El gran viaje espacial

Una vez acabada la misión científica oficial de la Voyager 1 en 1980, cuando la nave ya se alejaba de Saturno, Carl Sagan hizo una sugerencia a la NASA para que la nave dirigiese su cámara hacia la Tierra y tomase una última imagen de nuestro planeta. El propio Sagan admitía en su propuesta que en esa imagen no se obtendría suficiente detalle para realizar un estudio científico, pero argumentaba que la imagen podría ser ilustrativa del lugar que ocupa el hombre en el universo. A pesar de que Sagan era una personalidad muy influyente, hubo una gran división de opiniones en la NASA sobre su propuesta. Mientras muchos miembros del proyecto Voyager 1 eran favorables a la idea de Sagan, otros argumentaban que dirigir las cámaras hacia la Tierra, vista desde la nave en una dirección próxima a la del Sol, podría poner en peligro los detectores. Así que la sugerencia de Sagan no se tomó en cuenta.

La misión Voyager había sido concebida por la NASA como dos sondas robóticas gemelas, la Voyager 1 y la Voyager 2, para la exploración de los planetas gigantes del sistema solar. Partieron de Cabo Cañaveral hace ahora 40 años: la Voyager 2 fue lanzada el 20 de agosto de 1977, y la Voyager 1 el 5 de septiembre. Las naves irían impulsadas por energía nuclear, pero además utilizarían el tirón gravitacional ejercido por los planetas gigantes, sobre todo Júpiter, para aumentar su velocidad. El seguimiento y control de las naves se realizaría en gran medida desde la estación que la NASA tiene en Robledo de Chavela.

A pesar de ser lanzada más tarde, la Voyager 1 fue lanzada con mayor velocidad y sobre una trayectoria más corta, optimizada para la visita a Titán, y es que Titán siempre ha tenido mucho interés para los astrónomos pues esta gran luna de Saturno tiene una atmósfera densa, líquidos sobre su superficie, y ciertas similitudes con la Tierra primitiva. Antes de Titán, la Voyager 1 debía visitar Júpiter y Saturno; mientras que la Voyager 2 iba más orientada al estudio de Urano y Neptuno. Comenzaba así un épico viaje que, tras cuatro décadas, ha conducido a la Voyager 1 al punto más alejado de nuestro planeta alcanzado por un artefacto humano.

La Voyager 1 comenzó a tomar fotografías de Júpiter en enero de 1979 y logró su máximo acercamiento al gigante gaseoso a principios de marzo de ese mismo año. Tomó un total de 19.000 fotos en 4 meses. Son unas fotografías deslumbrantes que nos muestran las bandas gaseosas, la gran mancha roja y todo un complejo sistema de tormentas anticiclónicas, con un maravilloso detalle. En un sobrevuelo del satélite Io descubrió su actividad volcánica. Esto fue una sorpresa enorme para los astrónomos: era la primera vez que se veían volcanes activos fuera de nuestro planeta. En la luna Europa encontró indicios de la existencia de grandes océanos subterráneos, otra gran conmoción. En noviembre de 1980, la Voyager 1 alcanzó Saturno y de allí nos envió esas maravillosas imágenes que nos muestran los anillos con un finísimo detalle. Pasó a continuación a unos 6.500 km. de Titán. La determinación de la composición de la atmósfera de esta gran luna mostró grandes diferencias con nuestra atmósfera actual. La de Titán es una atmósfera más densa, más masiva y más opaca, por lo que no se pudo fotografiar la superficie.

La Voyager 2 llegó a Urano en 1986, donde descubrió 10 lunas. Estudió la atmósfera del planeta, encontrando grandes cantidades de amoniaco y metano, lo que la distingue de las atmósferas de otros planetas gigantes. También descubrió el campo magnético de Urano, constatando además que éste está muy inclinado respecto del eje de rotación. En 1989, llegó a Neptuno y nos proporcionó unas imágenes fantásticas de este planeta que se encuentra 30 veces más lejos que el Sol.

La misión Voyager se previó inicialmente para cinco años, pero sus éxitos hicieron que la NASA decidiera prolongar la misión hasta hoy, donde el objetivo ha pasado a ser el estudio de los límites del sistema solar y del medio interestelar. En efecto, en septiembre de 2013 la NASA anunció que la Voyager 1 había alcanzado el espacio interestelar. Sin embargo, esto no significa que haya abandonado del todo el Sistema Solar, pues la Voyager 1 se encuentra ahora a unas 140 unidades astronómicas, esto es 140 veces más lejos que el Sol de la Tierra. El Sistema Solar no tiene un tamaño bien definido pero, para que nos hagamos una idea, la nube de Oort, donde se encuentran miles de millones de objetos que dan lugar a los cometas de largo periodo, se extiende hasta cientos de veces más allá que la posición actual de la nave. Pero el espacio en el que se encuentran ahora ambas naves es tan frío y oscuro como el espacio interestelar, ello nos permite explorar ahora cuáles son las características de este medio donde la acción del Sol ya no es apreciable, y en dos posiciones diferentes.

