El hijo único

Parece que el hecho de ser hijo único define e imprime carácter. En las aulas de primaria ya se nos identificaba con facilidad, porque yo también fui hijo único. Leopoldo Alas, Clarín escribió la novela «Su único hijo» en 1890. Tal vez por ello mi amigo Sergio Beser, con quien compartí soledad y aburrimiento de hijos únicos desde que iniciamos curso en los Escolapios de San Antón, a los nueve años, hasta su fallecimiento, se especializó en la obra clariniana, quizás de forma inconsciente, por un reclamo de hijo único. Hace pocos días conocí a una señora latinoamericana que me contó que formaba parte de una familia de dieciséis hermanos, de los que sobrevivían catorce. Sin embargo, no se hablaba con ninguno de ellos. Pasamos de familia multitudinaria a unicelular, con o sin hijos, aunque ella tenía una hija solitaria, quien a su vez había concebido también un solo hijo. Este ejemplo viene a definir que aquellas familias del pasado con muchos hermanos, premios a la natalidad durante el franquismo, reproducidos anualmente en el No-Do, se observan en retroceso. En los setenta la media era de tres cuando hoy apenas se alcanza el 1,34. La despoblación familiar se traduce en las viviendas hoy concebidas en forma de dos o tres dormitorios como máximo. Mi generación pretendía aún conseguir «la parejita» y preferiblemente chico-chica. Pero dada la diversificación combinatoria de las relaciones de pareja las cosas cambian en dirección al hijo único, modelo de contradicciones psicológicas –algunas positivas– y timidez social.

Nunca me gustó el papel de hijo único y tuve que inventarme hermanos o amigos inexistentes con quienes jugaba y mantenía largos monólogo-diálogos. El hijo único acostumbra en la niñez a ser tímido, ligeramente cobarde, aprisionado por el mal de la soledad que le lleva a inventarse juegos para uno (que antes de que llegaran las nuevas tecnologías era tarea que requería mucha fantasía). Tampoco fuimos muy parlanchines. En aquellos años cobraban especial atracción los primos. Pero también mis primos eran hijos únicos. Daniel, mucho mayor, actuaba como el intelectual desplazado de tiempo y sociedad. En alguna ocasión he contado su francofilia. Todavía soltero, amante de la poesía (incluso llegó a imprimir un tomito con sus versos) pasaba muy a menudo por casa. Fue él quien me dio a leer la «Segunda antología poética», de Juan Ramón Jiménez. Pero había sido iniciado en la escuela nacional con «Platero y yo», en edición argentina, algo inaudito en la época. Mi primo José comenzó a trabajar a los catorce años en La Maquinista Terrestre y Marítima, que contaba con una escuela de aprendices. Los más destacados iban a parar a la «Escuela Industrial», donde –no sin esfuerzos– lograban el grado de perito industrial, equiparado más tarde a Ingeniero Técnico. Ingresó en SEAT y fue a Turín para aprender de los italianos. Era también hijo único y, logró incluso a que llegara a amar las matemáticas, contrapunto de Daniel, quien, entre otros méritos, tuvo el de introducirnos en la música clásica del Palau. A otros dos primos más jóvenes, salvo en algunos días de la guerra civil cuando permanecimos juntos, les vi menos. Eran dos hermanos varones y parecían formar parte de otra dinastía, tal vez por sus raíces vascas. Me costó lo mío, si es que lo he logrado, integrarme en grupos y mi condición me lleva siempre a desconfiar de la capacidad del discurso a muchas voces. Sin embargo, tuve que vencer esta natural timidez al comenzar a dar clases ante auditorios que superaban en mucho mi edad.

Tal vez el hecho de ser único en el amor familiar (también mi padre fue hijo único, no así mi madre), nos lleva a no disputar con los inexistentes hermanos, ni por juguetes, ni por afecto. Nunca hubo otro predilecto y desconocí rivalidad y competencia. Y ello tal vez marcó de algún modo el futuro. El terror del hijo único es la aburrida soledad, aunque sea mitigada por el exagerado proteccionismo y exclusivo amor paterno en una familia tradicional. Aquellas que crearon unidades de más de un hijo pueden advertir que el/la primogénito/a fue por algún tiempo también único, aunque la llegada de otros hermanos mitigara e hiciera desaparecer sólo en parte la sintomatología. La condición temporal de hijo único permanece y puede ser detectada tras muchos años: la progenitura. Los únicos, más sensibles, inclinados al espíritu, precisamos más afecto de lo normal, más que quienes vivieron experiencias comunes en el seno de una amplia familia. Cuando desaparecen los padres por aquello que se denomina «ley de vida», para evitar cualquier referencia a la muerte, se acentúa, pese a la nueva familia que podamos haber formado, el sentido de la soledad. No serán cien años, como exageraba García Márquez, sino los oportunos para envejecer malamente con vivos y añorados recuerdos de infancia, psicológicamente marcados por haber sido rey de la casa por un tiempo y, ahora, destronado por la vida. Y, pese a todo, únicos.

Joaquín Marco, poeta y ensayista, es licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona y catedrático emérito de la Universidad de Barcelona.

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