El Gobierno de la frustración

Partamos del supuesto de identificar, según los resultados de las generales de 2011, cuatro tipos de votantes del Partido Popular divididos en dos grupos: los recién llegados y los que muestran mayor fidelidad a sus siglas. Entre los primeros encontramos los de ida y vuelta, electores pendulares que votaban indistintamente a PSOE o PP, solían decantarse por el que estaba en la oposición, les costaba al menos una elección intermedia cambiar su apuesta, reaccionan a los errores de los gobiernos y tiran de ellos hacia el centro. Denominamos a este tipo el votante mediano, indispensable hasta ahora para ganar las elecciones.

Al PP llegaron también otros electores nuevos. Los trajo la crisis; fueron los más seriamente damnificados por el estallido de una burbuja que no era sólo hipotecaria y que el Estado hinchó todo lo que pudo, jaleado por una sociedad narcotizada e instalada en el derecho al gasto. Se sintieron expulsados de la izquierda y acudieron al PP por necesidad, con impaciencia y como último asidero. El Gobierno no podía hacer nada por mantenerlos en el futuro entre sus filas. Lo que no previó es que la sangría comenzara tan pronto.

El Gobierno de la frustraciónEntre los votantes fieles, las líneas de separación son más difusas, sobre todo porque la división se imbrica con el mapa de perfiles ideológicos que aglutina el partido. Por un lado localizamos a los predispuestos o inclinados. En un sistema binomial de partidos, sólo dudan, en su caso, entre abstenerse o votar por la formación que sienten más próxima. Simplifiquemos mucho e incluyamos en este vector a liberales y, sobre todo, clases medias sensibles a las subidas de impuestos y que juzgarán al Gobierno por su gestión económica. Además evalúan en cada mandato la calidad de la democracia. Tienen mucho en común con el primer grupo, pero gravitan en torno a la órbita de la fuerza con la que se identifican. El cuarto grupo comprende la guardia pretoriana: los irreductibles. Son mayoritariamente conservadores y guardan las esencias de los valores tradicionales de la derecha.

El Partido Popular creyó que desatender las demandas de los más fieles no tendría repercusiones serias. Ignoró que las sociedades son más dinámicas que sus estructuras. Los principios, valores e ideas no desaparecen por el hecho de que el partido destinado a defenderlas haga dejación de funciones. La sociedad articula, más rápida o lentamente, nuevos mecanismos para su defensa. Dicho esto, fue un error de cálculo y mostró una visión cortoplacista disparar contra Ciudadanos. Las negociaciones postelectorales han constatado la utilidad de un partido responsable, crítico, solidario y español que apenas muestra algunos tics de los complejos de los que carecía cuando emergió. Gracias a Ciudadanos el sistema mantiene parte de su legitimidad, malherida después de los mal llamados pactos postelectorales tras el 24-M. Se ha abierto otro boquete en la calidad de la democracia española y Ciudadanos al menos contribuye a achicar el agua sujetando al partido que gana las elecciones.

Pues bien, el Gobierno ha conseguido el prodigio de irritar con suma celeridad a los cuatro grupos de electores. En sólo dos años dilapidó su caudal de confianza. Lo imposible es poner de acuerdo a todos sobre las razones. Por ejemplo, los del segundo grupo y parte del primero dirán que ha abusado de la mayoría absoluta; mientras que parte de los del tercero y casi todo el cuarto creerán que la ha desperdiciado y ha pasado por ella de puntillas. Aun siendo un asunto realmente sustancial, hoy, este análisis carece de sentido, pues el próximo otoño no se le evaluará por las leyes aprobadas. El balance tendrá un carácter genérico, simplificador y emotivo: una vez que renunció a explicar –entre otras cosas, que legisló para detener desahucios–, sólo imperará la percepción y el estado de ánimo. Y mientras el Gobierno cumple sus objetivos económicos, la oposición cumple sus propósitos políticos.

Se habla mucho de las carencias comunicativas del Gobierno, pero el problema es más grave. No es que no sepa comunicar lo que hace, sino que a estas alturas no ofrece nada que comunicar –pues no expuso un cronograma de su plan–. Por si fuera poco, no hace aquello que no va a saber explicar. Aquí se halla, a la postre, la raíz del error. Cuando trata de desarrollar sus propuestas emplea siempre el marco de referencia impuesto por la izquierda, con sus enfoques, imágenes, orientaciones y atributos.

