El hilo roto de la continuidad

Javier Marías es escritor. Este artículo fue escrito para el diario estadounidense The New York Times, que lo publicó el 11/09/04 (EL PAIS, 12/09/04)

Sí, la percepción del tiempo es demasiado variable, y hay factores que la alteran exagerada y anómalamente. Son los que rompen el hilo de la continuidad, como lo he llamado en mis novelas y en la vida real. Cuando una relación amorosa se acaba, por ejemplo -una vez que se la da por perdida y se abandona toda esperanza, o se libera uno de la tela de araña en que ha quedado prendido-, cuanto perteneció al periodo de esa relación pasa súbitamente a ser “pasado”, todo en bloque, y lo ocurrido hace sólo un año junto a la persona que nos da o a la que damos de baja, nos parece lejano, incongruentemente remoto; y no digamos aquel viaje de seis años atrás, que veíamos como parte de un presente continuado mientras la persona en cuestión seguía a nuestro lado: ahora se aparece como propio de otra existencia, de pronto desteñida y difusa y caduca.

Lo mismo sucede tras la muerte de seres queridos, sobre todo tras cumplir con el duelo, durante el que aún domina el fantasma del desaparecido, así como la sensación de haber sido nosotros abandonados por éste, más que a la inversa. Puede que incluso le reprochemos haberse muerto, que lo sintamos culpable de una debilidad extrema que nos ha dejado a la intemperie. Sin embargo, una vez transcurrido ese duelo, todos los acontecimientos contemporáneos de la vida del ahora muerto -incluso los que no lo atañían directamente- nos parecen pretéritos, si no prehistóricos.

Ese abismo temporal se da también tras las enormes catástrofes. Cuanto fue anterior al 11 de septiembre de 2001 se ha alejado en nuestra percepción de forma excesiva y grave. Han pasado tres años cronológicos, pero seguramente no menos de diez psicológicos, y además para el mundo entero. La guerra de Afganistán, que es algo posterior, ¿no tenemos la sensación de que se libró hace decenios? Quizá por ser la única consecuencia directa verdadera, el único fleco auténtico, del ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y en cierto sentido ser “contemporánea” de esas matanzas, a diferencia de la estrambótica e injustificada e ilegal guerra de Irak con su interminable e incomprensible posguerra. Pese a las tentativas falaces o patéticas de las administraciones de Bush, Blair y Aznar por vincularla con los atentados, la gente posee una percepción que a menudo le impide engañarse del todo, y hasta los más convencidos de la justicia y la necesidad de invadir Irak saben, de manera instintiva -o natural, que es lo mismo-, que son cosas aparte, sin verdadero nexo ni relación de causa y efecto, ni de hecho y consecuencia.

Los políticos olvidan demasiadas veces ese “factor perceptivo” de la ciudadanía, que no es por fuerza razonante. Y olvidan que contra eso poco puede oponerse. En España, tras los atentados del 11 de marzo, las percepciones nítidas, inmediatas y casi masivas fueron dos: una, que el Gobierno de Aznar era responsable indirecto de la carnicería: ésta no se habría producido -o no tan pronto, o no aquí, precisamente- si el entonces presidente, con su aún no explicada foto en las Azores junto a Bush y Blair, no hubiera hecho así ante el terrorismo islamista el gesto equivalente a agitar un trapo rojo delante de un toro: “Eh, que estoy aquí, para que me embistas”; y dos, que su Gobierno mintió -u ocultó o retrasó la verdad, que en circunstancias trágicas es lo mismo-, por su conveniencia política, respecto a la probable autoría de las matanzas. El problema con las “percepciones” es que, acertadas o erróneas, verdaderas o falsas, no hay forma de desterrarlas del ánimo de las gentes. Uno puede tener un convencimiento y no tener pruebas para demostrarlo. Ante la ley no le servirá de nada. Pero sí le servirá a la hora de decidir su voto en unas elecciones generales. Eso, y no otra cosa, fue lo que sucedió en España.

Que la Administración Bush en pleno y buena parte de la prensa norteamericana interpretasen sesgadamente el resultado de esas elecciones nuestras, de acuerdo con los intereses del Gobierno mentiroso -un “acto de cobardía” por parte de la sociedad española-, no ha contribuido a que aquí se diera lo que habría sido lógico y previsible: un mayor hermanamiento, una renovada solidaridad con Estados Unidos, que dos años antes había sufrido un golpe similar, pero multiplicado por quince en el número de víctimas. Todos esos intérpretes calumniosos olvidaron deliberadamente dos cosas: que en momentos de crisis las poblaciones tienden a apoyar al poder ya existente, y que España lleva treinta años padeciendo el terrorismo de ETA, sin haberse doblegado nunca a él. Quizá fue sólo que teníamos la piel más curtida, el ánimo más acostumbrado al asesinato gratuito e inútil, la entereza más desarrollada. Es terrible, pero poco a poco uno se habitúa a contar con la posibilidad de atentados indiscriminados de manera semejante a como cuenta con los seguros muertos de las carreteras cada fin de semana. “Eso está siempre ahí; ojalá no nos toque”, viene a ser el pensamiento no pensado, no consciente.

Tal vez por eso España, a los seis meses, parece haber superado ya el trauma de los atentados ferroviarios. La vida no ha cambiado. No hay más miedo que antes. Tampoco hay menos libertades. Por parte de las autoridades no hay interés en sembrar la alarma constante. Las costumbres permanecen inmutables, con las calles, los bares, los restaurantes, los estadios, los aeropuertos y las estaciones tan llenos como siempre. Incluso tan joviales. Bien es cierto que no hay día en que la mayoría no nos acordemos de los casi doscientos muertos del 11 de marzo. Con pena, y con la fuerte conciencia de que el azar, la suerte, la mala suerte, siguen teniendo tanta importancia como en las menos previsoras épocas de la humanidad. Pero ya lo dijo sir Thomas Browne en el siglo XVII, como he recordado en otras ocasiones: “El sentido no tolera las extremidades, y los pesares nos destruyen o se destruyen. Llorar hasta volverse piedra es fábula: las aflicciones producen callosidades, las desgracias son resbaladizas, o caen como la nieve sobre nosotros; lo cual, sin embargo, no es un infeliz entumecimiento”.

Aquí no nos sentimos en guerra, porque no lo estamos, como tampoco Estados Unidos, por mucho que allí tantos se empeñen en asegurarlo. Las guerras son otra cosa. No se puede llevar una vida seminormal mientras transcurren. Lo saben los madrileños que vieron su ciudad asediada entre 1936 y 1939. Lo saben los londinenses bombardeados a diario durante la II Guerra Mundial. Y lo saben los norteamericanos que padecieron esa contienda. Contra el terrorismo no hay guerra, no puede haber tal cosa contra un enemigo que está durmiente la mayor parte del tiempo y que casi nunca es visible. Es sólo otro mal con el que hay que contar. Algo ante lo que más bien hay que repetirse una vez y otra, mientras se lo combate, la famosa frase de Cervantes: “Paciencia, y barajar”.

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