El grito de Dios

El dolor es una de las más profundas y misteriosas experiencias humanas. Ante el dolor, físico o espiritual, levantamos la vista hacia Dios. Y solo esto ya otorga un gran valor al sufrimiento humano. Sin embargo, es frecuente referirse al silencio de Dios ante el dolor de los inocentes, ante los campos de exterminio, ante la muerte de los niños, ante la enfermedad, la tortura y el hambre. ¿Por qué calló? ¿Por qué permitió? ¿Por qué calla? ¿Por qué permite? ¿Pue-de ser ese un Dios omnipotente y, alavez, absolutamente bueno? Dolor humano y silencio de Dios.

Tal vez la primera observación que quepa hacer consista en negar que todo sea malo en el sufrimiento. Miguel de Unamuno decía que en el dolor nos hacemos y en el placer nos gastamos. Y Beethoven, creo que en la partitura de la Novena, escribió: «A la alegría por el dolor». Al final de la «Barcarola» de los cuentos de Hoffmann, de Offenbach, se canta: «El amor nos hace grandes, y el llanto aún más». La verdad nos hace libres, y el dolor grandes. Nadie ha sido más grande que Jesús abandonado en Getsemaní y luego clavado en lo alto del Gólgota.

El dolor ajeno nos mueve a la compasión, nos conmueve. El propio nos modela. El dolor es la forja del alma. No se puede esculpir sin dar golpes con el cincel. Cabría decir, parafraseando a Nietzsche, que un hombre vale en la medida de la cantidad de dolor que es capaz de soportar. Nada de esto significa que debamos buscar el dolor. No. Debemos evitarlo. Es un mal, pero repleto de cosas buenas. El dolor es un mal, pero sus consecuencias son casi siempre beneficiosas.

En este sentido, debe leerse el excelente ensayo El problema del dolor, de C. S. Lewis, si estoy en lo cierto, uno de los más grandes escritores del siglo XX. Su tesis central es que Dios nos grita en el dolor. Dios no calla mientras sufrimos. Habla, incluso grita, precisamente a través de nuestro dolor. Lo que nos duele es la voz aguda de Dios que nos llama. Y nosotros, ignorantes, soberbios y sordos, aún hablamos de silencio de Dios… El dolor es el grito de Dios. Y habría que decirle a Él: «Gracias, Dios mío, por el dolor que me envías, pues con él me has salvado». Él nos salvó con su dolor y nos continúa salvando con el nuestro.

El bien del hombre consiste en entregarse a Dios. Pero esto resulta extraordinariamente difícil. Solo el bien puede proporcionar la felicidad. Por eso la desgracia es tan frecuente. Los felices son siempre pocos, pues pocos son los capaces de entregarse totalmente a Dios. Escribe Lewis: «No somos meras criaturas imperfectas que deban ser enmendadas. Somos, como ha señalado Newman, rebeldes que deben deponer las armas. La primera respuesta a la pregunta de por qué nuestra curación debe ir acompañada necesariamente de dolor es, pues, que someter la voluntad reclamada durante tanto tiempo como propia entraña, no importa dónde ni cómo se haga, un dolor desgarrador».

El primer principio de la educación consiste en «quebrar la voluntad del niño». Esto se puede hacer bien o mal, con suave firmeza o con sórdida crueldad. Pero debe hacerse, pues sin ello no hay educación. El hombre no se ve obligado a quebrar su voluntad para entregar-la a Dios mientras las cosas le van bien. El error moral viaja enmascarado y muchas veces no lo advertimos. El dolor, por el contrario, es transparente, nos asalta sin careta, nunca engaña. Nada apresa nuestra atención y absorbe nuestra conciencia como el dolor; ni siquiera el amor.

