El Gran Reemplazo triunfa entre el nacionalismo vasco y catalán

La izquierda carga hoy contra la teoría del Gran Reemplazo, atribuida a la extrema derecha y cuyo precursor es el pensador y literato francés Maurice Barrès (1862-1923).

Según dicha teoría, las elites progresistas y socialdemócratas que controlan hoy las instituciones europeas y los gobiernos de muchos países, así como los poderosos medios de comunicación, están fomentando (a través de oenegés e instituciones interpuestas) el desembarco masivo de inmigrantes en la UE. Inmigrantes que llegan desde las zonas más desfavorecidas del planeta, pero singularmente desde las antiguas colonias francesas de África, y que son mayoritariamente de religión islámica.

Dice la teoría del Gran Reemplazo que, dado el mayor índice de natalidad de estos inmigrantes en comparación con el de las poblaciones blancas europeas, los primeros acabarán suplantando y empobreciendo a las segundas, dada su condición de mano de obra barata.

A otro autor también francés, Renaud Camus, se le atribuye la autoría de la expresión Gran Reemplazo o Gran Sustitución. Sustitución de la población nativa francesa, y por extensión europea, por una población sobrevenida cuyos valores y convicciones serían ajenos a los de la Francia republicana y la Europa cristiana.

También es francesa una novela convertida en símbolo de la teoría del Gran Reemplazo: El campamento de los santos, de Jean Raspail, publicada en 1973.

En la propia Francia, personajes ahora de moda como el polemista Éric Zemmour, posible contrincante de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales del próximo año, consideran que a la inmigración sólo se le puede ofrecer asimilación en los valores de la tierra de acogida. Pero sin caer en las trampas del multiculturalismo, defendido por toda la izquierda europea. Multiculturalismo que sería el culpable de la creación de islas interiores (banlieues) dominadas por el islamismo y extrañas a la cultura política de su país de acogida.

Esta teoría del Gran Reemplazo es compartida también por las extremas derechas de toda Europa, cuyos representantes ocupan ya escaños en algunos parlamentos. También es compartida por importantes grupos de presión en Estados Unidos.

En España, no obstante, ocurre algo muy singular. Mientras nuestras izquierdas atizan a los partidarios del Gran Reemplazo con calificativos como xenófobos, racistas o, más genéricamente, fascistas, parecen no reparar en algo muy obvio y que les toca muy de cerca.

Porque en España fueron los nacionalismos catalán y vasco, que nacieron en las regiones más avanzadas industrialmente a finales del siglo XIX, los que elaboraron, de la mano de sus elites autóctonas, un pensamiento calcado al de las extremas derechas actuales. Sólo que en lugar de aplicárselo a los inmigrantes musulmanes, se lo aplicaron a los españoles que llegaban a sus tierras llamados por las necesidades de la primera industrialización. Una industrialización que ofrecía puestos de trabajo más estables y mejor remunerados que los de sus depauperadas regiones del interior y del sur de España.

Los padres fundadores de los nacionalismos catalán y vasco actuaron exactamente igual que los defensores actuales del Gran Reemplazo, con quienes compartían incluso precursor (Maurice Barrès), pero con dos diferencias importantes.

La primera, que Maurice Barrès nunca habría simpatizado con ellos, ya que sentía una admiración sin reservas por lo español, como atestiguó con su libro El Greco y el secreto de Toledo.

La segunda, que los nacionalistas catalanes y vascos aplicaron la teoría del Gran Reemplazo a sus propios compatriotas. Esos que llegaron masivamente a sus regiones a finales del siglo XIX y durante el primer tercio y los años 50 a 70 del siglo XX. Gente con la que (y he ahí la sangrante paradoja) venían compartiendo historia e identidad común desde hacía cinco siglos, por lo menos.

Para el caso vasco, qué se puede decir de Sabino Arana, el fundador del nacionalismo vasco, que no sepan ya los lectores de EL ESPAÑOL. Arana no pudo ser más explícito en la identificación de su proyecto con la teoría del Gran Reemplazo cuando identificó a los españoles que acudían al País Vasco así: “Los maketos. Esos son nuestros moros”.

En otro artículo llamado Efectos de la invasión, Arana dejó bien clara la necesidad de excluir al español recién llegado de toda presencia efectiva en la sociedad vasca. Para el padre del nacionalismo vasco, el problema era “el roce de nuestro pueblo con el español, que causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de inteligencia, debilidad y corrupción de corazón, apartamiento total, en una palabra, del fin de toda humana sociedad”.

En el caso catalán, y como explica Francisco Caja en su libro La raza catalana, el precursor de la teoría del Gran Reemplazo es Pompeu Gener, que defendía la preponderancia de lo catalán sobre lo español: “Nosotros que somos indogermánicos, de origen y de corazón, no podemos sufrir la preponderancia de tales elementos de razas inferiores, ni la de sus tendencias, y por tanto tenemos un orgullo en disentir de ellos, en diferenciarnos de tales mayorías”.

Otro teórico catalán coetáneo de Gener, Hermenegild Puig y Sais, advierte en 1915 que “la invasión producida por el desequilibrio económico y demográfico ha de producir naturalmente efectos étnicos, una degeneración de nuestra raza, que nosotros debemos de empeñarnos en conservar pura, y hasta hemos de sublimar sus cualidades características”. También da una posible solución: “Guardémonos para nosotros las funciones de guía procurando una natalidad fuerte”. En aquel momento, todavía se asociaba el mantenimiento del poder con la cuota demográfica.

Hoy vemos que dicha cuota ni siquiera es necesaria porque el elemento autóctono, tanto en Cataluña como en el País Vasco, y a pesar de ser inferior en número al de la inmigración y el mestizaje, controla cómodamente la gestión de su identidad. Lo ha hecho obligando a asumir al componente inmigrado y mestizo, mayoritario, que lo normal es desprenderse de su identidad de partida y asumir la de llegada.

Lo ha hecho con la comprensión y el apoyo, impagables, de las elites políticas madrileñas, tanto de izquierdas como de derechas.

La inferioridad del elemento autóctono catalán y vasco es evidente. Pero a nadie le interesa reconocerla. Artur Mas, durante una entrevista con Jordi Évole el 2 de febrero de 2014, lo reconoció de forma palmaria: “El 70% de los partidarios de la independencia en Cataluña son inmigrantes o hijos de padre o madre inmigrante”.

Para el caso vasco, es bueno consultar el clásico de José Aranda Aznar La mezcla del pueblo vasco, donde da la proporción de 50% de vascos con los dos primeros apellidos castellanos, 30% con uno castellano y otro vasco y solo 20% con los dos apellidos vascos. Y esto era en 1998. Seguro que hoy la proporción de los dos primeros es todavía mayor.

Los nacionalismos vasco y catalán fueron los precursores españoles de la teoría del Gran Reemplazo desde su mismo origen como movimientos políticos, allá por finales del siglo XIX. Y las elites centrales han respondido privilegiándoles a costa de las mayorías españolas que viven en dichos territorios. Mayorías sometidas por la imposición de una identidad autóctona minoritaria.

Pedro Chacón es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV/EHU.

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