El gradualismo perspicaz del BCE

Este mes, los principales bancos centrales del mundo cambiaron el rumbo y anunciaron planes para ajustar la política monetaria. Pero hubo una excepción notable: el Banco Central Europeo, que dice que no tiene intenciones de aumentar las tasas de interés en 2022, aunque es bien consciente de los riesgos de inflación de hoy.

Por el contrario, la Reserva Federal hoy espera aumentar su tasa de política tres veces en 2022, y el Banco de Inglaterra ya ha aumentado su tasa de política principal 15 puntos básicos. Asimismo, para cumplir con una promesa anterior de que no aumentaría las tasas hasta que no hubiera achicado su balance, la Fed acelerará la reducción de sus compras de activos mensuales.

¿Esto significa que el BCE es “blando en materia de inflación” y adopta una postura atípica dócil entre los principales bancos centrales del mundo? ¿Se puede justificar al tabloide más vendido de Alemania, Bild, cuando le confiere a la presidenta del BCE, Christine Lagarde, el mote burlón de “Señora Inflación”?

No y no. Si bien Bild puede reflejar de manera precisa la opinión alemana tradicional de que la inflación es lo más importante en la política monetaria del BCE, esa perspectiva es irremediablemente obsoleta en la Europa de 2022.

Lagarde entiende que retirar el estímulo fiscal después de una crisis puede ser una tarea delicada. Aumentar las tasas de interés demasiado rápido podría desintegrar la unión monetaria haciendo subir los costos de endeudamiento y sofocando las recuperaciones de estados miembro altamente endeudados como Italia, España y Grecia. Los economistas llaman a esto “riesgo de fragmentación”. La fragmentación del área monetaria es una cuestión crónica para la eurozona porque, a diferencia de la Fed y del BOE, que están respaldados por una autoridad fiscal única, el BCE opera con 19 autoridades fiscales independientes.

Esto puede haber sido lo primordial en la mente de Lagarde en su conferencia de prensa de diciembre, donde explicó que el gradualismo es necesario para evitar una “transición brutal” a una política monetaria más restrictiva. No sorprende que esa declaración haya provocado una respuesta grosera por parte del presidente saliente tradicionalmente de línea dura del Bundesbank, Jens Weidmann. De la misma manera, Christian Lindner, el nuevo ministro de Finanzas alemán, dice que existen crecientes temores en Berlín de que la sensibilidad del BCE ante los costos de endeudamiento de los estados miembro altamente endeudados lo llevaría a retirar el estímulo demasiado lentamente.

En algún sentido, Lindner está en lo cierto. Lagarde de hecho no tiene ningún apuro por ajustar la política monetaria, debido a su intención de mantener la unión monetaria intacta en tanto se reduce el estímulo. Como una profesional médica responsable, no quiere acelerar el proceso de retirarle una droga fuerte a un adicto. Y a no confundirnos, las políticas de estímulo del BCE han tenido un efecto potente en la economía, que a su vez se ha vuelto dependiente de ellas.

Siempre políticamente perspicaz, Lagarde entiende que en una región que ha creado un fondo de recuperación de 750.000 millones de euros (850.000 millones de dólares) para mantener unida a la unión monetaria, una política monetaria que amenace con dividir a la unión no sería bien vista por la población. Una estrategia de interrupción brusca sería muy imprudente tanto desde un punto de vista político como económico.

La mayor causa potencial de riesgo de fragmentación hoy es Italia, con su deuda pública de 2,6 billones de euros y una larga historia de inestabilidad política. Para hacer frente a estas condiciones hace falta un manejo muy cuidadoso. Hasta el momento, los inversores parecen satisfechos con el liderazgo del primer ministro italiano, Mario Draghi. Pero temen que la inestabilidad política regrese si Draghi decide ir en busca de la presidencia (por lo general, un papel más ceremonial) luego del inminente alejamiento de Sergio Mattarella de ese puesto.

Los mercados financieros ya se estremecieron tras la conferencia de prensa de fin de año de Draghi a comienzos de diciembre, cuando sugirió que su permanencia en el cargo podría terminar pronto. Pero los inversores deberían relajarse, porque existe sólo una mínima chance de que Draghi se convierta en el próximo presidente de Italia. Más probablemente, su guiño en la conferencia de prensa fue una táctica dirigida a dos de los sindicatos más grandes de Italia, la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL) y la Unión Italiana del Trabajo (UIL), luego de su llamado a una huelga general pocos días antes de una votación parlamentaria para aprobar una ley presupuestaria crucial. El avezado ex presidente del BCE devenido político sabe que, a veces, no hay nada como amenazar con irse para salirse con la suya.

Huelga decir que el esfuerzo de Lagarde de gestionar el riesgo de fragmentación de la eurozona será mucho más fácil si su antecesor al timón del BCE se mantiene en su puesto actual hasta que su mandato termine en 2023. En mi opinión, hará exactamente eso. Pero cierto estímulo adicional de Bruselas y Berlín podría servir de mucho para garantizar que Draghi se quede en su cargo –y que la recuperación europea mantenga su curso.

Melvyn B. Krauss is Professor Emeritus of Economics at New York University.

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