El general Mizzián, el ‘Ejército moro’ y la Guerra Civil

Por Alí Lmrabet, periodista y Premio Columnistas de EL MUNDO. Permaneció varios meses en cárceles marroquíes por denunciar las injusticias del régimen y es natural de la región del Rif (EL MUNDO, 24/06/06):

De tanto defender a bombo y platillo las relaciones con Marruecos, ensalzando exageradamente a la vecina autocracia, Miguel Angel Moratinos ha terminado tropezando sobre un tema que sigue muy vivo en la memoria colectiva de los españoles: la Guerra Civil. La justificación por el ministro de Asuntos Exteriores de la asistencia de su embajador en Rabat, Luis Planas -acompañado por dos generales y un alto directivo responsable de la Cooperación española- a un acto de homenaje a Mohamed Mizzián, un general musulmán franquista que se sublevó contra la República en 1936, ha provocado no sólo la ira de los partidos de izquierda en el Congreso de los Diputados, sino también la incomprensión y la irritación en las filas socialistas.

Para Moratinos, que ejerce en un Gabinete cuyo presidente se define como un rojo, es realmente interesante observar cómo intenta justificar ante correligionarios y aliados la presencia de su representante en el acto de recuerdo a un eficiente y probado matarrojos durante la Guerra Civil.

Según las últimas noticias, las formaciones de izquierda representadas en el Congreso -incluido un PSOE abanderado por la diputada socialista y presidenta de la Comisión de Interior, Carmen Hermosín- siguen exigiendo explicaciones. Y el martes pasado, según fuentes fidedignas, la secretaria de Estado de Cooperación Internacional, Leire Pajín, habría anunciado en el Parlamento que el coordinador de la cooperación española en Rabat, Vicente Sellés, ha sido «reprendido» por haber asistido al polémico acto.

Y es que según los últimos hallazgos (pero, ¿quién desconocía en realidad esta faceta del personaje?), Mizzián no fue tan solo el ejemplo del matarrojos sin piedad. Fue también, en mucha mayor escala y para desgracia de sus gentes, un matamoros. Durante la Guerra del Rif (1921-1927), el hombre con el que llegó el escándalo estuvo en el mismo bando que los que sembraron un gas mortífero a lo largo del Rif y de Yebala. Y entre 1958 y 1959, como mariscal del nuevo Ejército jerifiano, permitió que pueblos y aldeas, algunas de su propia tribu, volvieran a ser quemadas y barridas de la faz de la tierra por el napalm vertido desde el cielo por el entonces príncipe heredero del Trono alauí (el futuro Hassan II) y el general Mohamed Ufkir.

Dicho esto, para que no haya ninguna duda sobre la nocividad del personaje tanto con los españoles como con sus propios compatriotas, es ya tiempo de aclarar algunos datos sobre la Guerra Civil, y especialmente sobre la participación de los marroquíes en aquel conflicto. En este Año de la Memoria Histórica y de conmemoración de las víctimas del franquismo, persevera la creencia popular de que 80.000 marroquíes (según los datos aportados por el historiador militar José María Gárate Córdoba) habrían venido a España por simpatía o abnegación por los sublevados o atraídos por una inclinación natural hacia el robo, el asesinato o la violación. Si en 1936 este juicio podía resultar lógico entre poblaciones invadidas por un Ejército enemigo, y que nunca habían visto a un marroquí (cada uno de los cuales recibía el apodo de el moro Juan, es decir una suerte de Don Juan violador de doncellas), es deprimente constatar que en algunos recientes artículos de publicaciones serias persistan estas secuelas de ese imaginario popular.

No se trata de defender la actuación de entonces de los marroquíes, pero tampoco hay que exagerarla. Se cometen atrocidades en todas las guerras. Las hubo, y numerosísimas por parte del bando republicano. Cuando, por ejemplo, en 1937, llegó a Madrid la noticia de que El Campesino (Valentín González) había fusilado de un golpe a 400 prisioneros moros, Manuel Azaña exclamó: «Si aquello era la nueva España. Por el contrario, era preferible la España vieja». Hasta en la actual Guerra de Irak, llevada a cabo por un país que se sitúa a sí mismo en el bando de los civilizados, se cometen regularmente asesinatos de mujeres, niños y ancianos a manos de los que aseguran que traen la democracia en sus carros de combate.

La pregunta fundamental es ¿quiénes eran Los moros que trajo Franco, título de un libro de la historiadora María Rosa de Madariaga, y de dónde provenían ? Y no hay 1.000 respuestas. El Marruecos del norte de donde partieron en 1936 aquellas cohortes de combatientes no formaba parte de un Estado libre e independiente. Entonces, el país alauí se encontraba bajo el régimen del Protectorado, es decir, estaba ocupado y dividido en dos zonas de influencia (así como Tánger tenía estatus de ciudad internacional) administradas por dos potencias extranjeras: Francia al sur y España al norte. Oficialmente, la misión de esas potencias era aportar la civilización al atrasado Imperio jerifiano.