Escribe Lewis: «El dolor no es solo un mal inmediatamente reconocible, sino una ignominia imposible de ignorar. Podemos descansar satisfechos en nuestros pecados y estupideces; cualquiera que haya obser vado a un glotón engullendo los manjares más exquisi-tos como si no apreciara real mente lo que come deberá admitir la capacidad humana de ignorar incluso el placer. Pero el dolor, en cambio, reclama insistentemente nuestra atención. Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo. El hombre malo y feliz no tiene la menor sospecha de que sus acciones no “responden”, de que no están en armonía con las leyes del universo».

El dolor puede ser también el despertador de la fe. Dice un personaje del «Cuento de invierno» de Shakespeare: «Es necesario que despiertes tu fe. Entonces todo queda en calma». En el fondo, la posibilidad de perfeccionarse a través de las tribulaciones forma parte de la vieja doctrina cristiana.

Es cierto, como reconoce Lewis, que el dolor como megáfono de Dios puede ser algo terrible y conducir a la rebelión definitiva y a la desesperación, pero también puede ser la única oportunidad del malvado para enmendarse y, por lo tanto, salvarse. San Agustín nos enseñó que el alma solo puede ser feliz cuando descansa en Dios, porque Él nos ha hecho para sí. En eso consiste ser criatura. Dice también san Agustín que Dios nos quiere dar cosas, pero no podemos tomarlas porque tenemos las manos llenas de otras cosas. En este sentido el dolor es el manotazo que nos arrebata lo que más queremos, pero para que podamos recibir lo único que puede hacernos felices: la entrega total a Dios. Y esta entrega total no es posible sin el dolor. Así, tenía razón Beethoven: «A la alegría, por el dolor». Y si alguien piensa que todo esto es una apología del dolor y del masoquismo, solo le pediría que pensara un poco más.

Por otra parte, imaginémonos un mundo sin dolor. Un mundo así se vería privado de la mayor parte de las cosas buenas. Para empezar, sería un mundo sin compasión y sin heroísmo, probablemente un mundo sin mérito moral. Pense-mos en acciones realmente ejemplares. ¿Cuántas de ellas se habrían realizado en un mundo sin dolor? Como afirma Lewis, « e l dolor proporciona una oportunidad para el heroísmo que es aprovechada con asombrosa frecuencia».

El dolor no testimonia en contra de la bondad divina. A veces podemos tener la impresión de que a Dios se le ha ido la mano y de que tal vez hubiera bastado con una terapia más suave, pero para que tengamos las manos vacías debe quitarnos todo o, al menos, lo que más amamos. Una vez cumplida su función terapéutica, Dios nos puede devolver algo o mucho de lo que teníamos, incluso todo. Pero entonces ya lo poseeremos de otra manera, a la manera de la criatura, a la manera feliz. La ilusión de la autosuficiencia humana solo puede quebrarse mediante el sufrimiento. El dolor es el último recurso de Dios para hacernos verdaderamente felices, es decir, buenos y sabios, y salvarnos. El dolor es el grito de Dios.

Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía del Derecho.

5 comentarios



  1. Estimado Colega:

    Tras la lectura de su artículo no puedo resistirme a realizar una serie de consideraciones sobre el Dios que, seguramente por su formación agustiniana, intenta presentarnos. Lo conozco muy bien: es el Dios del Antiguo Testamento -por cierto, no de todos sus Libros, pues Jahvé, como bien sabrá, es en unos presentado como Dios colérico y celoso, ávido de sangre (no voy a entrar ahora en la correcta exégesis, por ejemplo, del Pentateuco), y en otros como Dios misericordioso, lento a la ira y pronto al perdón (como el Libro de los Salmos), que no quiere sacrificios y holocaustos, sino para Quien el mejor sacrificio es un espíritu quebrantado y humillado, que el Señor nunca desprecia (Sal 51, 17).

