El futuro incierto del predominio de los bancos centrales

La historia está repleta de personas e instituciones que ascendieron a posiciones de predominio para después caer. En muchos casos, la arrogancia –un sentimiento de invencibilidad alimentada por un poder incontestado– fue su perdición. En otros, sin embargo, el ascenso y la caída tuvieron que ver más  con las expectativas injustificadas de personas de su entorno.

En años recientes, los bancos centrales de las economías más avanzadas han asumido una postura de toma de decisiones casi dominante. En 2008 se les convocó para corregir las disfunciones de los mercados financieros antes de que llevaran al mundo hacia la gran depresión II. En los cinco años que siguieron desde ese entonces, su participación fue aumentando para ofrecer una creciente lista de resultados financieros y económicos.

Entre más responsabilidades han ido adquiriendo los bancos centrales, mayores son las expectativas de lo que pueden lograr, sobre todo en lo que se refiere a la tan codiciada tercia de una mayor estabilidad financiera, un crecimiento económico más rápido y una progresiva creación de empleos. Y los gobiernos que algunas veces resintieron el poder de los bancos centrales ahora están felices de que les compensen sus propias fallas de gobernanza económica –tanto que algunos parlamentos parecen sentirse empoderados para repetir una y otra vez conductas irresponsables.

Los bancos centrales de los países avanzados nunca ambicionaron su posición actual, llegaron ahí porque en cada situación las alternativas parecían implicar un resultado peor para la sociedad. En efecto, la toma adicional de responsabilidades de los bancos centrales ha estado motivada más por un sentido de obligación moral que por un deseo de más poder, y gran parte de los banqueros centrales están adoptando a regañadientes su nuevo papel y visibilidad.

Como otras instancias de toma de decisiones estaban marginadas debido a un grado inhabitual de polarización política local y regional, los bancos centrales de los países avanzados se sintieron obligados a usar su creciente autonomía operativa e independencia política relativa. En cada situación esperaban ganar tiempo para que otros responsables del diseño de políticas encontraran una solución, pero solo se vieron forzados a buscar la forma de ganar más y más tiempo.

Los bancos centrales fueron los primeros en advertir que su capacidad para compensar las inacciones de otros tenía un límite y conllevaba riesgos. Temprano admitieron que sus herramientas eran imperfectas y no probadas. Además, en repetidas ocasiones avisaron que entre más tiempo desempeñaran dicha posición, mayor sería el riesgo de que su buen trabajo se asociara con daños colaterales crecientes y consecuencias no deseadas.

El problema es que pocos agentes externos están escuchando, y mucho menos preparándose para encarar los límites posibles de la efectividad de los bancos centrales. En consecuencia, corren el riesgo de empeorar los desafíos potenciales.

Esto aplica sobre todo en aquellas instancias de toma de decisiones que tienen mucho mejores herramientas para abordar los problemas de empleo y crecimiento de economías avanzadas. En lugar de aprovechar la oportunidad que ofrecen las políticas monetarias no convencionales de los bancos centrales para responder efectivamente, muchos de ellas han adoptado una postura inactiva y de negación.

En los Estados Unidos, por quinto año consecutivo, el Congreso aún tiene que aprobar un paquete presupuestal completo, por no mencionar que debe lidiar con los desafíos de crecimiento y empleo de la economía. En la eurozona, la integración fiscal y las iniciativas regionales orientadas al crecimiento básicamente se han paralizado, al igual que las propuestas de la banca que están fuera de la esfera directa del Banco Central Europeo. Tampoco se sabe que va hacer Japón, aunque fue un cambio de gobierno lo que impulsó al banco central a exceder (en términos relativos) las propias operaciones no convencionales de hojas de balance de la Reserva Federal.

Los mercados también han entrado en un estado de relativa complacencia.

Consolados con la noción de “opción banco central”, muchos inversionistas han estado dispuestos a “revisar” las políticas económicas en desequilibrio de países, así como la severa polarización política que ahora predomina en algunos de ellos. El resultado son riesgos financieros que exceden lo que estaría estrictamente garantizado por fundamentos subyacentes –un fenómeno que se ha agravado por la naturaleza de corto plazo de las estructuras de incentivos y las oportunidades lucrativas de mercado que hasta ahora habían sido posibles gracias a la  confianza de bancos centrales debido a generosas condiciones de liquidez.

En contraste, compañías no financieras parecen tomar más sensiblemente el papel del banco central. Sin duda, la mística de los bancos centrales, los instrumentos enigmáticos de política y el acceso prácticamente ilimitado a la impresión de dinero cautivaron a varios. Otros, en particular los corporativos grandes son más escépticos. Como dudan de la sostenibilidad a varios años de la actual política económica, están deteniendo inversiones de largo plazo y en cambio eligen un mayor aseguramiento.

Por supuesto, todos los problemas desaparecerían rápidamente si los bancos centrales lograran ofrecer una recuperación económica durable: rápido crecimiento sostenido, amplia creación de empleos, condiciones financieras estables y una prosperidad más incluyente. Sin embargo, los bancos centrales no pueden solos. Sus medidas inevitablemente imperfectas tienen que estar complementadas con acciones integrales y oportunas de otras instancias de toma de decisión –y eso, a su vez, requiere de paradigmas políticos nacionales, regionales y globales mucho más constructivos.

Al verse empujados a tomar una posición inhabitual de predominio en el diseño de políticas, bancos centrales –y aquellos que se han hecho dependientes de su política ultra activista de toma de decisiones– harían bien en escuchar los consejos de lo que está por venir y qué hacer ahora para minimizar los riesgos asociados. Vistas las tendencias actuales, el prestigio de los bancos centrales dependerá cada vez más de los agentes externos –políticos en conflicto, otras instancias de toma de decisiones (menos receptivas) y mercados que han sobrestimado el poder de las autoridades monetarias.

Empujados a adoptar una posición nada envidiable, la imagen ante la sociedad de bancos centrales de países avanzados no es lo único que está en riesgo. También, su independencia política y la credibilidad duramente ganada, que es necesaria para influenciar en la conducta del sector privado. A nadie le conviene la caída de estas instituciones cruciales.

Mohamed A. El-Erian is CEO and co-Chief Investment Officer of the global investment company PIMCO, with approximately $2 trillion in assets under management. He previously worked at the International Monetary Fund and the Harvard Management Company, the entity that manages Harvard University’s endowment. He was named one of Foreign Policy’s Top 100 Global Thinkers in 2009, 2010, 2011, and 2012. His book When Markets Collide was the Financial Times/Goldman Sachs Book of the Year and was named a best book of 2008 by The Economist .Traducción de Kena Nequiz.

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