La parte española de aquella colonización que no decía su nombre era controlada por miles de interventores militares, y éstos a su vez dependían de un puñado de militares españoles llamados africanistas, cuya principal obsesión era curarse del trauma y de la humillación que había supuesto para generaciones de uniformados la pérdida de las últimas colonias de ultramar en 1898.

Es allí, en las montañas pobres y áridas del Rif y de Yebala, increíble vivero de gente de guerra que malvivía golpeada por hambrunas cíclicas, donde los civilizadores españoles fueron a buscar carne de cañón para sus convulsiones peninsulares. Y contrariamente a la leyenda y al mito, no fueron los sublevados de julio de 1936 los que utilizaron por primera vez esa mano de obra barata y letal.

El 10 de agosto de 1932, el ministro de la Guerra, un tal Manuel Azaña, futuro presidente de la República, ordenó el traslado a la Península de dos tabores (batallones) y un escuadrón de tropa marroquí para reprimir la sublevación del general Sanjurjo alzado en armas contra el Gobierno de la República. Aunque aquella tropa no llegó a desembarcar porque para entonces el militar sublevado ya se había rendido, lo cierto es que los próceres de la República no dudaron en llamar a los marroquíes, que arrastraban una reputación de temible eficacia en el campo de batalla, para reprimir un alzamiento militar. Lo mismo ocurrió en 1934 bajo el Gobierno de Alejandro Lerroux, cuando la República en apuros mandó traer de Marruecos a los regulares moros para sofocar el llamado Octubre rojo asturiano. Esta vez los marroquíes, mandados por Franco, sí que desembarcaron en Gijón e hicieron el trabajo sucio que las unidades normales del Ejército habían sido incapaces de hacer.

Es indiscutible que, frente a los mineros asturianos, los marroquíes tuvieron una actuación tremenda, aplicando en el norte de España unos métodos de guerra desconocidos allí. Pero se suele olvidar que la expedición se montó para, oficialmente, «salvar la República». Naturalmente es fácil hoy argumentar que la República de 1931 o la del Frente Popular de 1936 no eran la misma que la de 1934, gobernada entonces por la derecha, ¿pero acaso estos galimatías políticos eran entendidos y comprendidaos por los pueblos embrutecidos por la colonización? Para los marroquíes no había ninguna diferencia entre la Monarquía de Alfonso XIII, la Dictadura de Primo de Rivera o la República de Niceto Alcalá Zamora. Todos eran ocupantes.

Además, todo lo que simbolizó una nueva España a la llegada de la República en 1931, no tuvo ninguna repercusión sobre la situación colonial de los marroquíes. Y qué decir de la situación social y económica. La República, como la Monarquía antes, continuó considerando al país vecino como un simple apéndice, un trozo de terreno cedido por las potencias extranjeras en la Conferencia de Algeciras de 1906.

Los archivos españoles, y especialmente el de Alcalá de Henares, están repletos de documentos y de transcripciones de reuniones entre españoles y nacionalistas marroquíes donde sobresale la reivindicación marroquí pidiendo la independencia. A todas estas súplicas, algunas realmente desesperadas, la República hizo oídos sordos. Parece que los gobernantes republicanos, ignorando sus promesas de desprenderse del lastre marroquí hechas cuando ocupaban los bancos de la oposición en el Congreso, argüían que no querían quebrar la legalidad internacional otorgando unilateralmente la independencia al norte de Marruecos. No se atrevieron a irritar a Francia que ocupaba la otra mitad de Marruecos, y que al fin y al cabo termino abandonándoles sin demasiado remordimiento durante la Guerra Civil.

Es fácil pues hoy hablar de moritos violadores y de invasión moruna, pero la verdad es que en 1932 y en 1934, como lo hemos señalado, la República no dudó ni un segundo en llamar a la tropa mora para defenderse. Y en 1936, si lo hubiera podido, habría utilizado, de la misma manera que lo hicieron los franquistas, esa «morisma salvaje [y] borracha de sensualidad», como decía Dolores Ibarruri, La Pasionaria, para otra vez salvar la República.

Los vencidos nunca tienen la razón. Los supuestos vencedores marroquíes de la Guerra Civil tampoco la tuvieron. Por ser indígenas, sujetos colonizados y vulgar brazo secular de los franquistas en una guerra ajena.

La Historia no se rescribe, pero es instructivo conocerla en sus menores detalles.