    Sin descuidar aspectos muy lúcidos y en parte verdaderos de su artículo, considero sinceramente errónea su visión del Dios-Dolor, en gran medida incompatible con la del Dios Amor predicado por Jesucristo. Como Ud. nos explica, ante un Dios que hace del dolor infligido al hombre el “instrumentum santificationis” por excelencia -sin importar su culpa, puesto que Ud. justifica, y a un más, intenta, a mi juicio sin éxito, integrar sistemáticamente en el plan divino el mal sufrido por niños inocentes-, prácticamente la única vía de salvación, la influencia agustiniana se hace patente; influencia cuyo pesimismo existencial habría llevado a Lutero, siglos más tarde, a apartarse de la Iglesia Católica y a comenzar la Reforma, con su pesimismo cuasi determinista, que intenta muchas veces negar valor al Sacrificio de Cristo, por cierto, el único por el que nos salvamos, si Ud. lee el Evangelio. A mayor abundamiento, el silencio de Dios, como Ud. sabrá, es un concepto que nace y es sentido profundamente en algunas Iglesias reformadas de origen luterano, especialmente en las Iglesias evangélicas escandinavas. Unamuno, que Ud. cita, con su conocimiento de Kierkegaard -por cierto, pensador heterodoxo en su Iglesia de origen-, une su tan hispánico “sentimiento trágico de la vida” para acercarnos a su preocupación existencial del “silencio de Dios”.

    Hablemos entonces del dolor dentro del plan divino. Ud. parece muy influido por el Libro de Job y, en este sentido, tras incurrir en una falacia de petición de principio -pues sólo se puede, utilizando su expresión, “quebrar la voluntad” desde una decisión voluntaria-, incurre en una falacia de composición, falacias que Ud., como filósofo del Derecho, conocerá muy bien. Pero volvamos a su “razonamiento” teológico. Afirma Ud. que “El hombre no se ve obligado a quebrar su voluntad para entregarla a Dios mientras las cosas le vayan bien”. Cierto en algunos casos. No creo son embargo que esto se extrapolable a todos los hombres ni a todas las épocas; ni siquiera a todos los santos. Es cierto que un recorrido muy semejante se ha dado en muchos santos (San Pablo, el propio San Agustín, y en todos aquellos que se han convertido a Dios tras vías disolutas; la parábola del Hijo pródigo que regresa a la Casa del Padre contenida en Lc 15 es precisamente un bellísimo relato condensado de la caída, vuelta y perdón del hombre con el que puede resumirse la historia soteriológica de la Humanidad, relatada por el mismo Redentor). Pero no resulta siempre un camino mejor ni, mucho menos, necesario. La historia está llena de santos que, vencedores de la prueba y del dolor que conlleva, han merecido -a través del Sacrificio redentor de Jesucristo-, la salvación, o así debemos suponerlo los católicos. El dolor sólo cobra sentido tras el Sacrificio redentor de Cristo en la Cruz, y es éste el dolor que santifica, tras la caída del hombre y el Sacrificio de Cristo -y es este punto el que me parece importante destacar del dolor o del sufrimiento, no el dolor en sí en el que “gritaría Dios”, casi al modo desgarrador con que lo hizo en la Cruz con la expresión “Eli, Eli, lanma sabactani, dolor que, como Ud. mismo reconoce, es un mal-. Así, más bien creo que el dolor que purifica y conduce a la salvación es el que provoca la aceptación de la cruz con la que Jesucristo nos invita cargar a cada uno, sea cual sea, a imitación -que no equivalencia- Suya (“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga, Lc 9, 23”). Es la Cruz de cada día, no la Suya, la que el Maestro nos invita a cargar. Y cada cual tiene la suya, no porque sea “enviada” por Dios a modo de castigo, sino porque las cruces permanecen en el mundo como secuelas del pecado. Y por supuesto que el Maestro nos acompañará siempre en ese camino, conforme a Su promesa, pues “yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Es verdad que, a veces, Dios puede “llamar a parte”, como lo hizo a sus discípulos, a cualquiera de nosotros para que recapitulemos sobre la verdadera jerarquía de valores que debe regir nuestras vidas, por medio del sufrimiento, pero para que descubramos, por ejemplo, que ha sido nuestro mal moral -nuestra idolatría, nuestra inmoderación-, lo que ha llevado a una ruina física perceptible por los hombres. De todo eso Dios, en su infinita Providencia, puede y quiere prevenirnos si nosotros nos abrimos a su voz y le dejamos espacio en nuestro corazón. Sin embargo, con la insistencia -Ud. dice que no es una apología, pero si no lo es le falta muy poco-, sobre el poder del dolor, recuerda Ud. más al Satanás del Libro de Job que a Jesucristo, el Hombre Nuevo, como lo definiría San Pablo, para Quien hay un tiempo para todo, para gozar y para sufrir, Quien no dudaba en sentarse a la mesa y comer y beber con publicanos, Quien invitaba a cenar a los pecadores y no parece que practicara -excepto en su retirada al desierto- una ascesis extrema, como sí practicaba su predecesor Juan el Bautista, de la secta judía de los esenios. A Jesús lo que realmente parece importarle, según el relato evangélico, es la actitud del corazón, y en esto parecen estar de acuerdo tanto el Evangelio de San Juan (conocido también por su merecido nombre de Evangelio del Amor), como los sinópticos.

