El Gobierno y las ‘fake news’

“La información falsa sobre la noticia/bulo es rápida y gratis en términos materiales, y carísima en términos del peligro que eso alberga para la convivencia y la propia democracia”. Estas declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, parecen inocentes, pero torpedean el verdadero pilar de la democracia: el periodismo crítico. Era consciente de su mezquindad moral: equiparar fake news con información veraz pero molesta para el Gobierno: la supuesta evasión fiscal del ministro de Ciencia, Pedro Duque (que no ha sido desmentida) y la publicación de grabaciones reales (no fakes) de la ministra de Justicia, Dolores Delgado, en comidas -que fueron confirmadas- con el excomisario Villarejo.

Calvo emulaba a Donald Trump en su narrativa de ataque a los medios críticos. La portavoz y ministra de Educación, Isabel Celaá, copió la estrategia. Ambas practican dos de los principios de propaganda de Goebbels (dircom de Hitler): el de la transposición “cargar sobre el adversario los propios errores, respondiendo el ataque con otro ataque”; y el de orquestación: “si una mentira se repite muchas veces, se convierte en verdad”. Calvo calificaba como bulos información veraz sobre conductas reprochables de ministros. Y, además, añadía que no era asumible que una sociedad libre, diversa y democrática albergue falsas noticias porque “el destrozo son los derechos del otro, y en algunos casos irreparables”. ¿Cuál era la falsedad? ¿Duque no tiene dos chalés a nombre de una sociedad inactiva? ¿Delgado no se reunió con Villarejo e insultó a Marlaska? ¿Es más libre una sociedad si se le oculta eso? Criticar a periodistas y medios porque publican información veraz sobre políticos sí es profundamente antidemocrático. La democracia no es sólo ganar elecciones; porque, como recuerdo a mis alumnos, Hitler subió al poder tras unas elecciones democráticas con su partido, el Nacionalsocialista Obrero Alemán.

Causa escalofríos la similitud de la guerra frente a los medios críticos de Trump y Calvo. Pero, como comentaba un colega estadounidense, el caso de Calvo es aún peor, porque Trump siempre fue un faltón sin escrúpulos fogueado en los reality shows; pero Calvo es profesora de Derecho y se la consideraba -hasta estas declaraciones- de mentalidad progresista. Celaá es profesora de Secundaria.

La izquierda estadounidense considera a Trump un matón de poca monta. Que en España esa técnica de difamar a los medios la abanderen dos profesoras progresistas sí que da miedo. Pero se entiende: aquí jamás hubo gobernantes de la talla del presidente Thomas Jefferson con su célebre declaración: “Si dependiese de mí decidir si deberíamos tener un Gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no vacilaría un instante en preferir lo último”. Los profesores de Derecho estadounidenses siempre han defendido a los medios críticos. Este colega americano me preguntaba: “si Calvo es el nivel de los profesores progresistas, cómo será el de los conservadores”.

La mejor fake news que se escuchó esa semana provino de la vicepresidenta cuando afirmó que “están tomando [la UE] decisiones sobre regulación, es decir, de intervenir; se lo están planteando Francia, Alemania, Reino Unido e Italia, que están abandonando el famoso eje de que la mejor ley que regula el ámbito de la libertad de expresión y del derecho a la información es la que no existe”.

Eso es rotundamente falso. En Europa sólo preocupa la intoxicación mediante algoritmos y redes sociales de noticias claramente falsas, como que Clinton milita en sectas satánicas o cuando Hugo Chávez afirmó que EEUU tenía armas para crear terremotos, como el de Haití en 2011. Una fake news sería afirmar que Sánchez está financiado por Putin para romper España. Pero si Europa regulara contra lo publicado sobre nuestros ministros, sería una prueba de que volvería al fascismo o al comunismo.

Legislar sobre fake news, es decir, información no basada en hechos y creada para manipular a la opinión pública haciéndola pasar por verdadera, es enormemente complejo. ¿Sería la Biblia fake news? ¿Y la reliquia que justifica el Camino de Santiago?

El Gobierno está aterrado: puede que sea la última oportunidad de la socialdemocracia en España. No entiende el 15-M (de 2011), el movimiento contra la casta política que explotó durante el mandato de Zapatero. No asume lo que constantemente argumentan mis alumnos: “una persona que viva en un chalé puede ser de izquierdas y votar izquierda, pero jamás puede representar a la izquierda”. De ahí que, para ellos, el ideal de político de izquierdas lo simbolice Teresa Rodríguez, la líder de Podemos en Andalucía: con trayectoria profesional previa (profesora de instituto público), tiene pasaje de vuelta de la política y vive en un piso de barrio.

El 15-M coreó consignas como “no nos representan” (referido a los políticos, en este caso los ministros de Zapatero); y “PSOE-PP, la misma mierda es”. Fue ése el hueco que encontró Podemos y Ciudadanos.

Algunos comparan el episodio Duque con el del ex ministro del PP José Manuel Soria. O las grabaciones de cloaca de Delgado con las de Cifuentes y sus cremas. En términos electorales, el problema de Duque es que desmoviliza a la izquierda ética. El caso de la ministra de Justicia es peor: Cifuentes puede sufrir cleptomanía, pero las grabaciones de Delgado contienen comentarios homófobos y machistas cuya tolerancia cero es la bandera de la nueva izquierda.

La principal fuente de fake news son los Gobiernos. ¿Va a luchar contra eso la UE? (Mi tesis doctoral -accesible en internet- demostró cómo el gabinete de prensa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) manipuló información en el caso del vertido tóxico de Doñana). Si eso sucede en el CSIC, qué no pasará en un ministerio. El mayor pilar de la democracia es el periodismo crítico; cuando los medios se limitan a reproducir lo que les ofrecen los Gobiernos generan propaganda; no periodismo.

Occidente ha convivido con la información falsa desde la antigüedad, como muestra Hans-Joachim Neubauer en su libro Fama. Una historia del rumor. La diferencia ha estado entre aquellos Gobiernos que toleran -y hasta celebran- que se publiquen noticias veraces contra ellos (que son los verdaderamente democráticos) o los que establecen reglas para controlar la información. Pretender que los medios no sean críticos es pensar como Goebbels. La deriva de Trump, Calvo y Celaá es perturbadora.

Carlos Elías es catedrático de Periodismo. Su próximo libro será Rationality on the Ropes (Springer, 2018).

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