El ‘Grexit’ y los cuatro tableros de Schäuble

¿Es verdad que Wolfgang Schäuble, el ministro de Finanzas alemán, quiere la salida de Grecia del euro, o simplemente ha utilizado esta amenaza como táctica negociadora para asustar a Alexis Tsipras? Para la mayoría de los analistas no hay duda. Schäuble quiere el Grexit. Prueba de ello es que lo lleva diciendo desde hace meses, e incluso se atrevió a plantearlo, por escrito, en el Eurogrupo celebrado los días 11 y 12 de julio que acordó el tercer rescate para Grecia, cuyos detalles están a punto de concretarse estos días. Esto le ha costado enormes críticas. A él y a Alemania.

De nuevo, desde el mundo anglosajón, pero también desde la izquierda europea, se dice que Alemania quiere dominar el continente, esta vez no por la fuerza, pero sí con su poder económico. Muchos alegan incluso que Schäuble ha matado la irreversibilidad del euro. Bajo esta interpretación, la jugada del Grexit le ha salido por la culata. Seguro que un europeísta como él lo último que quiere es que se rompa la zona euro y que le echen la culpa a Alemania.

ULISES
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Sin embargo, esta crónica de los hechos es un tanto simplista. No tiene en cuenta la complejidad de la tragedia griega. Bajo una interpretación alternativa, la estrategia del Grexit de Schäuble ha sido un éxito rotundo. En primer lugar es posible que Schäuble usase la amenaza como estrategia negociadora para asustar a los griegos. Schäuble, como jurista que es, sabe que Grecia no puede salir del euro en contra de la voluntad de su pueblo. Además, también tiene claro que para un Grexit se necesita un consenso en el Consejo, y era sabido desde el principio que Francia y Chipre se iban a oponer.

A mayores, Schäuble sabe que Angela Merkel se opone al Grexit, y por mucho que él tenga un peso enorme en el Gobierno alemán y la CDU, es difícil imaginar que forzase un Grexit sin el consentimiento de su jefa. O sea, cabe la posibilidad de que Schäuble estuviese jugando muy fuerte con los griegos a sabiendas de que la posibilidad de un Grexit era mínima. Si esto fuese así, su estrategia sería maquiavélica, pero genial.

Pero dejémonos de especulaciones y volvamos a la interpretación mayoritaria. Supongamos que Schäuble sí que cree (como dice) que Grecia estaría mejor fuera del euro. Esto iría con su carácter y su visión de una Europa unida. Desde los años 90 lleva diciendo que la mejor manera para conseguir la unión política es que un núcleo duro alrededor de Francia y Alemania avance hacia esa mayor integración. Para pertenecer a ese núcleo se necesita tener un espíritu europeísta, ser una economía competitiva, con cuentas saneadas y con una administración competente. Está claro que hoy por hoy Grecia no reúne estas condiciones.

Aun así, incluso bajo este análisis, Schäuble ha logrado una jugada maestra. Lo primero que hay que entender es que este abuelo de la política alemana y europea no juega sólo en un tablero, sino en cuatro a la vez. El primero se centra en negociar con el Gobierno griego. Aquí ha logrado lo que quería. El acuerdo técnico acordado estos días entre el Gobierno heleno y los acreedores así lo demuestra. La terapia de Grexit de Schäuble ha propiciado lo inimaginable. Ha conseguido que Tsipras haya eliminado a todos aquéllos que querían un Grexit (incluido Varoufakis), que haya aceptado las duras condiciones del tercer rescate –y el memorándum de entendimiento asociado al mismo–, y, quizá lo más importante, que por primera vez la clase política griega haya abandonado los juegos partidistas y se haya unido para salvar a la nación.