    Por el contrario, parece que Ud. se ha quedado anclado en el AT y en concreto, en el modelo de Job, el cual, además, no ha sabido interpretar bien, dicho sea como el mayor respeto. Satanás, como nos recuerda el relato bíblico, tras darse una vuelta por el mundo, sube al trono de Dios con el resto de los ángeles: “Un día fuero los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satán. El Señor le preguntó: – ¿De dónde vienes? El respondió: – De dar vueltas por la tierra. El Señor le dijo: ¿Te has fijado en mi siervo Job, es un hombre justo y honrado, religioso y apartado del mal. Y Satán le respondió: ¿Y crees que su religión es desinteresada? ¡Si tú mismo lo has cercado y protegido, a él, a su hogar y todo lo suyo! Has bendecido su trabajo, sus rebaños se ensanchan por el país. Pero tócalo, daña sus posesiones, y te apuesto a que te maldice en tu cara. El Señor le dijo -Haz lo que quieras con sus cosas, pero no le tocarás la vida. Y Satán se marchó” (Jb 1, 6-12). El resto de la historia es bien conocida. Job permanece fiel al Señor (“El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea Su santo nombre”). Al final Dios, tras haber permitido que Satán le quitara todo -incluidas su mujer, sus hijos, su salud-, le reestablece en todo su honor vejado por Satán y le da el ciento por uno de sus bienes, incluidas nueva mujer e hijos.

    Aunque esto sea Historia Sagrada, ésta evoluciona hasta la llegada de Jesucristo, el Redentor del Hombre, para, en la culminación de los tiempos, no sólo devolver al hombre su primitiva libertad que había perdido por el pecado de Adán, sino para darle gratis algo mucho más valioso: la libertad de ser Hijo de Dios por adopción. Y Ud., querido colega, parece que se ha quedado en las valiosas, pero incompletas, enseñanzas del Libro de Job.

