El gran debate: primer asalto

El miércoles se celebró el primero de los tres debates entre los dos candidatos a las presidenciales estadounidenses. Su historia se remonta a 1858, cuando Abraham Lincoln se enfrentó al senador Stephen Douglas; el tema fue la esclavitud. No competían por la presidencia sino por el escaño de senador de Illinois. Pero, como consecuencia de los debates (no menos de ocho), Lincoln atrajo ampliamente la atención pública, fue elegido candidato de su partido y accedió a la presidencia dos años después.

Un siglo después, en 1960, Kennedy, entonces un joven senador, se enfrentó a Nixon, vicepresidente con Eisenhower, en un debate. Siguió otro intervalo de dieciséis años, pero desde 1976 en adelante los debates han sido habituales en la televisión estadounidense.

¿Qué importancia revisten estas confrontaciones? No sabemos cuántas personas escucharon a Lincoln y Douglas, pero no debieron superar algunos centenares. La cifra de votantes tampoco era grande. Desde la retransmisión televisiva, la audiencia de los debates ha sido muy elevada; ochenta millones en 1980 y, desde entonces, entre cuarenta y setenta millones. En comparación, los programas más populares de la televisión estadounidense (normalmente, los partidos de béisbol) tienen una audiencia que no suele exceder los diez millones.

¿Ejercen los debates una gran influencia en el resultado electoral? Es difícil determinarlo, pues la gran mayoría de los votantes se ha decidido mucho antes. Sin embargo, en ciertos casos, sobre todo cuando los candidatos han ido igualados, pueden haber ejercido un efecto decisivo. El hecho de que Nixon apareciera cansado, sudoroso y mal afeitado en el debate frente a Kennedy pudo costarle un puñado de votos y Kennedy ganó por un exiguo margen; en una carrera reñida como aquella la imagen fue determinante. En 1980, Carter tenía como oponente a Reagan, una figura no muy conocida fuera de California… Pero Reagan, el actor, poseía mucha más experiencia ante las cámaras y cuando le soltó a Carter “¡Ya estamos otra vez!” en el tema de la reforma del sistema de salud, fue probablemente un momento decisivo de la campaña. Reagan se adelantó a su rival y ganó en 49 de los 50 estados. Carter cometió el error de perderse en cuestiones de detalle en lugar de centrarse en el panorama general. Carter se hallaba enfrascado en aquel entonces en la citada cuestión de la reforma del sistema de salud del país.

Durante semanas antes de la serie de debates, ambos candidatos se han entrenado con asesoramiento profesional sobre las preguntas que podían esperar y la manera de responderlas. Suelen decir al candidato que no miren nunca el reloj durante el debate, error que cometió Bush padre. Obama es el mejor orador en público, pero no se destaca por su habilidad en el debate; el miércoles se mostró más bien abstracto y aun prepotente, tedioso; sus asesores le dijeron que fuera conciso: “La gente quiere un presidente, no un profesor…”. Romney, por su parte, suele ser impreciso sobre lo que realmente haría en caso de resultar elegido. Su estrategia, por tanto, es clara: concentrarse en el historial de Obama en el terreno económico: “Estamos peor que hace cuatro años”.

¿Quién ganó el debate? El debate llegó al anticlímax y aportó escasas sorpresas; no saltaron chispas, pero es que nadie había esperado que se produjeran fuertes reacciones. Los contrincantes repitieron argumentos expuestos antes muchas veces. Fue un debate civilizado, sin ataques personales. Ambos se esforzaron por ofrecer perspectivas moderadas y recalcaron que sus mayores desvelos se centraban en la situación de la clase media. Romney se anotó varios tantos contra el presidente, pero no hubo una victoria terminante. Hizo asimismo diversas promesas que la mayoría de los estadounidenses saben que no pueden cumplirse como, por ejemplo, la de que prácticamente nadie sufriría las consecuencias de los recortes y medidas de ahorro presupuestario que propone.

El primer debate favoreció a Romney porque las cuestiones en juego eran, principalmente, la economía y el papel del Gobierno (qué grado de poder, facultades…). Según los sondeos de opinión, una mayoría de estadounidenses cree que Romney es más competente para abordarlas y gestionarlas que el presidente. Los próximos dos debates favorecerán a Obama porque versarán sobre otras cuestiones. En 1984, a Reagan le fue mal en el debate con Mondale, candidato demócrata, en el primer asalto. Sin embargo, se recuperó y lo hizo mejor en el segundo y tercer debate, de modo que ganó, en último término, las elecciones.

¿Son realmente muy importantes todos estos aspectos? Los expertos nos dicen que el primer debate es el más importante y que la primera media hora es la más importante. En las nueve últimas elecciones, siete veces ganó el candidato que había ido antes por delante prescindiendo de lo que había sucedido en los debates.

Quienquiera que sea elegido este año no debería ser objeto de envidia. Los problemas a que hará frente EE.UU. en los próximos años son enormes. El presidente y su partido necesitarán no sólo grandes dosis de talento y capacidad sino también mucha suerte para salir triunfantes en cierta medida. Y esto es verdad no sólo para EE.UU. sino para la mayoría de países del mundo: en todas partes la marea subirá contra quienes tengan responsabilidades de gobierno. Y, si no tienen éxito (o sólo triunfan parcialmente), hay muchas razones para suponer que los vencedores del 2012 estarán fuera del poder durante mucho tiempo.

Walter Laqueur, consejero del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington.

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