Este tercer rescate, el más duro de todos, es el que ha contado con más respaldo en el Parlamento heleno. Esto es muy significativo. Además, según varias encuestas, el 70% de los griegos quiere quedarse en el euro y un porcentaje muy similar está de acuerdo en que sus representantes voten a favor del nuevo rescate. A veces es necesario echar una buena mirada al abismo parar darse cuenta de lo que uno puede dejar atrás si se lanza a lo desconocido. Para Schäuble, la jugada está clara. Grecia tiene una tercera oportunidad para demostrar que está dispuesta a hacer las reformas que se le piden y convertirse en una economía moderna merecedora de estar en el núcleo duro del euro. Si no lo consigue, siempre estará el plan B: el Grexit.

El segundo tablero es la política interna alemana. Hace dos meses todo el mundo sabía que Grecia necesitaba un tercer rescate, pero nadie se atrevía a asegurar que iba a ser aprobado por el Bundestag. La mayoría de los alemanes están cansados de la actitud desafiante de los griegos. Piensan que les están tomando el pelo. No entienden cómo pueden tener la vergüenza de pedir más dinero (sin corbata) y, al mismo tiempo, llamarles opresores, colonialistas, e incluso terroristas. Muchos se oponen a tirar más dinero a un pozo sin fondo.

Pues bien, la actitud dura de Schäuble ha hecho que el Bundestag esté a punto de aprobar un rescate de cerca de 90.000 millones de euros. Ahí es nada. Es más, los alemanes han empezado a aceptar con una mezcla de irritación y resignación que estamos en una unión de transferencias. Saben que buena parte del dinero no volverá, pero entienden que si éste es el precio que hay que pagar para mantener a Europa unida, pues que así sea. Eso sí, si los griegos no hacen los deberes, ya no habrá un cuarto rescate.

El tercer tablero es la relación bilateral entre Alemania y Francia. Muchos han criticado a Schäuble de tensar la cuerda demasiado con su insistencia en el Grexit. Puede ser, pero también aquí Schäuble ha salido ganando. Durante años ha sufrido al ver que Francia no se tomaba la integración europea en serio. En numerosas ocasiones ha propuesto caminar hacia la unión política y la respuesta de París ha sido siempre negativa. Con la terapia de Grexit esto ha cambiado. Milagrosamente, días después del Consejo de julio, el presidente François Hollande propuso la creación de un Gobierno, con su ministro de Finanzas, y un Parlamento de la zona euro. Éstas son palabras que algunos pensaban que nunca iban a escuchar de la boca de un presidente de la Grande Nation.

Finalmente, el último tablero es el de la opinión pública europea, que hasta la tragedia griega casi no existía. Había opiniones nacionales europeizadas, pero una opinión pública como tal, no. La crisis griega ha cambiado algo el contexto. Nunca antes a habido tanta gente informándose y opinando sobre la Unión Europea. Esto es positivo. Una unión política sólo será posible si hay un demos europeo. Con su postura dura y a favor del Grexit, Schäuble ha animado todavía más el debate. Por fin la UE levanta pasiones. Para algunos la actitud dura del centro y este de Europa y los reproches vertidos desde el sur hacia Alemania significan el principio del fin del sueño europeo de la convivencia armoniosa.

Para otros, sin embargo, éste es el primer paso hacia una mayor politización del proceso de integración europea. Como es bien sabido de las democracias nacionales, la política no es un foro donde todo el mundo está de acuerdo. Todo lo contrario, está llena de disputas ideológicas, tensiones partidistas y conflictos de intereses que generan contestación. Schäuble lo sabe bien, lleva 40 años en política, y ha visto y sufrido de todo. Las críticas que ha recibido estas semanas no le afectarán. Sabe que su actitud ha dividido a Europa en un lado más conservador, que le apoya, y otro progresista, que lo odia. Pensará: acepto el papel de villano si a cambio la socialdemocracia se toma de una vez por todas en serio la integración europea. Sólo así conseguiremos la unión política.

Miguel Otero Iglesias es investigador principal del Real Instituto Elcano.

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