    Como he dicho antes, Jesús no fue un asceta principalmente. Fue una Persona que llevó un mensaje de esperanza y de Amor a todos los hombres que no estuvieran cegados para aceptarlo. Y no sólo cegados por el dinero y por los bienes materiales, sino por el orgullo o la soberbia de los fariseos, que no supieron reconocer en Él al Hijo del Hombre. A diferencia de Juan el Bautista, no costa que practicara intensas privaciones y autoflagelaciones para alcanzar un fin divino, hasta que llegó su hora. El Evangelio está lleno de pasajes en los que Jesús pudo morir como consecuencia de la ira de los fariseos o de las turbas y se zafó de ellos, pues no había llegado su hora. La hora de ofrecerse a sí mismo por Amor, pues Él mismo es Amor, otorgándonos, como Él mismo había ya anunciado, ese morir a una vida estéril y un renacimiento para Dios, como diría San Pablo: la vida eterna y la Resurrección. No es el dolor el que mueve a Jesús, y como mal, no quiere que éste sea el que mueva a sus discípulos, aunque Él les prevenga que para llevar a cabo su misión habrán de soportar y padecer grandes tribulaciones, pues el mundo en el que sus discípulos se iban a mover no estaba regido precisamente por el Amor y la comprensión. En buena parte como el mundo actual. Es ése el lugar que hay que dar al sufrimiento cristiano, que cobra así su sentido. No se trata de coger cualquier cruz para darse cuenta de nuestra infelicidad, como Ud. parece sugerir, sino de estar dispuesto a coger cualquier Cruz por Jesús. Porque Dios, como Bondad infinita, no es dolor, sino Amor (1 Jn 4, 8). Como Ud. advierte en su entusiasta glosa al libro de C. Lewis, “el dolor como megáfono de Dios puede ser algo terrible y conducir a la rebelión definitiva”. Aquí debo leer impenitencia final; pregunta: ¿se jugaría Dios nuestra salvación eterna al contemplar la posibilidad de que cometiésemos el clásico pecado imperdonable contra el Espíritu Santo, con su acción directa, de ponernos ante una encrucijada que más bien parece más próxima al capricho de los dioses de la mitología griega, o por el contrario Él, en el uso de su “ciencia media” desarrollada por los teólogos medievales, sabiendo que el hombre escogería la mejor opción, forzaría así la salvación de todos los hombres, los cuales serían además, tal y como parece deducirse de su afirmación, impenitentes por naturaleza? ¿Comprende Ud., como jurista, las implicaciones teológicas de lo que escribió? Imagino que sí. Sigo comentado su cita… “pero también puede ser la única oportunidad del “malvado” (pregunta: ¿somos todos malvados, como en el AT en que se distinguía muy bien entre píos e impíos o estamos todos rescatados por la Sangre de Cristo, que nos hace pecadores redimidos, hijos de un Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos, algo muy distinto?). Además, ante su épica y trágica visión de la existencia cristiana más próxima al protestantismo que al cristianismo originario al que Ud. dedica una lacónica cita, ¿de verdad considera que la opción ante la cual pondría al hombre la prueba del dolor por la Cruz o por la rebeldía constituyen un aut-aut del hombre de nuestro tiempo, de tal manera que “tertium non datur”? Mucho me temo que, la mayoría de los hombres, ante una situación de sufrimiento extremo, optarían por algo mucho más banal, como es el refuerzo de un ateísmo práctico y a la renuncia a cualquier liberación “buena”, no digamos ya que contemplasen la opción por un renovado gnosticismo que Ud. parece ningunear. La liberación del sufrimiento por medio del ascetismo, las mortificaciones y la gnosis han sido una constante en la Historia de las ideas y de las creencias religiosas de la Humanidad, desde los vedas indoarios de los Upanishads hasta el hinduismo advaíta o Buda, o las escuelas ascéticas iniciáticas del antiguo Egipto, Sumeria o China. La ascesis, como Ud. sabe, no es prerrogativa del cristiano, pero el cristianismo se configura como una religión lo suficientemente amplia en cuanto a sus exigencias que comparte con el resto de las religiones semíticas una mínimo común denominador soteriológico capaz de “validar”, en la economía de la salvación, varios “estados” o modos de vida, todos ellos igualmente respetables unidos por la vocación universal a la santidad, como proclamó el Concilio Vaticano II. En este sentido, “la voluntad de Dios” -que Ud. parece identificar con un acrítico sufrimiento-, puede realizarse por muchos caminos, algunos de ellos compatibles con una vida como la que puede y deseo que pueda llevar Ud., Catedrático de Universidad de un país que, pese a la crisis, no es precisamente la India, por poner un ejemplo de miseria. Pues bien, como comentaba, la ascesis y la aceptación del sufrimiento como primer paso a la liberación ha sido una constante en la Historia de la Humanidad. Hasta llegar a Juan el Bautista, “el mayor de los profetas nacido de madre” según Jesucristo. Pero he aquí otro escolio fundamental que Ud. a mi juicio no aborda: el del sufrimiento, la instrumentalización y lo que Ud. llama “educación” de los niños, que a mi juicio no es otra cosa que un intento de doblegar una voluntad pura por las doctrinas exageradas y los poderes de un mundo, éste sí, deshumanizado, como bien explica su colega Fernando Savater en “El contenido de la felicidad”. Ah, pero se me olvidaba que Savater es ateo: seguramente no habrá experimentado nunca el sufrimiento, como Ud. parece colegir de su visión del “valle de lágrimas” elevado a la enésima potencia.

