El fútbol, esa gran estafa (y 2)

[Leer la primera parte] El proceso de conversión del fútbol en religión es una de las aventuras más alucinantes de la decadencia de una sociedad, feliz de sentirse engañada y consciente de ese juego de trileros que consiste en hacernos creer que nos divertimos al tiempo que nos estafan. No es grano de anís que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, no lea otro periódico en papel que el Marca, todas las mañanas. ¿Le gusta el deporte? Difícil imaginar a un Rajoy deportista. Lo que sí se adecua es distraerse ante veintidós pringaos de lujo que se pasan un balón, o unos sudorosos ciclistas echando los bofes -el ciclismo, aseguran, es su deporte favorito-. Eso le vincula a la inmensa mayoría del pueblo que se manifiesta apasionado del deporte encapsulado, listo para servir de coartada, no por nada Marca es el periódico más vendido de España, como antaño lo fue El Caso, cuando la gente común encauzaba el miedo atraída por el tremendismo.

Aquellos años cincuenta que dieron paso a los sesenta del fútbol como tapadera -¿todas esas plumas de pavipollo que se enseñorean en los diarios con sus agudas reflexiones futboleras no saben nada del gol de Marcelino en 1964?-. Una chapuza de jugada que dio al equipo español la victoria ¡sobre la URSS! y que fue titulada en esa misma prensa o parecida a la que ellos escriben hoy “¡Victoria! Franco aclamado”. Leer los titulares de la secciones futbolísticas de los diarios me convence que el franquismo está vivo, su esencia; igual que lo estaba cuando “el ejército desarmado de Cataluña”, que decía el amigo Manolo Vázquez Montalbán, iba a pasar revista al Caudillo cada vez que ganaba un trofeo, o ese Real Madrid de Santiago Bernabeu, cuya biografía escribí en un número de la revista Triunfo y que significó mi despido como colaborador, decidido por aquel radical de cartón piedra que fue Eduardo Haro Tecglen.

La memoria es un pozo insondable donde cada quien saca el caldero con lo que quiere recordar, a voluntad. En 1978 ningún ciudadano digno de tal nombre olvidará el Mundial de fútbol de Argentina. ¿Le parecería mal a un arrogante porteño decir que aquel campeonato mundial se ganó a punta de fusil? Dominaba el país la dictadura de Videla y, en esa constante exhibición del fútbol como ratificador del poder político, se preparó el Mundial con el rigor de una dictadura militar. Sin piedad y al objetivo. Aún conservo los documentos de la época y muy en concreto el trabajo que realizó para aquella panda de asesinos uniformados una sociedad española de promoción y relaciones públicas que tenía por nombre Ageurop, dirigida por una de las plumas más golfas del periodismo español, Jaime Capmany, exdirector de Arriba, el diario del Movimiento Nacional, y cuyo currículo ocuparía demasiadas líneas para este artículo, porque también capitaneó el semanario Época, ya en la transición. Franco había muerto pero el franquismo seguía vivo y marcando paquete.

Mi conocimiento de Buenos Aires no alcanza a medir cuántos metros, ni siquiera un kilómetro, había entre el campo de fútbol donde Argentina jugó la final frente a Holanda y la Escuela Superior de Mecánica de la Armada donde se estaba torturando hasta la muerte a una oposición política derrotada y abandonada, mientras los cabecitas negras jaleaban a su selección, cuyas euforias me constan que llegaban a los torturados. ¿Se imaginan que te pongan la picana en los huevos mientras escuchas “Viva Argentina, somos los mejores”? Fue el primer trofeo mundial de su historia y lo ganó Videla más que la selección argentina.

