El gondolero

La alfombra roja con la que el PSOE se rindió homenaje a sí mismo el pasado fin de semana me recordó enseguida el terciopelo del mismo color de la cubierta de la góndola Bucintoro sobre la que el Dogo de Venecia reunía a todos los notables de su ciudad-Estado con tanto más lujo y ostentación cuanto mayor fuera la crisis de la Serenísima República. El razonamiento era muy similar al que impulsaría a Calonne, uno de los últimos ministros de Hacienda de Luis XVI, a descartar cualquier recorte en el gasto que mermara el boato de Versalles o a los hermanos Marx en el Oeste a mostrar todo su alborozo mientras iban convirtiendo en astillas los vagones del tren para alimentar la caldera de la locomotora. Es la regla de oro de toda huida hacia delante: cuanto peor te vayan las cosas, más imprescindible es aparentar que te van bien ante tus amigos, enemigos o prestamistas.

Hay que reconocer que en este caso estamos ante un grupo humano muy necesitado de inyecciones de autoestima. Basta repasar las fotos del desfile ministerial por la pasarela para comprender que vistos uno por uno, y no digamos nada como grupo, se trata de un Gobierno en serias dificultades al que no hay remodelación que lo reanime.

De la Vega lleva encima los errores en la gestión de la crisis del Alakrana -tanto echarse el Estado a las espaldas alguna vez tenía que dar un traspié- y la sentencia que certifica que metió la pata querellándose contra González Pons por el bien poco relevante asunto de su empadronamiento en Valencia. Mucho peor es lo de Chaves, pues si toda España sabía que favoreció a la empresa que contrató a su hija, saltándose la Ley de Incompatibilidades, ahora también sabe ya que mintió en el Parlamento; y si esta expresión no le parece justa, que emprenda acciones legales contra el apoderado de Matsa, pues es él quien le ha dejado en evidencia. En cuanto a la pobre, aunque batalladora, Elena Salgado, he ahí la imagen andante de la impotencia: cualquiera diría que cada día que pasa va encogiendo más y más para dejar todo lo patente que sea posible lo grandes que le van el ropaje y la enjundia de su cargo.

Y si esto ocurre con los vicepresidentes, pasar revista a los ministros equivale a visitar una planta de quemados y otra de traumatismos varios con algunas incrustaciones de personajes en busca de autor. Aunque Rubalcaba sigue siendo una figura fuera de toda clasificación, su buena labor en la lucha contra ETA queda seriamente empañada por el escándalo del Faisán y no son de recibo sus malos modos cuando la oposición plantea algo tan lógico como la regulación del Gran Hermano que anida en el sistema Sitel. Tanto Moratinos -obligado a replegar velas tras el nulo eco de su amago de candidatura europea-, como la generala Chacón, como el ministro de Justicia han quedado salpicados por las distintas chapuzas conectadas con el Alakrana y van desdibujándose en sus pretendidos perfiles de avezado estadista, futura presidenciable y revelación de la temporada. En mejor condición permanecen José Blanco, Trinidad Jiménez y Miguel Sebastián, y los demás carecen de peso político, aunque Bibiana Aído se lleve la palma -y no lo digo sólo por la Ley del Aborto- en el arte de crear nuevos problemas sin resolver ninguno de los existentes.

Pero la clave no está en la tripulación, sino en el gondolero. Muy apurado ha debido de sentirse Zapatero para tener que recurrir a la exposición ornamental de lo que va quedando de Felipe González, justo en el momento en que se hacía patente que el GAL y otros desmanes le habían privado de toda opción de presidir la UE. Cualquiera que haya oído al ex presidente hablar en privado de su sucesor podrá sentirse escandalizado ante la impostura de ese cierre de filas, pero así funcionan los partidos y en el PP ocurrirá lo mismo el día que Rajoy necesite el refuerzo retrospectivo de Aznar.