    Así las cosas, escuchemos al propio Jesús hablar de Juan el Bautista en Mt 11, 11: “Os aseguro: de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista. Y sin embargo, el último en el reino de Dios es mayor que él”. Y ¿qué dice Jesús de los niños? Habla de “quebrar su voluntad”? ¡No! Porque el niño es inocente. Ud. quiere cargar al niño con la misma cultura farisaica que Él mismo denunciara veinte siglos atrás, y lamentablemente ha sido reproducida, seguramente sin malicia, por varias instituciones educativas o laicas. Y si no está de acuerdo con esta afirmación, lea el siguiente pasaje: de Mc 10, 13-16: “Le traían niños para que los tocara, Y LOS DISCÍPULOS LE REPRENDÍAN. JESÚS, AL VERLO, SE ENFADÓ Y DIJO: -Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de los cielos pertenece a los que son como ellos. Os aseguro. El que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (la mayúscula es mía).

    La voluntad del niño, conforme se hace mayor, deberá confrontarse con el problema del mal y dar su propia respuesta, nunca ser anestesiada con una “dosis de dolor, “ya sea con suave firmeza o con sórdida crueldad”, por utilizar su propia expresión. Y nunca deberá infligirse dolor al niño en crecimiento si no es como consecuencia no querida de un proceso de aprendizaje en el que deberá aprender lo que agrada y lo que no agrada a Dios. Por lo tanto, no es dolor el que nos salva, sino la redención operada por Jesucristo con su Pasión, Muerte y Resurrección después de nuestra caída tras el pecado. El sufrimiento puede hacernos conscientes, incluso más que otros sentimientos, de nuestra realidad caída y de nuestra banalidad -o maldad-, pero está al servicio de esa verdad teológica. Lo cierto es el Catecismo de la Iglesia Católica, de acuerdo con el Evangelio, los Padres de la Iglesia, los teólogos y el Magisterio eclesiástico, resumiendo, no pone el dolor en el centro del mensaje cristiano, sino el AMOR. Un AMOR que, como he querido expresar antes con la cita de la Primera Carta de San Juan, constituye la esencia misma de Dios, que en el Misterio de la Santísima Trinidad se revela como Comunidad de entrega y de Amor. Y la Cruz no es otra cosa que una prueba de Amor. Una prueba de Amor de Dios Padre, que nos amó cuando todavía éramos pecadores, enviando a Su Hijo para rescatarnos precisamente del poder del pecado, de la muerte y del dolor, que vinieron al mundo con el pecado de nuestros primeros padres. Una prueba de Amor de Dios Hijo que por amor somete su voluntad humana al plan divino, para salvar al género humano; y si la salvación implica la aceptación del terrible sufrimiento de la Pasión y la Cruz, Jesús la acepta porque confía en su Padre, por Amor a Él y a los Hombres, Amor manifestado en la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo. Jesús confía en el que el Amor triunfa sobre el sufrimiento, sobre el pecado y sobre la misma muerte. El plan originario de Dios, frente a lo que se dice en la última parte del artículo de mi colega, no contemplaba el dolor, ni la muerte. Pero una vez que el hombre desobedeció el mandato divino, la solución de Dios al extravío de los hombres fue la compasión y la misericordia. Todavía hoy se reza en la liturgia canónica la frase “Dios, compadecido del extravío de los hombres”. Así que, como dice San Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Y, como reza la liturgia pascual, “Feliz culpa, que mereció tan grande redentor”. No es el dolor el que hace más grande al hombre, como cita el autor en una frase de Nietszche, el mismo autor del “Anticristo” y opuesto a los