El gorila malherido

Por Luis Herrero, periodista y diputado por el PP en el Parlamento Europeo (EL MUNDO, 04/12/07):

Nueve horas después del cierre de las urnas, en medio de un secretismo dramático, el poder electoral venezolano anunció al fin la «irreversible» victoria de la oposición, por menos de dos puntos de diferencia, en el referéndum sobre la reforma constitucional que había propuesto a marchas forzadas, como un trágala, el presidente Chávez. El gorila rojo buscaba con su propuesta dos finalidades sobresalientes: perpetuarse en el poder («aquí seguiré hasta el 2050», dijo la víspera de la votación) y la implantación, con rango constitucional, de un Estado socialista a la vieja usanza soviética. Los medios de comunicación, los observadores internacionales, la plataforma independiente Ojo electoral y los principales grupos opositores supimos a las nueve de la noche que el no al proyecto liberticida había triunfado, aunque era difícil precisar por cuánto.

Algunas estimaciones, basadas en la extrapolación del recuento de las primeras papeletas en un número estratégico de mesas, establecían una diferencia muy amplia, de más de siete puntos, a favor del no. La maquinaria propagandística del oficialismo, filtró inmediatamente el mensaje contrario. Las agencias Reuter y Efe se prestaron al juego infame de darle alas a la mentira interesada de los chavistas y sembraron una lamentable, gigantesca y dramática ceremonia de la confusión. No sólo porque indujeron a error a sus principales abonados en todo el mundo (échenle un vistazo a las primeras ediciones de la mayoría de los medios de comunicación occidentales), sino también, y sobre todo, porque enviaron involuntariamente a los defensores del no la señal inequívoca de que Chávez no estaba dispuesto a reconocer su derrota.

Se desató a partir de entonces una guerra de nervios que, durante más de cinco horas de apagón informativo, dio pábulo a toda suerte de rumores. Desde el golpe de Estado al estado de excepción, todas las conjeturas coexistían en medio de una calma tan tensa que cortaba la respiración. Finalmente, pasadas las dos y media de la madrugada, es decir, cinco horas después de que los resultados fueran oficiosamente conocidos por todos los actores de la vida política, Chávez compareció para reconocer su derrota. Estaba visiblemente aturdido. El golpe de los electores le había dejado contando los pajaritos que revoloteaban sobre su cabeza. Aun así, aún le quedó suficiente cuajo para anunciar con despótico desparpajo que había sopesado durante las cinco últimas horas la posibilidad de no reconocer la validez de los resultados que, a regañadientes, había oficializado la autoridad electoral minutos antes. Era patente que le costaba horrores encajar el golpe. Se rascaba la cabeza tratando de averiguar qué diablos había pasado, por qué había perdido y quién le había traicionado.

Apenas unos meses antes, el pueblo venezolano parecía resignado a su suerte y no daba síntomas de resistencia política a los designios liberticidas del caudillo revolucionario. Los partidos clásicos de la oposición, como los restos de un pavoroso naufragio, eran instituciones demolidas, incapaces de canalizar el pulso de la sociedad civil. No se divisaba en el horizonte ningún foco de resistencia activa al proyecto colectivista de Chávez. Pero, entonces, inopinadamente, aparecieron los jóvenes universitarios y llenaron el vacío de los partidos políticos con multitudinarias manifestaciones en la calle que devolvieron la esperanza a los resignados ciudadanos que aún creían en la utilidad de movilizarse en defensa de la libertad.

Yon Goicoechea, un estudiante de quinto de Derecho en la Universidad Católica de Caracas, nieto de vascos, lideró la rebelión estudiantil con un discurso inteligente y maduro que huía de la confrontación directa con Chávez pero que dinamitaba la línea de flotación de su proyecto. Al mismo tiempo, el chavismo exhibía sus primeras grietas: el general retirado Raúl Baduel, hasta pocos meses antes ministro de Defensa, el militar «trisoleado» -tres soles en las charreteras- con más prestigio en las Fuerzas Armadas, calificó la reforma constitucional promovida por Chávez como un fraude y un golpe de Estado encubierto. Con voz parsimoniosa pero firme, calculando las palabras y los silencios con aquilatada precisión, dijo públicamente que de la misma forma que él había evitado el triunfo de la asonada de 2002 (fue él quien liberó a Chávez cuando éste ya había firmado su renuncia a la Presidencia de la República) por considerarla ilegítima, evitaría también que ganara el sí en el referéndum. Muchos chavistas descontentos vieron el cielo abierto para dar rienda suelta, a partir de entonces, a su desafección con la deriva que había comenzado a adquirir el régimen del gorila rojo.

Junto a estos dos elementos desestabilizadores -rebelión estudiantil y crisis interna del régimen-, la voz de la Iglesia católica fijó una referencia moral que acabó por colocar a Chávez contra las cuerdas. «El proyecto de reforma -rezaba la nota de la conferencia episcopal venezolana que preside el cardenal Jorge Urosa- vulnera los derechos fundamentales del sistema democrático y de la persona, poniendo en peligro la libertad y la convivencia social. La consideramos moralmente inaceptable a la luz de la doctrina social de la Iglesia». La furibunda reacción de Chávez ante la nota de los obispos puso en evidencia el daño que le infligía.

De los tres nuevos actores principales de la escena pública venezolana -Goicoechea, Baduel y Urosa-, los dos primeros han declarado ya su intención de aterrizar de lleno en la vida política, aunque no a través de los partidos tradicionales, ruinas en descomposición, sino mediante la promoción de estructuras políticas nuevas. El líder estudiantil se colocará en el centro y el general retirado en la izquierda.

Lo que vaya a suceder en la aventura democrática de Venezuela en un futuro próximo depende en gran medida del éxito que tengan en sus respectivas aventuras renovadoras estas dos personalidades emergentes. Y también, naturalmente, de la digestión que haga el propio Chávez de la derrota. Su mensaje fundamental, la noche electoral, fue nítido: «No renuncio ni a un punto ni a una coma de mi proyecto. Este proyecto sigue vivo. El resultado del referéndum sólo significa que, por ahora, tendremos que esperar. Pero sólo por ahora». Nadie duda en Venezuela que Chávez, en efecto, volverá a intentarlo. Es muy probable que aproveche la «ley habilitante», que le concede casi plenos poderes, para colar por la puerta de atrás algunas de las medidas que contemplaba la reforma constitucional derrotada. La suerte del resto de las reformas dependerá de los resultados de su política, que se intuye mucho más radical, más furiosa, ya sin excesos de confianza tras el varapalo de las urnas, y sin concesiones formales a la galería.

El gorila más peligroso es el malherido. Chávez lo está. Lo probable, por eso, es que ahora busque oxígeno entre sus aliados. Si España comete la torpeza de dárselo -y me temo que Zapatero coquetea con esa tentación- será cómplice de darle la espalda a todos aquellos, de todos los colores políticos, que en Venezuela se juegan la vida (Goicoechea tiene que cambiar de domicilio casi cada noche para huir de los tupamaro) por el único delito de defender la libertad.