El gran riesgo de Zapatero

Por Enric Sopena, periodista (EL MUNDO, 26/01/04):

La primera vuelta de las últimas presidenciales francesas propició una sorpresa mayúscula. Lionel Jospin, primer ministro del Gobierno de izquierdas -de la izquierda plural-, fue apeado de la carrera final hacia El Eliseo, rebasado en votos por Jean-Marie Le Pen, líder de la extrema derecha gala. El gran beneficiario de tan asombroso episodio -que ninguna encuesta vaticinó- fue Jacques Chirac, el jefe de la derecha clásica, de raíz gaullista, quien sumó los sufragios propios y de las diversas izquierdas, cuyos militantes o simpatizantes cerraron filas con el fin de apartar la ominosa sombra del neofascismo. Jamás un presidente de la V República obtuvo en la segunda vuelta tan alto porcentaje de votos como Chirac, el cual, sin embargo, había conseguido sólo por los pelos superar el escollo de la primera.

Jospin fue un político honesto, eficaz, sobrio, alejado de cualquier atisbo de escándalos. Consecuente con su ideología hasta el límite de lo que es posible en la Europa actual, se hallaba muy distante de las cabriolas neoliberales de Tony Blair, su colega británico.Condujo con más aciertos que errores un Gobierno de coalición -integrado por socialistas, comunistas, verdes y nacionalistas (franceses) de izquierdas- y, asimismo, fue capaz de cohabitar, no sin broncas perceptibles, con Jacques Chirac, presidente ya de la República. ¿Qué sucedió para que Jospin ni siquiera pudiera concurrir como candidato a Jefe de Estado en la segunda vuelta?

En aquel tiempo se publicaron elucubraciones, conjeturas y ensayos más o menos brillantes. Pero una circunstancia descollante quedó clara. A Jospin le falló de forma estrepitosa el voto útil. Los votantes de la izquierda -incluidos no pocos socialistas- se confiaron. No importa -debieron de pensar- que, en esta ocasión, nos dejemos llevar por un cierto romanticismo y votemos por cualquiera de las candidaturas trotskistas -a la postre, Jospin había sido también trostkista-, por el PCF, o, en plan patriota, por Jean-Pierre Chevènement, definido en El Nouvel Observateur como «este ovni venido de la izquierda que ha hecho su nido en la derecha». Sepa Jospin que su política, correctamente orientada en no pocos aspectos, nos desencanta. En la segunda vuelta -añadían-, ya le apoyaremos.

Algo parecido, mutatis mutandi, por supuesto, le viene sucediendo al PSOE en España. Le falla el voto útil. Pudo comprobarse en los comicios municipales de mayo. Es cierto que los socialistas vencieron al PP por más de 100.000 votos. Pero esta cifra estuvo muy por debajo de las previsiones generadas tras la huelga general, el Prestige y la maldita Guerra de Irak. Para reflexionar con cierta solidez acerca de este triunfo raspado conviene subrayar, desde luego, un dato relevante: hacía 10 años, nada menos, que el PSOE no ganaba. Sus seguidores estuvieron condenados durante una década a rememorar, con comprensible nostalgia, «los gloriosos días de antaño», según la expresión del escritor Robert Graves en La historia de Marie Powell.

Y es preciso no olvidar que mayo suscitó una general sensación de fracaso en el conjunto de la izquierda, lo que se acrecentó luego como consecuencia de los desdichados sucesos -por ser benevolentes en la descripción- acaecidos en la Asamblea de Madrid. Del mismo modo, parece pertinente resaltar que si al PSOE se le sumaran los votos de las otras izquierdas o de formaciones radicalmente enfrentadas al PP -como el PNV, por ejemplo- cabría concluir que la diferencia en las urnas entre la derecha y sus principales adversarios fue bastante superior. Sólo con que una porción significativa, aunque no excesiva, de votantes de cada una de estas formaciones se hubiera decantado por los socialistas, en clave de voto útil, el margen entre éstos y el PP se hubiera agrandado hasta provocar inquietud en Génova 13.

Las elecciones catalanas certificaron una tendencia similar, ya adelantada en la ciudad de Barcelona con motivo de las mencionadas urnas de mayo, cuando el voto tradicional del PSC se dispersó parcialmente para satisfacción de los antiguos comunistas de Iniciativa y para que ERC iniciara su ciclo de euforia. Pasqual Maragall venció por la mínima en número de votos, perdió en escaños frente a Artur Mas y salvó, al fin, la cara gracias al pacto con Josep Lluis Carod-Rovira y Joan Saura. Si hubiera funcionado más el voto útil al PSC, la satisfacción de Iniciativa hubiera sido menor, el alborozo de ERC más contenido, pero el Gobierno de la Generalitat habría sido también tripartito, aunque probablemente sin la presión -legítima, por otra parte- de ERC, que guarda la llave de la gobernabilidad.