valores de la compasión y de la misericordia que tímidamente mi colega valora como positivos, sino su capacidad para humillarse ante una Voluntad que, por las causas que sean -incluida la experiencia del dolor, pero no exclusivamente-, la reconoce como perteneciente a su Creador, infinitamente bueno y misericordioso, y se fía de Él. En esto consiste tener fe. Y, como dice Jesús, “quien se enaltece a sí mismo será humillado, y quien se humilla será enaltecido” (Lc 14, 11). Es lo que hizo el propio Jesús aceptando la misión salvífica que le había encomendado Su Padre, obedeciendo Su plan hasta el final. Pero por Amor. La obediencia obligada de la criatura para que se convierta so pena de sufrir en ésta o en la otra vida los peores dolores puede vencer, puede bastar para la salvación como ya defendieran los “atricionistas” de la Segunda Escolástica; pero ellos mismos reconocieron que la conversión derivada del miedo era una conversión imperfecta, ya que no se fundaba en el Amor a Dios, sino en el temor. Y es que la conminación a la obediencia puede que venza, pero no convence. Por ello la experiencia de verse privado de todo puede conducirnos a algunos -y a mí me han sucedido ambas cosas- tanto a la indiferencia práctica, a la rebelión o a la aceptación de la Cruz-. Pero no es suficiente. El hombre dejará de ser “siervo” de Dios para convertirse en “hijo” al contemplar al Dios crucificado, como decían los Madrigales, “por amor herido”. Porque es el Amor, y no el dolor, el que convence. El que mueve los corazones y el que lleva a la conversión verdadera, de tal suerte que cualquier dolor o privación aceptados, no buscados, para unirse con el Amado, como siempre han expresado los grandes místicos, nos parecerán livianos. El Señor no quiere nuestro sufrimiento. Bastante sufrió Él en la Cruz por Amor, y ya he intentado desentrañar algo sobre el sentido de aquel sufrimiento. El Señor quiere nuestro desapego de las cosas mundanas y que le busquemos y amemos a Él por encima de todas las cosas, valorando cada una de ellas como un regalo, y según su justa medida. Que amemos a nuestros hermanos, tal y como Él nos mandó hacer en la noche de Su Pasión. Y que encontremos en Él nuestro descanso. Que vayamos a Él los que estamos cansados y agobiados -doloridos-, y que le sigamos; porque Su yugo es llevadero y su carga ligera.

    Dr. Pablo Guérez Tricarico, Profesor de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid.
    @pabloguerez
    pabloguerez.com

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  2. Soy Directora-Editora de la Revista Cristiana SUBETE AL ARCA que circula en el area Tri-estatal e internacionalmente.

    Puedo reproducir este artículo? Es una exposición muy bien enfocada sobre un Dios real, dirigida a un mundo que se está olvidando que Dios existe, y hasta pretende matarle!!! Es un articulo sólo para seres humanos.

    Les escribo desde New Jersey – U.S.A.

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    1. Por mi parte no hay ningún problema siempre y cuando indiques que fue publicado en el periódico ABC. Tampoco estaría de más que pusieras el enlace al artículo.
      Un saludo.

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  3. ENCONTRANDOME EN UN PERIODO DE DOLOR EN MI VIDA, EL LEER ESTE DOCUMENTO ME HACE SENTIR QUE DIOS ME ESTA ACOMPAÑANDO EN MI TRISTEZA. SI MI DOLOR ME PURIFICA Y ME ACERCA A DIOS ,AHORA LO ACEPTO PORQUE SE QUE VOY DE LA MANO DE JESUS. GRACIAS POR PUBLICAR “EL GRITO DE DIOS ”
    ATTE. GRACIEL T.DAPONTE
    PAIS CHILE

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