Algún día algún historiador temerario reconstruirá lo que fue aquello en España, donde desde el pringao hasta el que observa el partido como si se tratara de una autopsia afirmaban que no cabe confundir el fútbol con la política. Se lo hubiera podido explicar mucho mejor que yo el general Videla y los miembros de la Junta Militar, o los masacrados. Volvemos a la historia de siempre, la gente sólo ve lo que quiere ver. Reconstruir lo que ¡en 1978! escribieron los periodistas comprados por Ageurop, la promotora española dedicada, a precio de alto standing, al maquillado de los medios de comunicación. Ya se habían celebrado las primeras elecciones democráticas, pero el fútbol se consagraba como la mayor estafa.

Unas décadas antes no había un intelectual en Europa que no considerara el fútbol, y el deporte de competición en general, como una de las manifestaciones totalitarias por excelencia. De eso escribió Walter Benjamin, Adorno, hasta mi admirado Günter Anders, primer marido de Hannah Arendt, que por sus posiciones radicales jamás fue considerado otra cosa que el aventado primer marido de una leyenda intelectual con la que, por cierto, podría competir en todo, incluso en dignidad intelectual. ¿Qué decir del magnífico artículo de Jankelevich sobre nacionalismo y deporte? “El deporte ejerce una función de estabilización del sistema dominante a través de la identificación con los campeones”. Eso está escrito en uno de los dos libros sobre la relación entre política y deporte publicados en España, ambos en editoriales marginales, Pepitas de Calabaza, de Logroño (El libro negro del deporte), y el reciente de Virus, en Barcelona: La barbarie deportiva.

Pero es como la fe ciega: el lado inquietante de la bestia. El de la señora de exquisita educación que grita: “Rómpele la pierna”, o el caballero impecable que exclama: “Mátale, coño, mátale”. Como el partido dura 90 minutos es como una visita al psiquiatra con la garantía de pagar poco y que nadie te llame la atención por un momento de locura. Descarga la violencia, aseguran, del animal agresivo que llevamos dentro. Pero es pura estafa para gente complaciente consigo misma. El poder se divierte en los palcos de honor de los grandes estadios; hace negocios, que de eso se trata.

Y lo que realmente conmociona es que plumas y plumillas hagan exquisiteces de gastrónomos de ocasión para puntualizar el partido y el rendimiento de tal o cual acémila, a 50 o 70 millones el contrato, con los que suelen ser benévolos. ¿Quién no puede tener una mala tarde? Les pagan por engrasar el mecanismo, pero están muy contentos porque, como decía un partidario de la lucha armada en Argentina, “si allí está el pueblo, allí debemos estar nosotros”, teoría genial para desarmar cualquier elemento de racionalidad y convertirnos a todos en fascistas de ocasión.

El fútbol, esa gran estafa organizada por unos tipos que causarían rubor a cualquier periodista digno, el deporte que concentra desde hace ya muchos años individuos como Gil y Gil, o el expresidente del Betis, por no hablar de los británicos dirigidos por magnates rusos de la especie muerte súbita. El Barça ha contratado a un individuo uruguayo que juega muy bien pero que tiene cierta querencia a morder en el hombro al adversario. A este draculín de cómic, pero de ganancias inconmensurables, se le disculpará la inclinación, más bien delirante -carne de psiquiatra, nada de psicoanalista argentino- y los hinchas incondicionales entenderán que estos supuestos genios de bajos instintos no pueden ocultar su talento deportivo. ¿Deportivo?

No nos engañemos. La religión deportiva es más deleznable socialmente que creer en Lourdes o en Fátima, porque aquello oculta una presunta trascendencia que va más allá de lo inmediato, pero esto es una estafa enmascarada en la estupidez humana de una generación que ha perdido el sentido de la dignidad. Unos chorizos que se forran gracias a que el negocio del fútbol otorga tales beneficios a sus promotores que la gente común cree que es verdad, como cuando antaño en los pueblos había combates de lucha libre que encandilaban a los paletos. Creo que las escuelas de fútbol para niños, en Barcelona, están siendo un auténtico éxito. Inquietante panorama. Deberían animarse algunos audaces a llenar los campos de fútbol con el lema: “Poco pan y mucho circo”.

Gregorio Morán

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