El ‘Gran Hermano’ de la política

Cuando Gore Vidal aconsejó no dejar pasar nunca «la oportunidad de practicar sexo o salir en televisión», seguramente no imaginó que llegaría el día en que se podrían hacer ambas cosas a la vez, sin cambiar de canal y en horario de máxima audiencia. ‘Gran Hermano’, ese símbolo de la televisión que nadie ve y siempre copa la audiencia, superó esa barrera hace ya algún tiempo. Que decenas de miles de jóvenes -y no tan jóvenes- compitan por participar en programas similares no puede extrañar: la televisión se ha convertido en la principal puerta de acceso a la tontocracia, esa nobleza del famoseo que no conoce el pudor y donde, una vez dentro, tienes garantizado que no tendrás que volver a trabajar.

El 'Gran Hermano' de la políticaA nuestros políticos no les hemos pedido aún que lleguen tan lejos como a los concursantes de ‘Gran Hermano’, pero tampoco nos conformamos ya con que legislen o gestionen, mucho menos con que debatan en el Parlamento. Tienen que medirse en los platós, arrastrados por el consenso instalado entre la ciudadanía de que, ya que no van a resolver nuestros problemas, que al menos nos entretengan. Nunca antes tuvo España políticos mejor maquillados.

Pablo Iglesias fue el primero en comprender que en una España donde la educación y la cultura están en decadencia, y donde se consume una media diaria de cuatro horas de televisión, no hay atajo más rápido al estrellato político que la caja tonta. Hacer carrera empezando de concejal en un pueblo o subir la dura cuesta de las jerarquías de partido son cosas de la «vieja política». Una tertulia, especialmente si es gritona, te lleva más lejos. Mucho más rápido.

Desde la irrupción de Iglesias hemos asistido al intento del resto de candidatos de seguir su rueda mediática, no siempre con éxito, pero todo indica que el espectáculo no ha hecho más que comenzar. Nuestro suplemento CRÓNICA publica hoy un perfil de Pablo Casado en el que la gran esperanza de renovación ‘popular’ revela una de las estrategias del Gobierno de aquí a las elecciones generales: llenar los platós de lo que llaman ‘underforties’, jóvenes políticos de menos de 40 años que tendrán como misión fajarse en las tertulias televisivas. Hay determinación para seguir al menos uno de los consejos de Gore Vidal.

Que el debate político se haya extendido a los platós sería incluso bueno, sobre todo teniendo en cuenta la oferta televisiva alternativa, si no afectara a la ya limitada relevancia del Congreso de los Diputados, que tan pocos días de gloria ofrece ya. La Cámara Baja está adormecida por su reglamento, el desinterés de muchos parlamentarios y la dificultad de encontrar entre ellos a alguien que inspire o merezca la pena escuchar, cuando España solía producir grandes oradores. Los de ahora son más de insultar y arrojarse la falta de ideas a la cara, sin demasiada gracia o picardía, y para eso ya tenemos la televisión.

El historial de ausencias de nuestros diputados, escapadas para ver el fútbol, escaños vacíos, bostezos y desidias ha sido tal en los últimos tiempos que Alfonso Guerra pasó sus últimos 12 años en el Congreso, hasta su jubilación el año pasado, sin presentar una sola iniciativa parlamentaria. Y sin que nadie notara su inactividad. Si a ello sumamos un modelo electoral de listas cerradas, el control que los partidos ejercen sobre el voto de los diputados y la falta de agilidad en las confrontaciones parlamentarias, no es extraño que el debate se haya trasladado a platós de televisión, donde a menudo se tratan los asuntos que la inercia parlamentaria deja de lado.

El riesgo es que, con las audiencias dependientes de un griterío cada vez mayor, la política quede reducida a un mero espectáculo en el que los políticos -¿o son concursantes?- lleguen a la conclusión de que, en vista de que su carrera va a depender de su capacidad de convocatoria televisiva, hacer algo útil lejos de los focos no merezca el esfuerzo. Un poco como les ocurre a esos aspirantes a entrar en la casa de ‘Gran Hermano’.

David Jiménez, director de El Mundo.

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