El futuro sureño de Europa

La crisis económica ahora ha alcanzado a ambas orillas del Mediterráneo, y el riesgo de una depresión duradera ha llegado a ser muy real. Las políticas de austeridad en Europa amenazan con ser contraproducentes, causando daño permanente a las perspectivas de crecimiento y por lo tanto, avivando el desempleo y los déficits presupuestarios. Y, los países del sur del Mediterráneo no pueden tener esperanzas de conseguir suplir en América y Asia las oportunidades e inversiones que están perdiendo en Europa, con certeza no en el corto plazo.

En estas circunstancias – y especialmente en vista de la agitación política en los países del sur del Mediterráneo – relanzar el proceso euro-mediterráneo, y colocarlo sobre una nueva base beneficiaría a ambas partes.

El proceso de Barcelona, que Jacques Delors inició en 1995 en su calidad de presidente de la Comisión Europea, tuvo sus méritos, pero no cumplió con las expectativas que creó. En 2005, en el 10º aniversario de su lanzamiento, me uní a dirigentes políticos de ambos lados del Mediterráneo para pedir una reformulación de la asociación a través de la creación de una comunidad euro-mediterránea.

Tal comunidad se ha convertido en una necesidad urgente. Europa tiene tecnología y proporciona un marco seguro para la inversión, pero es el sur del Mediterráneo el que progresivamente puede apuntar hacia un fuerte crecimiento económico. Europa tiene una población que envejece y perderá 20 millones de personas hasta el 2030, mientras que el sur del Mediterráneo tiene una población joven y dinámica que desesperadamente necesita oportunidades de trabajo.

La UE importa actualmente la mitad de su suministro de energía – en 20 años, el porcentaje de energía importada será del 70%. Sin embargo, en el cercano sur, los recursos energéticos y materias primas son abundantes. Una comunidad europea de energía podría acelerar la transición de Europa hacia bajas emisiones de carbono y estimular el desarrollo de energías renovables. También, con el tiempo, podría conducir hacia una comunidad de energía euro-mediterránea – una de las propuestas realizadas por la Comisión Europea a principios de este año.

Estas complementariedades tienen un gran potencial para ambas partes. Un retorno al crecimiento económico es esencial para Europa, continente que necesita conseguir nuevos flujos de inversión. Los flujos Norte-Sur ya son extremadamente bajos, recibiendo los países del Mediterráneo oriental y meridional sólo el 3% de la inversión extranjera directa mundial.

Para impulsar la inversión en ambas direcciones, debe crearse una zona de estabilidad monetaria. Un sistema monetario euro-mediterráneo evitaría la discrepancia entre el comercio denominado en euros y el comercio denominado en dólares – de hecho, no debe descartarse una eventual expansión de la zona euro. También se necesita un marco jurídico confiable para las exportaciones e inversiones, y un banco de desarrollo direccionado ayudaría a crear un entorno financiero favorable a la inversión.

El redespliegue industrial también podría ser la respuesta a la tercerización que llevan a cabo las empresas europeas, por lo que necesitamos construir una estructura euro-mediterránea integrada que fomente la movilidad industrial, agrícola, energética y laboral. Europa Central y Oriental se constituyen en un ejemplo digno de estudiar de cerca: en colaboración con Alemania, estos países desarrollaron y fortalecieron sectores industriales de alto valor agregado.

Al mismo tiempo, la movilidad de los puestos de trabajo debe sustituir la migración no deseada. La movilidad de estudiantes y profesores debe ir acompañada de una mejorada movilidad laboral para ambos, tanto para trabajadores europeos como africanos. Europa podría financiar más y mejor capacitación para ayudar a satisfacer su propia escasez de trabajadores, mientras que los países africanos tendrían la capacidad de dar empleo a sus jóvenes. Y, una versión euro-mediterránea y euro-africano del programa de intercambio estudiantil Erasmus no sólo atraería a estudiantes de África a Europa, también aumentaría el interés de los estudiantes europeos en el desarrollo del Mediterráneo del sur y del África.

Hasta el 2050, Europa y África juntas tendrán 2,5 millardos de personas, una cuarta parte de la población mundial. Con tanto potencial humano, será posible construir sobre la base de las fortalezas económicas, sociales y ecológicas comunes. Una gran agrupación regional Norte-Sur de este tipo podría negociar con instituciones internacionales – en particular con la Organización Mundial del Comercio – desde una posición más fuerte, y así preservar su propio modelo de desarrollo, un modelo basado en la proximidad, la complementariedad y la solidaridad.

El comercio justo y el reparto del valor agregado deben reemplazar a los desequilibrios del libre comercio y a la exportación de materias primas sin procesar. El comercio internacional debe estimular una elevación de los estándares sociales y ambientales, lo que requiere de un sistema multilateral euro-mediterráneo. Este, a su vez, presupone la existencia de un “mercado común” en el norte del África – y por lo tanto una rápida resolución del conflicto entre Argelia y Marruecos, que ha estado frenando el desarrollo de ambos países (así como aquel de Túnez y Mauritania).

Una Unión Euro-Mediterránea que conduzca a una Unión Euro-Africana podría abrir el camino para un desarrollo mutuo equilibrado. Como Europa sabe, construir una zona económica y socialmente integrada ofrece la mejor oportunidad para resolver los conflictos y superar los antagonismos políticos y culturales. Sin embargo, todos los socios primero deben poner sus propias casas en orden: Europa debe fortalecer su integración económica y política, y África debe mejorar su sistema de gestión pública mediante la lucha contra la corrupción y el establecimiento más firme del imperio de la ley

Asia gira alrededor de la ASEAN, y las Américas alrededor del TLC y el Mercosur. Europa, también, tiene que ayudar a organizar una región hemisférica de gran tamaño. La construcción de un futuro conjunto para Europa y África, empezando por la costa mediterránea, será difícil, pero esto no es motivo para que se retrase. De hecho, una unión Euro-Mediterránea y luego una unión Euro-Africana bien pueden constituirse en el único proyecto político capaz de prevenir la dominación global por parte de un G-2 compuesto por los Estados Unidos y China.

Elisabeth Guigou fue ministra de Asuntos Europeos, ministra de Justicia, y ministra de Trabajo de Francia, y es vicepresidenta de la Asamblea Nacional de Francia y miembro de la Comisión de Asuntos Exteriores y de la Delegación ante la UE de dicha asamblea. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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