El histórico alegato de Francisco

La encíclica del papa Francisco Laudato si’ ha supuesto un hito en la conversación global sobre la situación ambiental de nuestro mundo. Tras el documento de Bergoglio nada será igual en la mirada de la comunidad católica hacia la custodia de la naturaleza. El texto ha hecho historia por razones que van más allá de su importante repercusión en el actual debate sobre el cambio climático. El que el máximo responsable de una tradición religiosa milenaria en la que se reconocen cientos de millones de personas haga una apelación expresa a sus fieles, en el marco de un documento formal del más alto rango, a una profunda conversión ecológica es algo inaudito, por mucho que algunas voces insistan en la continuidad de esa enseñanza respecto a las impartidas por papas anteriores.

Bergoglio ha escrito un texto de hondo contenido espiritual, político, ecológico y social, en el que el compromiso con los más vulnerables y desfavorecidos de la Tierra cruza transversalmente todo el documento. Mi intuición es que su repercusión perdurará a lo largo de los próximos años, contribuyendo a alimentar los necesarios debates sobre la reconducción de la crisis ambiental, el problema de la pobreza extrema y la desigualdad Norte-Sur. Es también un escrito de rica urdimbre intelectual en la mejor tradición de la Compañía de Jesús. El jesuita argentino ha presentado un diagnóstico implacable sobre la crisis ambiental y ha tenido el acierto de situar el problema del cambio climático en ese marco más amplio, incorporando a su reflexión otros temas cruciales como la pérdida de diversidad biológica, la escasez de agua potable o la degradación de los océanos. En ese sentido, estamos ante un diagnóstico alineado con los informes más serios de las instituciones internacionales de referencia.

EDUARDO ESTRADA
EDUARDO ESTRADA

En la descripción de la crisis ambiental global existe una amplia coincidencia entre la comunidad epistémica de la ciencia, el movimiento ambiental internacional y las instituciones de la ONU relacionadas con el tema, si bien a la hora de explicar las causas profundas del deterioro, las explicaciones y los énfasis, como no podía ser de otro modo, son diversos. Desde el prisma de la ecología científica, el punto más débil de la aproximación de Bergoglio a las causas de la crisis ambiental es la no inclusión de la variable demográfica. Hay razones doctrinales en la cosmovisión católica relacionadas con la natalidad y la planificación familiar que se interponen en esa comprensión. Ahora bien, desde una perspectiva científica el hecho de que la población humana se haya multiplicado casi por 10 en los dos últimos siglos (ha pasado de 790 a 7.300 millones y la previsión es que alcance los 9.600 millones a mediados de este siglo) es un dato muy contundente que no puede quedar fuera de una explicación rigurosa de la crisis ambiental.

Siempre ha sido un falso debate la disyuntiva causal entre la explicación demográfica versus el modelo de producción y consumo de los países desarrollados. Ambas cadenas de argumentos se complementan y refuerzan. Explicar el deterioro ambiental en función exclusivamente del modelo de producción y consumo de los países ricos es reduccionista y no se ajusta a los datos disponibles de la realidad empírica. El diferente modelo de producción y consumo que prevaleció durante siete décadas en las economías planificadas soviéticas dejó un balance ambiental desolador. Asimismo, una de las mayores debilidades del actual sistema mixto de China, en el que la economía de mercado está sujeta a un férreo control planificador por parte de su Gobierno comunista, ha sido el desastre ambiental provocado por su modelo de desarrollo. En otras palabras, la orientación consumista y la tendencia al exceso y el despilfarro que, sin duda, forman parte de la economía capitalista de mercado y del modelo de consumo de las sociedades opulentas, siendo relevantes, no agotan la explicación de las causas profundas de la crisis ambiental.

Más allá de esa divergencia, un aspecto fundamental del documento de Bergoglio es su contribución a la ampliación/renovación del marco de referencia en el que se ha situado el debate sobre el cambio climático, sesgado hacia su formulación exclusiva en términos científicos-técnicos. Ha existido al respecto una interesada confusión entre el papel imprescindible de la ciencia para comprender la esfera de los hechos —el origen, las causas directas y la dinámica del cambio climático— y la esfera de los significados, es decir, cómo afecta la desestabilización del clima a nuestra autocomprensión como comunidad global. Esa confusión ha hecho que el núcleo moral del problema haya quedado relegado durante demasiado tiempo.

Sin embargo, el cambio climático afecta a consideraciones muy relevantes de la justicia intrageneracional e intergeneracional y plantea serios interrogantes sobre los fundamentos de equidad a los que aspiran nuestras sociedades democráticas. Sus consecuencias negativas impactan e impactarán de forma devastadora a los cientos de millones de personas pertenecientes a las comunidades más pobres y vulnerables de los países en desarrollo, precisamente quienes menos han contribuido a generar el problema. En el caso de diversos Estados-isla del Sur supone incluso una amenaza existencial a su propia supervivencia físico-geográfica. Además, un incremento de la temperatura por encima de los dos grados centígrados supondrá un desastre sin paliativos para el mundo que recibirán nuestras hijas y nietos, así como para el resto de formas de vida que comparten con nosotros la biosfera. Muy oportunamente, el alegato de Bergoglio ha situado en el centro del debate el desafío moral con que nos confronta este grave problema.

La reconducción de la alteración del clima sólo es posible si se avanza hacia una economía de bajo contenido en carbono. Esa transición precisa poner fecha de caducidad al sistema energético basado en los combustibles fósiles, como lo ha reconocido la reciente cumbre de líderes del G-7. Un elemento imprescindible para garantizar ese proceso es contar con un Gobierno climáticamente responsable en Estados Unidos, ya que la necesaria transición energética-climática internacional podría descarrilar si futuros Gobiernos de ese país se retirasen de una diplomacia climática constructiva. En consecuencia, generar allí un consenso básico como el que ha predominado en Europa en los últimos 25 años es un elemento crucial para el éxito de esa transformación. Si hay alguien con autoridad para lograr la conversión ecológica de los numerosos congresistas católicos negacionistas y de los millones de personas que les apoyan en las urnas, es el papa Francisco. Ya se ha anunciado que, cuando en septiembre se dirija en persona al pleno del Congreso, cientos de miles de norteamericanos van a acompañarle desde las plazas, las calles y los lugares de culto con las velas de su conciencia encendidas. Será un momento para recordar. Quiero pensar que el gran Stefan Zweig lo incluiría entre sus momentos estelares de la humanidad.

Antxon Olabe Egaña es economista ambiental y ensayista.

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