El gusto por lo corto

Hay una serie de preposiciones que, no sabemos por qué, aunque seguro que no es por el principio de economía, solemos evitar en la lengua diaria, decantándonos por locuciones de significado equivalente pero con mayor número de sílabas. Normalmente, cuando hablamos, no decimos tras, bajo ni ante a no ser en usos fijos o específicos, sino otras fórmulas compuestas de tres o más sílabas (detrás de; después de, al cabo de, dentro de; debajo de; delante de) que, no nos pregunten tampoco por qué, suelen incluir la preposición de, sin duda una de nuestras favoritas.

El gusto por lo cortoCuando decimos lengua diaria no nos estamos refiriendo realmente a la lengua coloquial. Éste es un nivel que establece oposición efectiva con el nivel formal, culto o literario: si coloquialmente decimos “p’alante”, o nos olvidamos el “de” cuando “nos damos cuenta que” o el “en” cuando “nos fijamos que”, o llamamos a nuestro interlocutor cada dos por tres “tío” o “tía”, o no terminamos las frases, o nos liamos “mogollón”, del mismo modo evitamos este tipo de abandonos cuando nos ponemos a escribir o a hablar en público o en situaciones formales. No es el caso de las locuciones preposicionales mencionadas en el párrafo de arriba: no hay en ellas nada que nos reprima de utilizarlas en contextos no familiares. Podemos perfectamente decir debajo de y ni siquiera pensar que estamos salvando el honor. Y, sin embargo, algo se activa en nuestra conciencia y de pronto nos ponemos a decir bajo.

No nos referimos, evidentemente, a casos en los que no sea posible la variación: “bajo cero”, “bajo seudónimo”, “bajo amenaza”, “bajo el efecto” etc. son siempre bajo, y no debajo de, en casa o fuera de ella. La elección se presenta cuando tenemos que referirnos literalmente a un espacio situado a nivel inferior que otro. Es entonces cuando nos acecha ominosamente ese bajo, más corto y al mismo tiempo tan seductor. Por supuesto no es incorrecto utilizarlo, pero a veces parece que la corrección puede crear extrañas distorsiones estilísticas. El efecto es tanto más acusado cuanto más casera sea la realidad a la que nos referimos en el enunciado:

“… el periodista recogió los documentos, miró a su alrededor y, levantándose con presteza, fue a meterlos bajo el sofá” (Arturo Pérez Reverte, El maestro de esgrima (1988), Alfaguara, Madrid, 1995, p. 200).

“Said ha depositado bajo la silla una palangana llena de carbones encendidos e incienso” (Alejandro Jodorowsky, La danza de la realidad, Siruela, Madrid, 2001, p. 330).

“Los fogones: No deben estar bajo la ventana ni cerca de los grifos” (Mariano Bueno, El libro práctico de la casa sana, RBA, Barcelona, 2004, p. 84).

“Tengo que poner las zapatillas bajo la cama, comprobar que las persianas cierran, que la ducha tiene un chorro decente” (Margaret Mazzantini, La palabra más hermosa, Lumen, Barcelona, 2010, trad. de Roberto Falcó Miramontes, Google Libros).

En un pequeño universo de muebles y enseres domésticos, ¿quién dice que pone una cosa bajo el sofá, bajo la silla, bajo la ventana? ¿Pone alguien las zapatillas bajo la cama? Nos tememos que no. Solemos poner todas esas cosas debajo de. El efecto suena incluso más violento, independientemente ahora de la realidad designada, cuando la preposición se inscribe en un contexto (ahora sí) claramente coloquial:

“Pues a ti te toca resolver la papela, que yo voy a esconderme bajo el piano” (Miguel Romero Esteo, El vodevil de la pálida, pálida, pálida, pálida rosa, Fundamentos, Madrid, 1979, p. 100).

“Después ya nada me importará y si el casero me pone la maleta en la calle iré a dormir bajo un puente, si llega el caso” (Francisco Miranda de Rojas, Amarillo limón, Huerga y Fierro, Madrid, 2002, p. 79).

“El Gobierno acusa al PP y a CiU de ‘hacer manitas bajo la mesa’” (titular, Diario de Mallorca, 21/IX/09).

O hablamos coloquialmente, o no lo hacemos. Estas mezcolanzas resultan algo sospechosas: ¿por un lado resolvemos “la papela” pero por otro nos escondemos “bajo el piano”? ¿Todo en la misma frase? Y… ¡las manitas se hacen (por) debajo de la mesa!

Otra preposición, más breve aún, que es víctima del mismo proceso, es tras. Nuevamente debemos decir que no nos referimos a usos obligados como “día tras día” o “tras la pista”, sino a aquellos en los que se permite variación, es decir, a aquellos en que podemos elegir después de o al cabo de cuando encabeza un complemento circunstancial de tiempo, o detrás de cuando el complemento es de lugar.

Tiempo:

“Corta el calabacín en rodajas y, tras pasarlas por harina, fríelas en abundante aceite” (Karlos Arguiñano, 1069 recetas, Asegarce/Debate, Barcelona, 1996, p 221): después de.

“Ahí se inmutó un poco, pero tras un segundo contestó con naturalidad” (Alicia Giménez Barlett, Serpientes en el Paraíso, Planeta, Barcelona, 2002, p. 69): al cabo de.

“… me acosté tras escribir la última línea y he dormido como ninguna de las noches pasadas” (Gregorio Salvador Caja, El eje del compás, Planeta, Barcelona, 2002, p. 342): después de.

