El golpe posmoderno

De la modernidad a la posmodernidad. Lo sólido se desvanece. Si la modernidad es aquella categoría ideológica, o período de la historia, bajo el imperio de ideas como el progreso, la reconciliación humana, la democracia liberal, el dominio de la naturaleza para alcanzar una vida mejor o la planificación de una sociedad racional; si por modernidad entendemos eso, se puede afirmar que la modernidad tocó techo hace décadas al comprobarse que la historia no es esa línea recta y ascendente, unidireccional e irreversible, que conduce a un punto de llegada donde esperan el bienestar y la felicidad, sino, por seguir con la metáfora geométrica, una espiral recurrente y rítmica, multidireccional y reversible, sin punto de partida ni de llegada categóricos. En este contexto, emerge una posmodernidad relativista y ecléctica, sin ideas vertebradoras, sin más pautas articulatorias ni referencias que la consigna dadaísta lanzada por Paul K. Feyerabend en el terreno de la epistemología: todo vale. Sobre ese creer posmoderno según el cual nuestro comportamiento es ajeno a las reglas establecidas, surge el golpe posmoderno.

Golpe posmoderno. ¿De qué hablamos? Acerquémonos al golpe de Estado moderno. Algo aprenderemos. Adentrémonos en un clásico: Gabriel Naudé (1600-1653) y su Science des Princes, ou Considérations politiques sur les coups d´État (1639). En este libro –la versión castellana responde al título Consideraciones políticas sobre los golpes de Estado, 1998–, el francés define el golpe de Estado «justo» como aquellas «acciones osadas y extraordinarias que los príncipes están obligados a realizar… contra el derecho común, sin guardar ningún procedimiento ni formalidad, arriesgando el interés particular por el bien público». El golpe de Estado sería una práctica lícita al servicio –en este caso– del absolutismo. Y el gobernante ha de procurarse el consentimiento del pueblo a través de mitos, creencias, libelos, persuasión, seducción y apariencias.

El golpe posmoderno –a la manera del pensamiento ídem– muestra su eclecticismo al asumir elementos del golpe moderno. Se considera «justo», se pronuncia y conduce «contra el derecho común» y busca persuadir vía desinformación y desacreditación de un adversario devenido enemigo. Lo que caracteriza el golpe posmoderno es la técnica. Sacando a colación a Curzio Malaparte (Técnicas de golpe de Estado, 1931), el golpe posmoderno toma cuerpo gracias a «mil técnicos» que, amparándose en la legalidad vigente si conviene, intentan condicionar o derogar –en general, pacíficamente– el orden legalmente establecido. La desestabilización política y el activismo son los instrumentos fundamentales de la tecnología del golpe posmoderno.

Desestabilización política. El golpe posmoderno no se consuma en una acción puntual que se sustancia en un corto período de tiempo. El golpe posmoderno es progresivo y acumulativo y está dotado de un libreto y coreografía que se desarrollan vía textos, imágenes y representaciones como declaraciones de soberanía, incumplimiento de resoluciones de los Altos Tribunales, manifiestos, simposios, memoriales de agravios, protestas, creación de una neolengua («verdadera democracia», «derecho a decidir», «mandato democrático», «proceso destituyente y constituyente»), performances o diseño de una nueva legalidad a la carta. Un triple objetivo: deslegitimar –una auténtica construcción discursiva del enemigo– el Estado de Derecho y cuestionar el orden constitucional; presionar al Estado a la manera del «golpe de Estado tácito» de Samuel E. Finer para conseguir que el Estado democrático actúe de conformidad con quien lo impugna; cohesionar las propias fuerzas en torno a un proyecto soi-disant regenerador o redentor. En todo ello y para todo ello, juega su papel la denominada «economía de la atención» propia del marketing: el emisor posmoderno emite un mensaje –narra una historia que dignifica la vida– que capta la atención del receptor potencial.

La desestabilización política se presenta ante el «pueblo» como una revolución democrática frente a una realidad intolerable que hay que transgredir por imperativo moral y político. La sombra alargada de Gabriel Naudé –el golpe moderno «justo»– se proyecta en el golpe posmoderno. Si el golpe moderno de Gabriel Naudé quiere consolidar el absolutismo, el golpe posmoderno pretende instaurar –por decirlo a la manera de Carl Schmitt– «una dictadura soberana» que derogue la legalidad vigente al tiempo que construye otra a la medida del «bien público». Todo para el pueblo y con el pueblo, dicen. Falso. Se trata de movilizar al pueblo contra la democracia. No es una revolución/ruptura democrática, sino una involución/ruptura antidemocrática.

El activismo. A la manera del rizoma que aparece aquí y allí, el sujeto agente –el «técnico» de Curzio Malaparte– del golpe posmoderno difunde ideas, propósitos, mensajes y consignas gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. La Red se convierte en foro donde los agitadores –otra vez Gabriel Naudé– modelan las conciencias apelando a los sentimientos, emociones, deseos, sueños, odios y frustraciones; e instruyen y movilizan a la ciudadanía que deviene un solo cuerpo y una sola voluntad dispuestos a conquistar el futuro que les conducirá a la liberación. Todo ello, «voluntariamente» y «espontáneamente». Pero, con la ayuda –reza un manual sobre el tema– de «una red de activistas organizada on y off line». Se trata de configurar un sistema en el que el centro emite y la periferia «ya sabe –o interpreta– lo que tiene que hacer». Por lo demás, «siempre, en cada entorno y terreno, habrá dirigentes pública e internacionalmente reconocidos, gurús y activistas de referencia, liderazgo».

La red de activistas –la vieja tecnología sigue ahí– ha de contar con la ayuda de un «broadcaster multimedia con una base de audiencia relevante, a ser posible en radio, televisión y prensa tanto de papel como electrónica, a partir de los cuales lanzar mensajes confluyentes (no idénticos)». Sin olvidar la «proyección internacional no solo entre grupos afines, sino en medios de comunicación con los que conseguir “efecto eco”, sobre todo pensando en la interpretación interna». La red de activistas tiene su objetivo. A corto o medio plazo: disminuir el «umbral de resistencia» de quien se opone al golpe o cambio de Sistema. A medio o largo plazo: instaurar la llamada «democracia real», o «democracia participativa», o «democracia del público», o «democracia plebeya», o «democracia nacional» que superaría los vicios de una democracia liberal o estatal tipificada como «democracia secuestrada». Una vez conseguido el objetivo, gracias al «peritaje» de lo viejo y a una «política prefigurativa», se diseña un sistema alternativo que anuncia un nuevo mundo mejor, más libre y más justo que permitiría pasar «de súbditos a ciudadanos».

El golpe posmoderno antidemocrático tiene quien lo escuche en una sociedad global que diluye soberanía, desgasta instituciones, desconfía de los políticos, la política y las ideologías, agudiza conflictos, facilita una subpolítica al margen de las instancias representativas. Una sociedad polarizada por un populismo y un nacionalismo desleales que enfrentan al ciudadano con la legalidad y desafían al Estado de Derecho. A ello, añadan la vuelta del miedo a disentir, la utilización de los medios públicos, el triunfo del estereotipo, el narcisismo de las pequeñas diferencias y el chovinismo del bienestar. Así estamos. Ortega y Gasset: «Los demagogos han sido los grandes estranguladores de civilizaciones». Albert Camus: «La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas». Lo sólido puede reconstituirse.

Miquel Porta Perales, articulista y escritor.

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