Como parte de la misión Voyager, la NASA encomendó a Sagan el diseño de un mensaje hecho con imágenes y sonidos, que fuese dirigido a posibles civilizaciones extraterrestres y que pudiese durar millones de años. El mensaje, conteniendo saludos en 59 lenguas, músicas de diferentes culturas y numerosas imágenes de nuestro planeta, fue grabado en unos discos de oro que fueron incluidos en las dos sondas Voyager. Naturalmente, la probabilidad de que otra civilización encuentre estos discos es extremadamente baja, pues las trayectorias de las Voyager no pasarán cerca de ninguna estrella en muchos miles de años, así que estos discos de oro no pueden considerarse como un intento realista de comunicarse con otras civilizaciones. Sin embargo, tal y como argumentaba Sagan, preparar este mensaje contribuía a tomar conciencia planetaria y demostraba un talante esperanzador sobre la vida en el planeta.

En 1989, cuando el proyecto Voyager estaba acabándose y su personal ya se estaba dispersando para acometer otros proyectos, Sagan renovó su petición de tomar una fotografía de la Tierra elevándola a las instancias más altas de NASA; Sagan insistía: si esa foto única no se tomaba entonces, se perdería la ocasión para siempre. Finalmente realizó la petición en persona al mismísimo Administrador de NASA, el piloto y astronauta Richard Trury. Y fue Trury quien intercedió para que se tomase la fotografía de la Tierra.

El 14 de febrero de 1990, tras 10 años de insistencia de Sagan, las cámaras de Voyager 1 se orientaron hacia la Tierra. En ese momento, la Voyager 1 se encontraba a unos 6.050 millones de km. de la Tierra (unas 40 veces más lejos que la Tierra del Sol). La Tierra solo resultó visible en tres de las imágenes (con filtros verde, azul y violeta) que fueron tomadas con tiempos de exposición de unas 5 a 7 décimas de segundo y que fueron combinadas para formar la imagen que es hoy mundialmente conocida como el Punto Azul Pálido.

En 1994, Sagan publicó su famoso libro Un punto azul pálido: una visión del futuro humano en el espacio, y a partir del libro, se hizo un vídeo que dio la vuelta al mundo. Tanto en el libro como en el vídeo, con su estilo habitual, emocionado y entusiasta, Sagan reflexiona sobre el lugar del hombre en el universo, relativizando los problemas al ponerlos en un contexto cósmico.

La idea de Sagan fue, y sigue siendo, muy inspiradora e influyente: la Tierra vista desde la lejanía, considerada como un objeto astronómico más, comunica eficazmente una idea de fragilidad que nos hace ponernos en nuestro sitio, un sitio insignificante a escala astronómica. Este punto azul pálido nos atrae de una manera yo diría que hipnótica. Y lo que nos atrae de este punto diminuto es la toma de conciencia de que todos estamos ahí, y de que ése es nuestro único hogar. La especie humana, la biodiversidad, la vida exuberante que se manifiesta por doquier en nuestro planeta, todo ello nos aparece desde esa perspectiva cósmica como una característica extremadamente delicada.

La Voyager 1 viajando a unos 61.000 kilómetros por hora, se encuentra ahora a unos 20.000 millones de km. de distancia, esto es, unas 140 veces más lejos que el Sol de la Tierra. Para que nos hagamos idea de esta enorme distancia baste decir que la luz tarda unas 20 horas en recorrerla. Se espera que la nave pueda seguir operativa enviando datos hasta los primeros años de la década 2020, cuando nos veremos obligados a ir apagando paulatinamente sus instrumentos hasta que hacia el año 2030 la sonda se apague definitivamente y perdamos todo contacto con ella. Pero aunque la sonda vaya apagada y sin energía, su viaje no habrá acabado y seguirá navegando a la deriva por el espacio interestelar. El espacio interestelar está increíblemente vacío, así que la Voyager 1 tardará unos 40.000 años en acercarse a una distancia de un año luz a una estrella: una bastante anodina de la constelación de Camelopardalis. Por su parte, la Voyager 2 necesitará 300.000 años para acercarse a 4,6 años-luz de la estrella Sirio.

Las maravillosas imágenes de los planetas gigantes y los datos tan novedosos proporcionados por las Voyager causaron una auténtica revolución en las ciencias planetarias. De hecho, poco a poco, hubo que reescribir todos los libros de texto de astronomía, introduciendo las nuevas y deslumbrantes imágenes de los objetos del sistema solar junto con las nuevas descripciones físico-químicas que se hicieron posibles gracias a los datos proporcionados por las Voyager. Pero además, las Voyager, gracias en gran medida a la intervención de Sagan, a los discos de oro y al Punto Azul Pálido, contribuyeron a crear en la humanidad una conciencia auténticamente planetaria. Desde entonces se desarrolló esta imagen de la humanidad como una gran familia viviendo en un pequeño planeta que va navegando por el inmenso espacio vacío, una imagen que cobra especial significado en estos días en que las ideas de separatismo están tan presentes. No me cabe ninguna duda de que las Voyager nos han aportado uno de los mayores tesoros de la historia reciente de la humanidad.

Rafael Bachiller, es director del Observatorio Astronómico Nacional y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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