El harakiri histórico-cultural

EL programa de la televisión vasca es criticable porque ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, pero reconozcámoslo, sigue la estela de una cierta leyenda cultural que hemos interiorizado. Un fantasma recorre por España desde que los «curiosos impertinentes» de los que habla Tom Burns Marañón crearan un estereotipo: que somos sinónimo de atraso, de pereza, de ineficacia, que los que inventan son ellos y que no hemos aportado nada relevante al mundo…. Nada mal para un país que protagonizó la mayor hazaña jamás contada, que albergó la Escuela de Traductores de Toledo, que dominó los mares…, y sin cuya aportación decisiva ni Europa, ni América, ni el catolicismo probablemente existirían o, ciertamente, no serían lo mismo.

¿Por qué hemos asumido ese discurso «negativo» sin apenas rechistar? Si a un niño se le llama torpe porque una vez ha cometido una torpeza, y entonces los acosadores de turno empiezan a repetirle ¡torpe!, ¡torpe!, ¡torpe!, el niño se hace torpe aunque no lo fuera. Aunque todo fuera una treta del matón de clase porque temía su posible competencia. Pues bien, algo parecido ha ocurrido con nuestro país (incluidos los vascos y los catalanes).

Mientras asumíamos lo malos que éramos porque lo decían otros, no hacíamos el esfuerzo de valorar: primero, si tales afirmaciones respondían a la realidad, y segundo, y más importante, qué hacían los países de procedencia de nuestros «desinteresados» críticos en parecidos momentos (o incluso más favorables) y circunstancias. Decía Juan Valera en 1868: «En el concepto que los españoles formamos hoy de nosotros mismos influye el concepto en que los extranjeros nos tienen, a veces porque nos abate y nos inclina a creer en nuestra enorme inferioridad (…) Nos tachan los extranjeros de ignorantes, y muchos españoles, en vez de probar que no lo son, hacen gala de serlo, se burlan del saber o lo rechazan como ponzoña».

Las leyendas negras que se lanzaban sobre nosotros tenían la función clave de tapar las de los demás: ¿alguien habla de que murieron en Canadá el 95% de los indígenas o que se quemaron más brujas solo en Inglaterra que las víctimas de la Inquisición en toda su historia? Se han magnificado los errores propios y disculpado fácilmente los de los demás. La falta del «elemento comparado» a la hora de analizar nuestra leyenda negra no fue nada casual sino que obedeció a una «trampa metodológica» que ha presidido gran parte de los análisis críticos a partir de finales del siglo XIX hasta muy recientemente.

Como nos recuerda el poeta catalán Joaquín Bartrina, se reconoce a un español porque habla mal de España. De ahí que los críticos de la ETB hagan gala de su españolidad. Nuestro verdadero hecho diferencial ha sido dirigir la crítica no tanto a nuestros enemigos externos como a alguno de los nuestros (da igual que sea 1898 o el 11-M del 2004). Este desprecio a lo propio y la (paralela) admiración irreflexiva de lo ajeno, como característica de lo español, ya lo denunció Quevedo en La España defendida, y continuó a lo largo de los siglos con ilustres representantes, incluidos Castelar y Pío Baroja. Hasta el punto de que casi se ha convertido en un requisito «sine qua non» para poder considerarse «moderno» o «guay».

Un problema añadido para conocer la Historia real de España y de su pueblo ha estribado en la ausencia de grandes biografías. Y cuando las ha habido, a diferencia de otros países (por ejemplo Italia), nuestra tradición historiográfica se ha interesado principalmente por reyes, santos y aristócratas. Tal vez sea esto lo que ha impedido que Madrid cuente con un Panteón de personajes ilustres digno de la Abadía de Westminster. De haber tenido biógrafos y estrategas propagandistas tan eficaces como Vasari, nuestro siglo XVI figuraría con letras de oro en la historia no solo de la literatura sino también de la cultura, la filosofía y hasta la ciencia. Y personajes como Juan de Herrera, Jerónimo de Ayanz y tantos otros podrían figurar hoy junto a los «genios» Leonardo y Miguel Ángel, como han demostrado Nicolás García Tapia y Jesús Carrillo Castillo.

En este contexto, cabe hablar de un verdadero «harakiri histórico-cultural español». No es baladí ni ninguna broma pues tiene sus efectos prácticos en términos de salud mental colectiva e incluso de progreso económico ya que la economía es también «un estado de ánimo».

La buena noticia es que estamos a tiempo de cambiar las cosas. La mala es que al parecer algunos españoles están extrañamente empeñados en que las cosas no cambien, como si la cosa no fuera con ellos. ¿Nacionalistas? No, más bien ingenuos o hispanobobos.

Alberto Gil Ibáñez, ensayista y escritor.

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