Aparquemos, pues, hasta otro día las lamentaciones sobre la esclerosis partitocrática que bloquea toda genuina regeneración de nuestra vida pública y centrémonos, como digo, en el capitán de la galera. Isaiah Berlin comentaba, medio en serio, medio en broma, que él era «un taxi intelectual» porque «la gente me para, me pide un destino y allá vamos». Aunque el «zorro» que merodeaba por doquier terminó dando paso al «erizo» que se plantó en la defensa de «una única gran cosa» -la esencia de la libertad-, él se refería a su versatilidad para abordar los más distintos asuntos desde las más diversas perspectivas y no veía nada innoble en esa condición de pensador en alquiler. ¿Podemos absolver igualmente a Zapatero de su alborotada actividad como conductor de un taxi político, aéreo, marítimo o terrestre, al que hemos visto subir los más inquietantes pasajeros? Depende de a dónde termine llevándonos, pero el paisaje circundante cada vez pinta peor.

La pasada legislatura vimos cómo Arnaldo Otegi le mandó una carta, pidiéndole que pasara a recoger a unos amigos, que ya le dirían ellos a dónde tenía que llevarles. Y para allá que se fue, olvidándose de todo lo demás. Por poco lo desvalijan y lo pasan a cuchillo, pero es justo reconocer que supo zafarse a tiempo y que la mayoría de los que le tendieron la emboscada, a la que tan crédulamente acudió, están ya donde merecen.

Entre tanto el gondolero había subido a bordo a toda la troupe del nacionalismo catalán, a ratos juntos y a menudo simplemente revueltos, poniendo por delante que les llevaría a donde ellos le dijeran, incluso si eso suponía enfilar la nave del Estado hacia la más rugiente catarata. Y para allá que se fue, olvidándose de todo lo demás. Por eso se aprobó un Estatut que hace trizas la Constitución cuando nadie lo demandaba en la calle y sólo era necesario para que el PSC disfrazara su pacto de poder anti natura con los independentistas de ERC. Del Volem l’Estatut hemos pasado al Manifiesto de los Doce, protagonizado en gran medida por los mismos oligarcas cuyo estómago agradece lo que su propia inteligencia desdeña. Maragall fue el muñidor de aquel papel y el patético Montilla -último conde don Julián de nuestra larga Historia- ha sido el promotor de éste.

«¿Por qué no podrá el PSC defender los mismos valores y comportarse del mismo modo que los socialistas vascos?», me preguntaba no hace mucho el presidente de una comunidad autónoma gobernada por el PSOE. «Porque no le salen las cuentas», le contesté. Pero incluso el cínico oportunismo de fulanos que balbucean señas de identidad imaginarias debería tener sus límites cuando está en juego el modelo de convivencia. Y si no se los imponen sus propios escrúpulos, debería ser el gondolero quien lo hiciera: mira, Pepe, cuando se navega en esta barca, cuando se pertenece a la Ejecutiva Federal de este partido, hay cosas que no se pueden ni decir, ni hacer, ni consentir.

¿O es tolerable que con el sello de una Generalitat presidida por un dirigente del PSOE se difunda un panfleto con formato y trazas de pasaporte que comienza diciendo «Catalonia is a nation in the north east of the Iberian Peninsula» que limita con Francia y Andorra por el norte y con las comunidades autónomas de Aragón y Valencia -pobres territorios sin identidad y sin Historia a lo que parece- por el oeste y por el sur? ¡Y quienes no ponen la menor objeción a manifestaciones institucionales como ésa, a la extirpación del español del sistema educativo, a la coacción que se ejerce sobre los comerciantes o a aquel pacto del Tinell que trataba al PP como apestado tienen todavía la desfachatez de invocar el «espíritu de la Transición»!