El PP padece una disonancia cognitiva, la incomodidad generada por la desarmonía de comportarse de manera distinta a como piensa. La disonancia cognitiva es letal porque provoca una fuga de apoyos de todas sus bolsas, además de desorientar a las bases. El PP es víctima de sí mismo, dándose la paradoja de que el partido más votado no encaja en la inmensa pantalla sobre la que se proyecta la realidad. Así, su mayoría parece siempre accidental. Por tanto, su hercúlea tarea consiste en reivindicarse a sí mismo; y el afán del partido ha de ser proteger a sus votantes y ofrecerles argumentos. La orfandad y la indefensión es sumamente dolorosa para quienes confían en una institución.

Tanto el partido como el Gobierno han tenido dos impedimentos para reivindicarse: la corrupción –que neutraliza cualquier empeño y mensaje- y el liderazgo –en absoluto proactivo–. Sostiene el profesor Buesa que la corrupción no hace mella sobre el voto. Sin embargo, en una coctelera en la que se agite junto con la subida de impuestos, la amnistía fiscal, los recortes, la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias y la pauperización del conjunto de la sociedad, la corrupción no sólo desgasta sino que se gangrenan todos los tejidos, inhabilitando todo el cuerpo. La corrupción es el gozne con el que se abren todas las puertas. Y en el caso del PP no es de reparto sino intransferible. La corrupción compromete los apoyos de votantes pendulares e inclinados, que ahora disponen de opciones alternativas para no refugiarse necesariamente en la abstención.

En cuanto al liderazgo, el presidente fio toda su suerte a la recuperación del empleo. La Legislatura tiene un punto de inflexión: en la primavera de 2012 el Gobierno renunció a pedir el rescate a Bruselas y redujo su programa a un único punto. Al aceptar que el convoy pasaba por el saneamiento del sistema bancario, asumió responsablemente el coste psicosocial asociado: de orden de prioridades, complejidad a la hora de explicarlo y de dilatación en el tiempo de la recuperación. A la vez, se dedicó a contener a la calle y a sus propios barones, de modo que tampoco redujo drásticamente el aparato político, el gasto ni la deuda.

IGUALque desde el comienzo el Gobierno debió insistir en que necesitaría dos legislaturas, ante la envergadura del desafío –que no ha sido suficientemente reconocido–, Rajoy pudo admitir que, previendo la erosión de su liderazgo, sería presidente de un solo mandato, limitado a mantener el Estado del Bienestar, ya que como buen conservador, es un perfecto socialdemócrata. Su sucesor en el partido tendría que completar el programa político y regenerador. Más aún, ambas versiones fueron durante un tiempo compatibles.

Por último, se dice con natural desenvoltura que los tiempos han cambiado y que requieren una nueva forma de hacer política. Sin embargo, los aires dominantes de la nueva política parece que traen más cosmética, ilusión participativa y rancia ideología que gestión de recursos, representación y cultura de la legalidad. O sea, que la nueva democracia que viene resulta más atractiva que la vieja que se va, deteriorada y ajada por los partidos tradicionales. Permítanme que dude de lo mollar del argumento. Bien, ellos se lo han buscado y deben purgar sus pecados, pero en el fondo, las transformaciones socioeconómicas (cambios demográficos y la secuencia opulencia-crisis) y tecnológicas (con la consecuente desestructuración y fácil diseminación de la información, horizontalidad, simplificación, debilitamiento de jerarquías y satisfacción inmediata y sin coste de demandas) han promovido y afianzado una cultura política larvada durante más de un siglo y blanqueada por los biempensantes en los últimos 35 años, caracterizada por su sesgo antiliberal, estatalismo desaforado, desprecio por el pluralismo, burla de la meritocracia, igualitarismo rampante y propensión al espectáculo, el exhibicionismo y la efebocracia.

El PP ha interiorizado que es un partido de gestión. Lastrado por la corrupción orgánica y autonómica y los vicios del modelo territorial, un Gobierno honesto y esforzado se encuentra maniatado. El horizonte es tan complejo para el partido como para más de cuatro millones de sus frustrados votantes, que pronto decidirán si el PP es la mejor opción para defender la vida, la ley, la propiedad y la libertad. No basta con que se les atemorice con los fantasmas que recorren las instituciones, sino que abanderen con convicción aquello en lo que callan creer. Quizás para eso se necesiten dos generaciones de políticos que no piensen sólo en la elección y el despacho siguiente.

Javier Redondo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid.

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