ocho años lo llevé conmigo al fútbol. De vuelta a casa contó lo que había visto y oído a su madre quien me espetó a bocajarro: ‘Si vuelves a llevar al niño al fútbol te acusaré de ir arrastrando al niño por antros inmundos y pediré el divorcio’». Hace poco el hijo me dijo: «Papá, de vez en cuando podré acompañarte al campo pero nunca me haré socio de un grupo de fanáticos». Muchas personas ecuánimes y justas, cuando están en las gradas, ignoran lo que es la justicia, vociferan groserías y ensucian todo lo que no es su equipo.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC, escritor, teólogo y autor del blog Diario nihilista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *