El gobierno de la India se ofende fácil

El gobierno de la India se ofende fácil
Drew Angerer/Getty Images

El gobierno del primer ministro indio Narendra Modi siempre ha sido muy sensible a la opinión del mundo, en parte porque Modi en persona ansía la aprobación externa. Al gobernante Partido Popular Indio (Bharatiya Janata Party) le gusta afirmar que desde que Modi está en el cargo, la India recibe más distinciones internacionales que bajo sus predecesores. Pero en tres casos recientes, la atención dada al país no fue muy halagüeña (y el gobierno del BJP respondió como un adolescente quisquilloso).

El último incidente comenzó cuando la BBC transmitió un documental titulado «India: la cuestión Modi», que explora la culpabilidad del primer ministro por los disturbios antimusulmanes que tuvieron lugar en Guyarat en 2002 y resultaron en la muerte de más de mil personas. Con su respuesta, el gobierno se ha mostrado extremadamente belicoso (y a la defensiva).

Ansiosos de proteger a Modi contra las acusaciones, ministros y funcionarios intentaron desacreditar a la BBC e insinuaron que el documental tenía motivaciones políticas y buscaba dañar la imagen de la India justo al asumir esta la presidencia rotativa del G20. El vocero del Ministerio de Asuntos Exteriores, Arindam Bagchi, criticó el informe diciendo que era «un artículo de propaganda diseñado para promover una narrativa particular desacreditada».

Además, el gobierno intentó limitar la difusión del material dentro de la India, para lo cual ordenó a Twitter borrar menciones al documental y a YouTube eliminar copias del video. Y tampoco se privó de la represalia mezquina. Las autoridades llevaron adelante una inspección impositiva de las oficinas de la BBC en Nueva Delhi y Bombay, en la que confiscaron teléfonos y laptops, en un episodio que todos ven como un intento más de asfixiar la libertad de prensa.

Otra reacción igual de exagerada se produjo en noviembre del año pasado, cuando el cineasta israelí Nadav Lapid criticó la película «Los archivos de Cachemira», una cinta controvertida y apoyada por el BJP, que narra la historia ficticia de un joven que descubre que sus padres, cachemires hindúes, murieron a manos de insurgentes islamistas. Lapid, presidente del jurado en el Festival de Cine Internacional de la India, manifestó su desconcierto por el hecho de que en un festival de prestigio se proyectara una obra de «propaganda» tan «vulgar», de la que dijo que no estaba a la altura de «la riqueza cinematográfica, la diversidad y la complejidad» de las otras películas en competencia.

Fue un juicio artístico y estético que Lapid tenía todo el derecho de hacer. Pero el gobierno de Modi y sus defensores reaccionaron y acusaron falsamente a Lapid de disminuir el sufrimiento de la comunidad pandit de Cachemira (los hindúes expulsados y asesinados por terroristas islamistas). También presionaron al embajador israelí para que denunciara a Lapid, y reemplazaron al director del organismo encargado del festival que había tenido la desgraciada idea de invitar al cineasta a formar parte del jurado. No hace falta decir que es difícil que Lapid vuelva a recibir visado (por no hablar de invitación) para visitar la India mientras el BJP permanezca en el poder.

Y un ejemplo más de sobrerreacción del gobierno de Modi se dio en mayo del año pasado, cuando sobre la base de un análisis de muertes en exceso, expertos de la Organización Mundial de la Salud señalaron que la mortalidad por COVID‑19 en la India podría ser hasta diez veces mayor que las cifras oficiales. El gobierno indio asegura que entre 2020 y 2021, medio millón de personas murieron como resultado de la pandemia, pero la OMS calcula que la cifra real está entre tres y cinco millones.

Aquí también, el gobierno indio lanzó un contraataque en toda regla, con funcionarios que cuestionaron la integridad, la buena fe e incluso la metodología estadística de la OMS, un órgano de las Naciones Unidas cuyo comité ejecutivo intergubernamental estuvo presidido durante la pandemia por el ministro de salud de la India. Los representantes del gobierno insistieron en que las cifras oficiales eran exactas, y que cualquier otra muerte durante la pandemia había sido resultado de causas no relacionadas.

La extraordinaria hipersensibilidad del gobierno del BJP es un rasgo que corresponde más a una persona inmadura y carente de autoestima que a una institución oficial. Ver a funcionarios públicos comportarse así (sobre todo en una democracia donde vuelan críticas de aquí para allá todo el tiempo) resulta, por decirlo en términos suaves, extraño.

El gobierno de Modi confunde su aversión a las críticas con la obligación de proteger el honor nacional de la India (y al hacerlo menoscaba lo segundo). El honor nacional es un bien valioso, pero no va a resultar dañado cada vez que alguien diga algo negativo relacionado con la India. De hecho, responder con tanta violencia a cada supuesto desaire da a entender que el honor nacional de la India es algo frágil e insustancial, no algo duradero y arraigado. Pretender sostener una narrativa favorable suprimiendo hechos y cifras (un hábito que abarca desde las estadísticas oficiales de pobreza hasta la provisión de información detallada sobre las incursiones chinas en la frontera) puede incluso obrar en detrimento de la labor pública.

El gobierno actual de la India es particularmente sensible a lo que se piensa de él en el extranjero. Tal vez sea porque es consciente de que cuando la crítica viene del extranjero, es más probable que sea fundada (en vez de tener una motivación política) y por tanto más difícil de desestimar o refutar. Desesperado por evitar daños en la imagen internacional que con tanto esmero ha cultivado, el gobierno de Modi reacciona a desaires del extranjero que casi cualquier otro gobierno pasaría por alto.

El gobierno de la India no sólo tiene que ser capaz de tolerar que se lo critique, sino que debe alentar una cultura de disenso, basada en la creencia firme en el derecho de la gente a tener ideas contrarias y cuestionar las ortodoxias. Debería tomarse las críticas con calma y, cuando corresponda, responder en forma constructiva a sus autores. Por ejemplo, en los incidentes mencionados, los funcionarios indios tendrían que haber reafirmado el derecho de sus críticos a expresar sus opiniones aunque el gobierno no coincida con ellas. En algunos casos incluso podrían reconocer que es posible aprender algo de quien nos critica.

Actuar como si toda crítica fuera ilegítima es señal distintiva de una república bananera, no de una democracia madura. Es así que la conducta del gobierno de Modi equivale a negar las tradiciones de la India. ¿Y qué ha conseguido con ella? Con sus sobrerreacciones, sus cuestionamientos a la buena fe de los críticos extranjeros y sus intentos de suprimir expresiones desfavorables, el gobierno de Modi sólo ha conseguido visibilizar más las críticas y su propia vulnerabilidad.

Shashi Tharoor, a former UN under-secretary-general and former Indian Minister of State for External Affairs and Minister of State for Human Resource Development, is an MP for the Indian National Congress. He is the author, most recently, of  Ambedkar: A Life (Aleph Book Company, 2022). Traducción: Esteban Flamini

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