El futuro retrocede en América Latina

El colapso en directo de la sociedad venezolana y la economía argentina, el carnaval electoral en Brasil, la guerrilla inextinguible en Colombia, el retorno del despotismo en Nicaragua, el comunismo que nunca termina en Cuba, los conflictos étnicos en Guatemala y otros que olvido; estas desventuras de la actualidad inmediata se inscriben en una larga historia. Latinoamérica, desde la independencia de las naciones que la componen, no ha dejado de ser el laboratorio de todos los sistemas políticos y económicos posibles, el campo de experimentación de todas las ideologías, desde las más racionales hasta las más letales. Ya en el siglo XIX, este continente estaba «por delante» de Europa, con una innovación modernista, buscando el progreso por todos los medios. ¿Liberalismo? Ya lo hubo en Argentina en la década de 1850, mejor representado por Sarmiento y Alberdi de lo que lo estaba en ese momento en España o en Francia. ¿El despotismo ilustrado? Porfirio Díaz lo encarna para Brasil desde 1876 y otro tanto ocurre con la dictadura militar de la década de 1970. ¿Una dictadura de derechas que apela al capitalismo? Augusto Pinochet en Chile, por supuesto, pero también Alberto Fujimori en Perú, o Alfredo Stroessner en Paraguay. ¿Una dictadura izquierdista hostil al mercado?

El futuro retrocede en América LatinaEn un siglo, tenemos de sobra donde elegir, entre Venezuela, Ecuador y Uruguay. ¿Una revolución bolchevique? La de México, que comienza en 1911, es casi contemporánea a la de la Unión Soviética y muy anterior a la dictadura de Fidel Castro. ¿El maoísmo? Sendero Luminoso lo encarna en Perú. En Venezuela, en este momento, Nicolás Maduro está en la línea de Putin, pero un paso por delante: su Gobierno destruye sistemática y lúcidamente la sociedad civil y cualquier empresa privada, de forma que lo único que subsista sea el Estado mafioso enriquecido por los ingresos petroleros. Maduro es un pionero del despotismo petrolero, mientras que otros balbucean: Daniel Ortega repite la dictadura de Somoza después de haber apelado a Sandino, el liberador, y Mauricio Macri copia al Carlos Menem de 1990 haciendo alarde de liberalismo, pero es tan incapaz como él de contener la mala gestión del Estado y las provincias de Argentina. Y como suele ocurrir, Chile salva el honor del continente gracias a una élite política racional y auténticamente democrática.

Otra característica extravagante de Latinoamérica, sobre todo si la comparamos con Europa, es la divergencia de las naciones. En Europa, las naciones antiguas, muy diferentes entre sí desde hace siglos, están llegando gradualmente a un acuerdo sobre el mejor régimen posible, la democracia liberal al por mayor y la cooperación; en Europa, todos aprenden más o menos de los otros. En Latinoamérica, a pesar de que las naciones son recientes, surgidas de una distribución aleatoria entre caudillos, síndicos de quiebra de las colonizaciones española y portuguesa, cada uno cultiva su singularidad, no aprende nada del vecino y los intercambios son prácticamente inexistentes. Sin duda, este culto narcisista a la singularidad nacional se explica precisamente por el carácter reciente e improvisado de estas naciones latinoamericanas.

¿Encontraremos una explicación histórica, cultural o de otro tipo, al delirio experimental de estos regímenes políticos? Se me ocurre una hipótesis: el continente, colonizado y posteriormente descolonizado, era una tabula rasa, la gente era maleable, no tenía memoria del pasado, lenguaje o religión, y tampoco una cultura de larga duración. Todo estaba por construir y la imaginación de las nuevas élites, militares, eclesiásticas y económicas, todas llegadas de Europa, no estaba constreñida por ningún límite histórico. Los primeros en dar rienda suelta a su imaginación en estos pueblos de arcilla fueron sin duda los jesuitas de Paraguay, que en sus misiones inventaron la forma primitiva del socialismo utópico, con las mejores intenciones del mundo, porque estas misiones, como todos los demás experimentos políticos tatuados en la piel de los conejillos de Indias de Latinoamérica, apelaban al progreso. En cualquier caso, se trata de alcanzar, incluso sobrepasar, a Europa: en este sentido, el lema de Brasil, Orden y Progreso, tomado del filósofo francés Auguste Comte, podría ser la bandera de todo el continente. Pero sin lograr nunca los resultados esperados. Estas naciones, como se dice irónicamente en Brasil, «son países de futuro y lo seguirán siendo». Una vez más: ¿por qué? Sin duda porque las élites políticas, exceptuando a las de Chile, Uruguay y Colombia, adoptaron una mentalidad depredadora, heredada de los colonizadores a los que reemplazaron. A menudo se añade un desprecio racista de las élites blancas hacia los indios, negros y mestizos; este es el gran secreto del continente, el esqueleto en el armario. Esto, por extensión, incita a los proletarios de sangre impura a elegir la violencia revolucionaria.

Me objetarán mil contraejemplos, me reprocharán que mezclo pueblos y épocas. Sin duda. Yo solo propongo hipótesis, no certezas. Pero a pesar de haber vagado durante cuarenta años por estas naciones que amo profundamente, sigo asombrado por el rechazo dominante, local, a preguntarse por las razones profundas tanto de los fracasos como de los éxitos.

Guy Sorman

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