Sólo Jordi Pujol, desmarcándose de la propia línea oficial del partido que fundó -Artur Mas va a lo suyo, a explotar las contradicciones de la farsa montillesca-, acaba de tener la lucidez de subrayar que «aun suponiendo que el Estatut pueda representar algún progreso en algún punto concreto, es dudoso que nos compense del desgaste tan grande que hemos tenido». Y ha puesto ejemplos concretos como la financiación o el traspaso de la red de Cercanías, sugiriendo certeramente que los catalanes habrían salido mucho más favorecidos si esos asuntos se hubieran negociado bajo el paraguas del anterior Estatut -el único que fue fruto de un consenso digno de tal nombre- y no bajo el foco de la fundada sospecha de una operación soberanista, desestabilizadora para el resto de España. Debe de ser que Pujol -quien también advierte que «durante el franquismo el prestigio de Cataluña era mayor que ahora»- es mucho menos catalanista que Montilla o que uno que se llama Zaragoza…

Pero estamos donde estamos. El próximo día 13 más de 160 municipios celebrarán un sucedáneo de referéndum independentista, las juventudes de ERC -siempre tan amables- distribuirán felicitaciones navideñas con una imagen del Rey ahorcado y en la web de Ràdio Catalunya puede leerse un artículo dirigido a los magistrados Guillermo Jiménez, Vicente Conde, Javier Delgado, Jorge Rodríguez-Zapata, Ramón Rodríguez Arribas y Manuel Aragón con un título inequívoco: «Excel.lentíssims Cabrons». Por lo menos el escriba del Manifiesto de los Doce ha tenido el detalle de llamarles sólo «irreductibles».

Aquí tiene, pues, Zapatero el resultado de su frivolidad. Dice, llamándose andana, que ha leído con «respeto» e «interés» el editorial conjunto de la prensa catalana, cuando en realidad es su verdadero instigador, pues no en vano sus ministros y él proclaman una y otra vez que el texto cuestionado ante el Tribunal es plenamente constitucional. Si el Gobierno de la nación insiste en ello, ¿cómo no atribuir motivaciones espurias y adjetivos degradantes a la media docena de magistrados que se niega a pasar del todo por el aro?

Las cosas han llegado, pues, a un punto en el que este asunto ya sólo puede acabar mal de una manera (con un fuerte chute de victimismo que aprovecharán los más radicales) o de la otra (con el acoquine de los magistrados y el desmantelamiento del Estado Constitucional del 78). Pero entre tanto aguarda de qué lado de la barca caerá el rayo, el gondolero ya tiene a nuevos pasajeros a bordo. Hace unos cuantos meses que los líderes sindicales le ofrecieron protección frente al oleaje del canal y los disturbios de la calle, explicándole que ellos le indicarían qué dirección debía tomar para encontrar la «salida social» a la crisis. Y para allá que se fue, olvidándose de todo lo demás. Ahora con el paro por encima de los cuatro millones -y creciendo- ha tenido que inventarse el mantra de la Economía Sostenible para seguir ganando tiempo, es decir perdiéndolo, hasta ver si la grúa de la coyuntura internacional le saca del dique seco en el que se ha quedado varado.

La crisis del Alakrana ha puesto de manifiesto que de nada sirve tener fragatas de combate para hacer frente a los piratas si quien debe apretar por control remoto hasta el gatillo de un simple rifle es el alegre gondolero o alguno de sus pinches. No anhelamos contar con un gran timonel, pero sí al menos con alguien que sepa fijar el rumbo y mantenerlo de forma coherente. Sobre todo porque cuando una nave queda a la deriva, las apariencias sólo se pueden salvar durante un rato. No en vano al final de la escapada la Bucintoro -despojada ya de toda su aurífera tramoya- pasó de gran góndola de Estado a infecta galera en la que Napoleón encerraba a sus prisioneros. Pero como el que no se consuela es porque no quiere, déjenme añadir que ya sólo quedan como máximo dos años, tres meses y unos pocos días para esas próximas elecciones generales en las que tendremos la oportunidad de echar por la borda al alegre gondolero.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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