El gesto y la palabra de un Rey

En el mes de mayo de 2010, la Real Academia de Medicina de Cantabria honró la memoria del doctor Marañón (1887-1960) al conmemorarse ese año el 50 aniversario de su fallecimiento. El enunciado «Gregorio Marañón: Santander, su pluma, su palabra» fue el marco de aquella sesión presidida por el profesor don Fernando del Val -presidente de la Academia-, acompañado por el profesor López Vega, director de la Fundación Marañón por aquellas fechas.

Tanto como clínico como maestro, Marañón ha sido un excelente profesional de la medicina, y el impacto de su obra ha llegado a muchas generaciones de profesionales tanto de las artes como de las ciencias. Nada menos que cinco Reales Academias le abrieron sus puertas: Medicina (1922), Academia Española (1933), Historia (1934), Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (1947) y Bellas Artes (1953). Todo un honor: decir Marañón, lo decía todo. Sus enseñanzas, en esos períodos del pasado siglo marcados por el antes y el después de una cruenta guerra que convulsionó la vida de los españoles, trascendieron más allá de lo que personifican en su discurrir vital dos coordenadas: el humanismo y la libertad. Marañón, un liberal sin etiquetas, y como él mismo definía: «ser liberal es una conducta, un instinto», todo lo dejó escrito y bien escrito, con sus aciertos y sus errores, que también los tuvo, pero de lo uno y de lo otro aprendió y enseñó.

Aunque solo han transcurrido diez años desde la fecha de aquel homenaje, las circunstancias sociales y políticas que vivimos, a las que se añaden las económicas derivadas de la pandemia que nos sacude, parecen distanciarnos de nuestro reciente pasado. La visión sesgada de los personajes y los hechos históricos están precipitando hacia el olvido y deformando la realidad del ayer, en lugar de ser la fuente de nuestro aprendizaje para no recaer en los mismos fallos, y un impulso para potenciar los éxitos alcanzados por las generaciones que nos precedieron. George Santayana (1863-1952), pragmático, discípulo de William James (1842-1910), en «La vida de la Razón», formula y mantiene con toda su vigencia este célebre aforismo: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». En términos más o menos parecidos había sido enunciado, entre otros, por Cicerón y Menéndez Pelayo. No hay nada nuevo; y así funcionamos para lo bueno y para lo malo. ¿Acaso la verdad pragmática puede quedar oculta por una falsedad utilitaria?

Ahora, como nunca, hablamos de memoria en la prensa, en la radio, y cómo no en las tertulias de las cadenas de televisión. La turbia visión de algunos políticos, no exenta de revanchismo, y la ceguera e inoperancia culpable de otros, persigue someter bajo una legislación tendenciosa la memoria de nuestra historia y hasta de la democracia que hemos alcanzado con la Constitución de 1978. Bajo un Gobierno débil, sostenido por comunistas y separatistas, se están cuestionando principios básicos de nuestra convivencia: la unidad de la nación española y la monarquía constitucional; y hasta son miembros del propio Gobierno quienes atacan impunemente la figura del monarca reinante. ¿No evocan estas inauditas conductas las experiencias vividas por la generación de don Gregorio en torno a los años treinta del pasado siglo?

En Madrid, hace unos días, Don Felipe inauguró las nuevas instalaciones de la Fundación Ortega-Marañón. Sus palabras recordaron a estas dos grandes figuras del pasado siglo unidas por el destino en su pasión por España. Ambos, Ortega y Gasset (1883-1955) en su ansia vertebradora de una nación desgarrada y Marañón, liberal instintivo, -«partero de la República»-, vivieron la gran decepción y la tragedia de aquella República que los llevó al exilio ante el riesgo de ser condenados por el sectarismo de unos tribunales populares sovietizados. No fue posible, no era aquella barbarie la España culta y democrática que ansiaban. «Sin cultura -manifestó el Rey- no es posible el progreso profundo de una sociedad sin caer en la degradación o la decadencia». Me remito de nuevo a Santayana y sigamos leyendo las páginas aún vivas de Ortega y Marañón, porque «en cultura -también dijo Don Felipe- hay que sumar y no restar. Pues con este acto sumamos pensamiento, formación y cultura al presente de la Nación».

En las circunstancias actuales, las palabras del Rey en la Fundación Ortega-Marañón han sido toda una lección de serenidad, convivencia y democracia. No perdamos la esperanza; ni Ortega, ni Marañón, ni otros muchos intelectuales aun de ideas confrontadas la malograron. Mientras releía lo que había escrito, recordé «Psicología del gesto», uno de esos ensayos breves e impactantes de don Gregorio. Ese gesto -noble y generoso-, la presencia de Don Felipe, y quizás aún más que mil palabras, el servicio honesto de un príncipe y su entrega -Erasmus dixit-, son hoy la mayor garantía de libertad y de esperanza para su pueblo.

Juan José Fernández Teijeiro es académico de la Real de Medicina de Cantabria.

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