¿Explica todo lo anterior -al menos en parte- el inesperado órdago de José Luis Rodríguez Zapatero, prometiendo que únicamente será presidente del Gobierno si el PSOE resulta el partido más votado el 14-M? Es posible, pero quizá llegue el remedio demasiado tarde.Las opciones de Zapatero para acceder a La Moncloa son escasas.Ahora ha colocado, además, el listón mucho más alto. A criterio de encuestadores y expertos, lo ha puesto a una altura casi imposible.Romperle al sucesor la mayoría absoluta, conquistada por José María Aznar en 2000, no era -antes de ese compromiso- tarea sencilla, a pesar del diagnóstico de Manuel Martín Ferrand: «No es fácil ni probable que Rodríguez Zapatero gane, pero sí (…) posible, a la vista de los hechos, que Rajoy pierda». Sin embargo, ¿qué quiere decir perder?

Hasta ahora, la hipotética derrota del PP podía traducirse comúnmente así: 1) victoria de Rajoy en las urnas sin mayoría absoluta y 2) recuperación relativa del PSOE, con capacidad de incorporar a casi todas las minorías, salvo a CiU -como mínimo a priori-, puesto que la situación catalana lo dificulta enormemente. Pero el líder del PSOE se ha cerrado voluntariamente esta salida.¿Por qué? A falta de explicaciones más convincentes, habrá que repasar algunas especulaciones posibles. La respuesta, en negativo, podría ser la siguiente: Zapatero ha querido ponerse la venda antes que la herida. Dicho de otra forma: Zapatero, preocupado por los augurios, quiere concentrar al máximo el voto útil -bajo la amenaza de que, si no, seguirá irremediablemente gobernando el PP-, con el fin de que Rajoy no le inflinja una goleada inapelable, como la de Aznar a Almunia, y su continuidad como líder del PSOE no peligre. Al fin y al cabo, ni Felipe González ni Aznar alcanzaron la Presidencia del Gobierno a la primera, sino a la ¡tercera oportunidad!

La respuesta en positivo sería doble. Por un lado, porque Zapatero creería de verdad, o se lo habrían hecho creer así sus consejeros, que la situación electoral no es tan mala para él, como la mayoría piensa. Opinaría que exigiendo un triunfo previo en las urnas, habría milagro, se removerían las aguas de la ilusión, se multiplicaría el voto útil y llegaría a presidente no por el canto de un euro -entre apreturas, escalofríos y alianzas complicadísimas-, sino con cierta comodidad. Por el otro, ¿qué ocurriría, en el supuesto de que Rajoy -una vez que el Rey le encargara formar Gobierno por ser el PP la fuerza más votada- no consiguiera sumar en la ronda de consultas el número necesario de diputados? ¿Argumentaría entonces Zapatero que él ya habría cumplido su promesa, después de asistir -como espectador, eso sí, privilegiado- al espectáculo de Rajoy solicitando apoyos imposibles? Alfredo Pérez Rubalcaba asegura que Zapatero no aceptaría ni así encabezar el Gobierno.¿Habría que convocar, por tanto, nuevas elecciones? ¿No constituiría, el empecinamiento de Zapatero, un ejercicio poco justificable de irresponsabilidad política?

Las secuencias reseñadas se asemejan más a un relato de ciencia-ficción que a un análisis político. Pero que nadie se sumerja en el estupor.¿Quién en julio de 1976, cuando el Rey, gracias a la influyente intermediación de Torcuato Fernández Miranda, designó presidente a Adolfo Suárez, no hubiera suscrito el famoso artículo de Ricardo de la Cierva titulado «¡Qué error, qué inmenso error!»? ¿Quién hubiera creído, por cierto, que el Príncipe de España, heredero de la Corona dictatorial, acabaría siendo el Rey de la democracia, enaltecido desde la izquierda y mirado incluso con recelo por la derecha de toda la vida? Apenas nadie, tras el veredicto electoral de 1996, que contradijo el aluvión de encuestas que pronosticaban una corrida a pelo de González, hubiera apostado por los ocho años de Aznar en La Moncloa. La derrota fue, al fin, amarga para el PSOE y la victoria especialmente dulce para el PP. Hace poco todos, incluidos los protagonistas, coincidían repecto a Cataluña.Había sido lógica la alegría de Artur Mas la noche del 16 de noviembre. La coalición entre CiU i ERC parecía cantada.

O sea, que hasta que no se conozca el recuento de los votos el 14 de marzo y, más aún, hasta que el nuevo presidente no sea investido -mejor no pensar, por pura higiene mental, en los tamayos de turno- este partido no ha de darse aún por ganado o por perdido.Rajoy sale como favorito, pero no siempre el Madrid galáctico vence a su rival, sobre el papel bastante más débil. Zapatero ha pasado de la cautela al riesgo. Como apunta El Siglo, de Bambi a Gladiator. ¿Riesgo excesivo el asumido con su compromiso por Zapatero? No hay para tanto. En suma, y como señala también Robert Graves: «¡Recordad que quien sopla el carbón con la boca no debe extrañarse si algunas chispas le saltan a la cara!».

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