El héroe de dos mundos

Por Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay, abogado y periodista (EL PAÍS, 13/07/07):

En 1907, cuando el centenario del nacimiento de Giuseppe Garibaldi, el mundo entero se sacudió en homenajes o vituperaciones al legendario guerrillero, icono de la filosofía liberal, del republicanismo, de la separación del poder temporal y el religioso, y, naturalmente, de la unidad de la Italia moderna. Este 4 de julio se le ha recordado, pero con algo más de lejanía, en Argentina, Uruguay, Brasil y Francia, países donde tuvo protagonismo. En Italia, en cambio, mientras unos conmemoraron con fervor, la radical Lega del Norte se negó a participar del homenaje parlamentario porque Garibaldi es el “responsable” principal de que el norte de Italia integre la Italia de hoy.

Suele comparársele, en mirada contemporánea, con la figura del Che Guevara, devenida mito de la guerrilla marxista. Ambos comparten esa condición legendaria que sobrepasa sus hechos y sus dichos, pero difieren sustancialmente en sus ideas y condición histórica. Mientras la figura del revolucionario argentino-cubano se universaliza tras su trágica derrota, al ser abatido en Bolivia, traicionado por el Partido Comunista, el líder italiano, en cambio, es el extraño caso de un mito en vida, de una ideología también viviente y además triunfante. A tal punto llegó esa fama que, cuando en 1864, ya con 57 años, arriba a Londres invitado oficialmente por Lord Palmerston, le recibe enfervorizada una multitud estimada en 500.000 personas. Se cuenta que la Reina Victoria llegó a prohibir discretamente a las damas de su Corte que asistieran a las fiestas en su honor, porque caían arrobadas ante la seducción de ese italiano de larga melena rojiza y físico fuerte, envuelto en historias casi inverosímiles en que desafiaba a la muerte. También se afirma que la reina por esos días exclamó “cuándo se irá este hombre de Londres”, temerosa ya de que el republicanismo garibaldino enraizara en las islas Británicas.

Su combate no habría alcanzado tamaña fama si hubiera estado limitado a Italia y a su proceso político de unificación. Ella creció al medirse con todas las potencias de la época y encarnar en el mundo entero la lucha del liberalismo contra el absolutismo, del patriotismo nacional frente a las conquistas monárquicas y de la laicidad ante el confesionalismo.

Iniciado su periplo político en una fallida revolución encabezada por Mazzini, fundador del movimiento regenerador de La Joven Italiana, aparece en Río Grande del Sur, en Brasil, confrontando por su independencia al Imperio de Don Pedro II. Allí comienza su mito, con acciones corsarias en el mar, luchas guerrilleras en tierra e inverosímiles proezas, no siempre victoriosas pero invariablemente sorprendentes. Para completar su aureola romántica, en la ciudad de Laguna se alza con una bella brasileña, a la que divisa desde el mar con un catalejo, en un balcón de su casa, baja a tierra, se hinca delante de ella y le dice: “Tú debes ser mía…”. Anita Ribeiro, que así se llamaba, marcha detrás de él, le da cuatro hijos, le acompaña en toda su aventura y terminará muriendo en Italia luego de una batalla.

En 1841, ya vencido el movimiento revolucionario riograndense, marcha a Montevideo, por entonces un hervidero de ideas liberales, donde la exiliada intelectualidad argentina y el Partido Colorado uruguayo se enfrentaban a la sangrienta dictadura de Juan Manuel de Rosas, el gobernador de Buenos Aires. Siete años defiende a la ciudad sitiada, a la que Alejandro Dumas llama “La Nueva Troya” en un panfleto reivindicativo que publica en París para reclamar apoyo de Francia. Al servicio del Gobierno uruguayo comanda su frágil armada y con ella hace proezas ante la muy superior fuerza argentina, conducida por un gran marino británico, el almirante Guillermo Brown. Triunfadora la causa de La Defensa de Montevideo, retorna a Italia y allí, en la llamada Campaña de Lombardía, desafía al poderoso ejército austriaco con una inesperada guerra de guerrillas.

Tiempo después se suma al intento de constituir una República Romana, que pretende independizarse del Papado y choca tanto con el Ejército francés como con el borbónico, venido desde Nápoles a defender al exiliado Pío IX. Al fracasar el intento, es recibido en Estados Unidos por multitudinarias concentraciones populares. Vuelve allí a ganarse la vida como marino mercante, pero en 1854 retorna a Italia, reclamado por Víctor Manuel II, rey de Piamonte, y Camilo Benzo, conde Cavour, su primer ministro, embarcados en un proyecto de unificación de la península en torno a su reino. Tendrán de aliado a Napoleón III y de enemigo al ocupante austriaco. Al firmarse la paz de Villafranca sufre un gran desencanto con Cavour, al pasar su Niza natal a dominio francés.

Pese a todo, en 1860 emprende su mayor aventura: el desembarco de “Los Mil de Marsala”, para liberar de la dominación borbónica al poderoso Reino de las Dos Sicilias. Esa campaña culmina con la total conquista del Sur de Italia y la consagración, en Nápoles, de Víctor Manuel como rey de Italia, luego de un triunfal plebiscito propuesto por Garibaldi.

El héroe militar se refugia en su rústico retiro de la isla de Caprera, acompañado de una fama que no deja de crecer y que para muchos es amenazante, tanto por su republicanismo como por su idea de que el Papado debía abandonar el poder temporal sobre la Italia central. Esta última será la definitiva batalla italiana, la que le valdrá tantas admoniciones de los católicos de aquel tiempo, hasta que, un siglo después, Pablo VI reconozca como fruto de “la providencia” que su reinado sea sólo espiritual y no se envuelva en los pesares de un dominio territorial.

Le restará todavía otra gesta más, junto a la República Francesa, caído ya Napoleón III, después de la defección ante Prusia. Gambetta le pide su concurso a favor de la novel república, y en esa terrible derrota francesa resulta ser el único general invicto, como lo proclamará Victor Hugo en un encendido discurso en el Parlamento de Burdeos.

Destino inevitable de alguien que combatió en tantos frentes, y con tantos enemigos, en Europa y en América, en los “dos mundos”, la difamación se encarnizó con él, tratando de construir la imagen de un mercenario. Su vida desmiente el agravio con su austeridad personal y su invariable lucha por la libertad, permanentemente junto a causas de liberación política. Su semilla, por eso, quedó en todas partes, y de allí que hoy, en un siglo XXI más pragmático que aquel mundo romántico y operístico en que él vivió, aún se le mantiene como un símbolo. Es que no se puede escribir la historia de las repúblicas modernas y de la secularización de los Estados sin recordar a este combatiente de leyenda que transformaba en victoria hasta sus derrotas.