El futuro ignorado y convulso

Hace unos pocos años, casi todas las semanas acudía a la sucursal bancaria, donde siempre había una o dos personas conocidas, a las que consultaba los pequeños problemas de un tipo como yo con escasas finanzas. Los cajeros automáticos alejaron las visitas. No obstante, el seguimiento de las cuentas garantizaba un trato de cercanía, y no era raro el aviso cuando llegaba algún débito y el saldo iba a quedarse en negativo. Conocían mi nombre y, por lo general, yo conocía el suyo, incluso algunas características individuales, estado civil, hijos, lugar de veraneo, etcétera. A veces, en algunas ocasiones excepcionales, he compartido un café, en el bar más cercano, con el apoderado o el director, y las relaciones eran las mismas que hubiera tenido un cliente a principios de siglo.

Al cajero automático siguió la posibilidad de llevar a cabo la mayoría de las operaciones bancarias a través del ordenador: ingresos, transferencias, movimiento de cuentas, planes de pensiones, saldo de tarjetas de crédito y un largo etcétera. Esta posibilidad es cómoda, y de ella hago uso frecuente, lo que derivó en que un día acudí a la sucursal y me encontré con un cartel que indicaba otro local situado a unos trescientos metros. Cuando llegué al nuevo lugar, allí dentro no estaba ninguna de la docena de personas a las que conocía, como si en el traslado hubieran desaparecido. En el nuevo establecimiento no conozco al personal y el personal tampoco me conoce a mí. Si un día devuelven un recibo lo harán de manera automática, porque de la misma forma que yo opero a través del campo digital, ellos también se sacuden lo del saldo negativo sin ninguna contemplación, ni deferencia. Miles de empleados de banca ya han sido enviados a sus casas, porque los cajeros automáticos y la vía digital les han sustituido, y varios miles más saben que les quedan unos meses o unos pocos años para que les suceda lo mismo. Y lo mismo ha ocurrido en cientos de agencias de viaje, porque cada día son más los viajeros que compran sus billetes, reservan hoteles y alquilan automóviles o planifican unas vacaciones a través de Internet.

A Nedd Ludd le corresponde la gloria de haber destruido dos telares en 1779. Lo hizo porque sabía que las máquinas quitaban puestos de trabajo a las personas, y su ejemplo fue seguido por muchos trabajadores británicos hasta comienzos del siglo XIX. El Gobierno, desbordado por esa violencia, firmó incluso penas de muerte para proteger la industrialización.

El tiempo vino a demostrar que Ludd y el ludismo eran una corriente que iba en sentido contrario del progreso y, pronto, los que dejaron de trabajar en los telares pasaron a engrosar la plantilla de los que trabajaban en las fábricas donde se construían esos telares, como los trabajadores de postas se quedaron sin empleo con la aparición del automóvil, pero se crearon otros empleos en las factorías de automoción.

Esa transformación que ha sido casi automática, desde la revolución industrial hasta finales del siglo XX, se ha roto. Los miles de empleados de banca no van a ser reciclados para trabajar en la industria robótica o digital. Incluso las personas que es necesario disponer para resolver telefónicamente los problemas de uso de los cajeros automáticos o de la digitalización, son cada vez menos. Antes de llegar a hablar con un ser humano, hay un robot que te ofrece un amplio abanico de consultas para elegir. Y hay que tener mucho cuidado, porque la mínima equivocación es seguida de un «gracias por haber utilizado nuestros servicios», y te cuelga, y tienes que volver a empezar. Al banco no le preocupa, porque es un 902 y cuanto más rato estés al teléfono más te cobrarán por la llamada, perversa situación, donde el único perjudicado eres tú. Y no son sólo las empresas bancarias, sino casi todas las grandes empresas, lo que suele conducir a la aberración comprensiva.

Hace un par de años, tuve un problema con la conexión de Internet, y localicé un teléfono, donde tras el rosario de explicaciones al robot ¡por fin! se puso al teléfono un ser humano, con sus pulmones, su circulación sanguínea y su posibilidad de hablar. Le comuniqué que no podía conectarme con Internet, y, a continuación, impertérrito, como si le hubiera explicado que soplaba el cierzo en Zaragoza, me dijo: «Envíe un correo electrónico explicando la incidencia». Me quedé atónito. Menos mal que, cuando le comenté que no podía enviar un correo electrónico, porque no podía acceder a Internet, no se desmayó de la impresión, y accedió a atenderme, olvidando su condición de robot circunstancial.

Al cumplir los catorce años, el hijo de un pastor del siglo XVII sabía casi tanto como su padre, y no necesitaba reciclarse, ni asistir a cursillos de formación, ni hacer un máster en pastoreo en ninguna parte, porque con sus conocimientos podía desarrollar su labor. Hoy, en las universidades españolas, se invierten grandes sumas de dinero, procedente de nuestros impuestos, impartiendo unas enseñanzas para unas actividades que, o bien están en periodo de extinción, o bien están cambiando de manera tan acelerada que sólo una actualización permanente les permitirá desarrollar una mínima parte de la preparación recibida. Y no me refiero a que sobren las Humanidades. Ni mucho menos, sino a la loca proliferación de universidades, con la correspondiente bajada de nivel, y a la conversión de lo que era una institución de referencia en una fábrica donde profesores universitarios dan clases a alumnos que serán profesores universitarios. Es algo así como si las factorías de automóviles fabricaran vehículos solo para los que trabajan en su construcción y montaje.

Esta tergiversación, unida a la tontería contemporánea de rebajar las exigencias de ingreso, pone en algunas cátedras a impartir clases de Periodismo a personas que, excepto unos pocos meses de becarios, jamás trabajaron en un medio de comunicación.

Los efectos de la inevitable globalización ni siquiera se analizan con suficiente empirismo. Ha bajado el hambre en el mundo y han adelgazado las clases medias. Pero esa aparente justicia se destroza, cuando se comprueba que la riqueza se acumula cada vez más en las manos de menos personas. Si el presente es difícil de entender, el futuro es ignorado y convulso. Y, de momento, ya sabemos que un empleado de banca es tan exótico como un cartero recorriendo el territorio a caballo para repartir la correspondencia.

Luis del Val, escritor.

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