“Felicítate tras cada esfuerzo, tras cada logro importante, anímate a ti mismo” (Bernabé Tierno, Vivir en familia. El oficio de ser padres, San Pablo, Madrid, 2004, p. 128): después de.

“España es tras Japón el país más ruidoso del mundo” (Mariano Bueno, El libro práctico de la casa sana, RBA, Barcelona, 2004, p. 126): ¡después de, detrás de, por el amor de Dios!

Y ahora lugar (detrás de):

“… y tras la ropa apareció el cuerpo de ella, desnudo y con mil heridas” (Ramón Ayerra, La lucha inútil, Debate, Madrid, 1984, p. 81).

“Andamos por caminos de tierra y a los costados, tras las alambradas, los campos se suceden altos y bajos” (Yuyu Germán, El país de las estancias, Emecé, Buenos Aires, 1999, p. 135).

“Si bien la fachada no era del todo visible tras la vegetación, las puertas y ventanas parecían estar siempre cerradas” (César Aira, Varamo, Anagrama, Barcelona, 2002, p. 84).

“Escondida tras unos helechos vio la silueta de la doctora en la tenue luz de la luna” (Isabel Allende, La Ciudad de las Bestias, Montena, Barcelona, 2002, p. 270).

Así, aisladamente, no parece que haya demasiado que reprochar a la mayoría de estos ejemplos literarios. Pero sorprende la cantidad de tras que pueden llegar a aparecer en el curso de un escrito una vez le ha picado a uno el gusanillo. Si ya no es frecuente decir tras en la lengua diaria, leerlo repetidamente a lo largo de un texto crea un efecto general de pretenciosa violencia, pues uno vuelve a preguntarse por qué querrá marcar el autor las distancias −es decir, marcar su estilo− sirviéndose precisamente de una preposición.

Ya que estamos con tras, no queremos dejar pasar la oportunidad de invocar una de nuestras redundancias favoritas, que no puede faltar en ninguna novela que se precie:

“Julio cerró la puerta tras de sí y dejó sobre la mesa el original de Orlando Azcárate” (Juan José Millas, El desorden de tu nombre (1988), Alfaguara, Madrid, 1994, p. 65).

“Cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie con la luz apagada sin saber qué hacer” (Rosa Regás, Azul, 1994, Destino, Barcelona, p. 190).

“Hola, Cristina −dice, y besa a su suegra en la mejilla, tras cerrar la puerta tras de sí” (Jaime Bayly, La mujer de mi hermano, Planeta, Barcelona, 2002, p. 70).

Bueno, ya oímos la voz de los partidarios del “matiz”. Es que es posible cerrar la puerta ante sí, dirán. ¿De veras? Bueno es saberlo.

Vamos finalmente con ante. Es ésta, curiosamente, una preposición que creemos que se ha especializado en los usos menos literales, es decir, cuando no significa físicamente delante de y no puede cambiarse por dicha locución. Los ejemplos siguientes nos parecen completamente normales:

“… sus víctimas viven tan apegadas a su mal que no pueden prescindir de él y, ante el peligro de sentir su carencia, lo acrecientan” (Anna Maria Moix, Vals negro, Lumen, Barcelona, 1994, p. 196).

“No retroceden ante nada, son valientes” (Isabel Allende, La Ciudad de las Bestias, ed. cit., p. 87).

“España dice que su posición ante la entrada de una Escocia independiente en la UE dependería de Londres” (titular, Europa Press, 16/XII/13).

En cambio, estos que vienen ahora suenan totalmente anormales:

“Nadie se detuvo ante la casa” (Juan Benet, Saúl ante Samuel (1980), Cátedra, Madrid, 1994, p. 243).

“Me esperaba ante una mesa del café-terraza en compañía de su ayudante” (José Revueltas, Dios en la tierra, Era, México D. F., 1981, p. 20).

“Biralbo se puso ante él y lo obligó a detenerse” (Antonio Muñoz Molina, El invierno en Lisboa (1987), Seix Barral, Barcelona, 1995, p. 146).

“… erró dando vueltas por la ciudad y hasta permaneció bastante rato ante la puerta del cine” (Luis Melero, La desbandá, Roca, Barcelona, 2005, Google Libros).

“Rochelle estaba ante el ordenador” (John Grisham, Los litigantes, Plaza & Janés, Barcelona, 2013, trad. de Fernando Gari Puig, Google Libros).

¿Realmente alguien “permanece” ante, y no delante de, la puerta del cine? (Bueno, la verdad es que si “permanece”, podemos esperarnos cualquier cosa.) ¿Se detiene ante, y no delante de, la casa? ¿Está ante, y no delante de, el ordenador? Frente a también podría haber valido en alguno de estos casos: los autores tenían realmente dónde elegir. Pero una pulsión irresistible los ha arrastrado al ante.

¿Es posible que en nuestra conciencia delante de, después de, debajo de, detrás de, que tanto se oyen en la vida diaria, se hayan ganado una infame reputación de coloquialismos? Uno de los comunes errores del estilista es crear oposiciones allí donde no las hay. Que una palabra sea de uso frecuente y ordinario no significa que sea un coloquialismo ni mucho menos una vulgaridad. Ni “agua” ni “dormir” ni “bueno” ni “ayer” son coloquialismos por mucho que formen parte del vocabulario de todos los días; tampoco nos cortamos de decir esas palabras cuando la situación exige formalidad… o literatura. Son neutras y polivalentes, nunca nos hacen quedar mal. Pero quizá ese concepto de neutralidad sea el que más les cueste entender a los estilistas: ellos siempre parecen preguntarse para qué va uno a tener estilo si no se va a notar.

Luis Magrinyà, escritor.

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