El gran tea party norteamericano

¿Quiénes eran esos norteamericanos que agitaban banderas, vitoreaban, gritaban, cantaban y rezaban que se reunieron en Washington DC el último sábado de agosto en una concentración para “restablecer el honor” de EE. UU.? Esta juerga de patriotismo libre de impuestos fue ostensiblemente no partidaria (de lo contrario, no podría haber sido libre de impuestos). El principal organizador y orador fue Glenn Beck, el presentador de radio y televisión populista de derecha, que prometió restaurar no solamente el honor de la nación, sino también los “valores norteamericanos”.

La otra estrella fue Sarah Palin, la querida de las multitudes populistas del tea party,que comenzó por rendir respeto a Martin Luther King jr. ya que fue allí, en ese mismo lugar y en esa misma fecha de 1963, donde él pronunció su discurso “Tengo un sueño”. Palin hizo un extenso discurso celebratorio sobre el heroísmo de los soldados estadounidenses que “pelean por la libertad” en el extranjero.

Pareció una transición extraña – y, para muchos, ofensiva-: de la gran petición de King por los derechos civiles a los clichés sentimentales de Palin sobre el ejército. El tea party, último brote de populismo norteamericano, está financiado por algunos hombres extremadamente ricos, entre ellos un par de multimillonarios petroleros llamados David y Charles Koch, que están a favor de recortar los impuestos para los súper ricos y abolir los subsidios del Gobierno para los pobres, como la Seguridad Social o el plan de atención médica de Obama.

Pero ¿quiénes son todas esas personas que vitorean fervorosamente por el sueño del multimillonario, justo en el mismo día del aniversario del discurso de Martin Luther King? Estaban casi uniformemente vestidas de blanco, eran básicamente de mediana edad para arriba y, en su mayor parte, la riqueza les era ajena.

La mayoría no tiene título universitario. Muchos dicen tener miedo de perder sus empleos. Sin duda a varios de ellos les costaría mucho pagar los costos astronómicos de las facturas de atención médica en EE. UU. sin asistencia del Gobierno. Es decir, se beneficiarían de los programas financiados por el Estado que los patrocinadores del ´tea party´ quieren abolir.

Y sin embargo, allí estaban, acusando de “socialismo” a la legislación de atención médica de Obama, o a un mínimo aumento de los impuestos para el 1% más rico de la población. Para ellos, “socialismo” significa “europeo”, o simplemente “no norteamericano”. A diferencia de los patrocinadores del movimiento, las multitudes que cantan “¡USA! ¡USA!” no parecen motivadas por el interés económico.

El populismo en todas partes está impulsado por el miedo y el resentimiento: miedo a no tener poder, estatus o privilegios, y resentimiento frente a quienes – las élites liberales educadas, los extranjeros que supuestamente nos quitan nuestros empleos y los musulmanes, judíos, negros o inmigrantes ilegales-parecen disfrutar de beneficios no merecidos. Los norteamericanos rurales, que viven en vastas planicies, desarraigados y aislados del mundo exterior, tienen una historia de expresar su anhelo de comunidad e identidad mística reuniéndose en gran número en iglesias y carpas, escuchando las grandes sentencias de mercachifles carismáticos. Sarah Palin y Glenn Beck son herederos de una larga lista de oradores y políticos que hicieron fortunas agitando a las masas ansiosas, prometiéndoles el Paraíso en la Tierra o un lugar en el Cielo.

Parte de la especialidad de estos demagogos consiste en combinar patriotismo, libertad y Dios. Este es el mito de EE. UU., la tierra de los libres bendecida por Dios. Detrás de las palabras del orador “no partidario” que pronunció Beck sobre restablecer el honor y los valores estadounidenses había un mensaje que todos en la multitud entendían: los elementos no-norteamericanos como las élites liberales de Nueva York y Washington, los demócratas y otros socialistas sin Dios habían robado a Estados Unidos su honor y sus valores.

Tras el acto, Beck dio una entrevista, en la que criticó a Obama por tener las creencias religiosas equivocadas. Obama, dijo, cree en la “teología de la liberación”, lo cual significa que debe ser “un socialista”, y por ende un no-norteamericano. Eso es también a lo que Palin se refiere cuando dice a sus multitudes del ´tea party´ que son los “verdaderos norteamericanos”, dando a entender que todos los norteamericanos que no están de acuerdo con sus opiniones no lo son. Son extraños que no tienen derecho a gobernar el país.

El éxito del movimiento ´tea party´ pone nerviosos a muchos demócratas (y a algunos republicanos sobrios). Hay llamamientos para que los demócratas respondan. No es algo imposible. Los políticos demócratas también tienen una tradición populista. Hablar de Dios, libertad y nación no es algo exclusivo de los radicales de extrema derecha o de los republicanos. Roosevelt sabía cómo inspirar patriotismo entre los trabajadores. Kennedy era bueno vendiendo el sueño americano.

Barack Obama es de la zona urbana de Hawái pero tiene todos los dones retóricos de un orador a la antigua. Desafortunadamente, también tiene varias desventajas distintivas: fue educado en dos universidades de élite, su segundo nombre es Husein y su padre era negro. Cualquiera de estas características sería un estorbo en un momento de creciente populismo, pero la combinación de las tres es letal. El ´tea party´ – una agenda económica para los ricos enmascarada como la salvación de los norteamericanos blancos que temen a Dios-lo sabe demasiado bien.

Ian Buruma, profesor de Democracia y Derechos Humanos en el Bard College.