El hombre de los tres Papas

En agosto del año 2010, al poco de ser nombrado secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el arzobispo Luis Francisco Ladaria hacía cola justo en la entrada de la comisaría de la Policía Nacional de Manacor para renovar su DNI. Eran poco más de las ocho de la mañana y se anunciaba un calor húmedo y asfixiante, no muy distinto al que padecemos este verano. Desde mi coche, al pasar, pude ver a una madre que bostezaba con su bebé en brazos, a unos niños correteando en la alameda de enfrente y a un magrebí vestido con chilaba. Aquel día pensé que, en esa estampa –la de un altísimo cargo del Vaticano esperando pacientemente en la calle a que se abrieran las puertas de un servicio público–, se resumen algunas de las cualidades que definen la biografía de uno de los hombres de máxima confianza del Papa: prudencia, discreción y, sobre todo, una escasa vanidad personal que le ha hecho afirmar en repetidas ocasiones que teólogos son Ratzinger o Karl Rahner, pero que él no es más que un profesor de Teología.

Desde su llegada a la secretaría de la Doctrina de la Fe en 2008, Luis Ladaria buscó ceñirse a lo que el vaticanista John L. Allen ha señalado como el concepto central del pontificado de Benedicto XVI: la «ortodoxia afirmativa». Tanto su temperamento como su trayectoria intelectual lo predisponían a ello. En una entrevista concedida aquel mismo año a la revista 30 Giorni, el jesuita mallorquín explicó en qué consistía su misión: «Puedo decir que nuestra congregación se ocupa de promover y tutelar la fe católica. Primero promover y luego, si es necesario, tutelar». La sintonía con el Papa bávaro era evidente. La Iglesia necesitaba acentuar un discurso positivo de la fe que pusiera su énfasis en el doble gozo de la belleza y de la santidad, y no en unas prohibiciones morales que el laicismo, en todo caso, ignora con desdén. Como brillante intelectual, Ratzinger comprendió que el futuro del catolicismo europeo depende de abrazar fructíferamente –y no de un modo frívolo y acrítico– la modernidad, a sabiendas de que la razón humana debe ser iluminada por el testimonio concreto del amor. Promover la fe –primer encargo que Benedicto dio a Ladaria– exigía, por tanto, volver a pronunciar las verdades fundamentales del cristianismo y hacerlo con la nobleza intrínseca a la inteligencia, pero también con la cercanía de quien sale al encuentro del otro. Ladaria y Ratzinger se conocían personalmente desde 1992, cuando Juan Pablo II nombró al profesor español miembro de la Comisión Teológica Internacional. La afinidad y el respeto mutuos fueron inmediatos, tal vez porque ambos teólogos comparten un marco intelectual semejante, definido en gran medida por la proximidad a la conocida como escuela del Ressourcement: un movimiento de renovación doctrinal que busca el retorno a las fuentes patrísticas. No muy alejado de esta especie de vía media, el cardenal alemán encontró en el jesuita no sólo a un teólogo prudente y fiel, sino a un pensador equilibrado, capaz de forjar consensos y de soslayar cualquier tentación extremista. «Creo que hay un camino medio –declaró Ladaria en la entrevista anteriormente citada–, que es el que sigue la mayoría de los profesores de Teología aquí en Roma y en la Iglesia en general, y que me parece el camino justo que hay que seguir». En esta alusión al centro moderado se detecta otro de los rasgos de su personalidad –un rasgo, por cierto, compartido con otra de las figuras señeras del catolicismo moderno: el cardenal Newman–, como sería la prevención ante cualquier exceso de entusiasmo.

Su nombramiento por Francisco como nuevo prefecto de la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe nos remite igualmente al papel mediador del propio Ladaria –que ha sido un teólogo de máxima confianza de los tres últimos papas–, así como a las intenciones del actual Sumo Pontífice. Si Benedicto XVI fue sobre todo consciente de la profunda crisis que afecta al cristianismo europeo, Francisco se ha situado en un escenario que mira claramente hacia las periferias. Si Ratzinger se refería al rol de las minorías creativas, Bergoglio ha invocado a las masas con una sentimentalidad que –de hacer caso a su biógrafo Austen Ivereigh– tiene afinidades con el humus emocional y político que conoció en su juventud. Aunque no cabe duda de que las grandes líneas de actuación franciscana se encuentran en sintonía con las de su predecesor, el pontífice argentino se ha alejado decididamente del alemán en el campo del debate público. Francisco actúa como un papa profundamente político cuyas principales prioridades pasan por lo que él denomina «las tres Tes»: tierra, techo y trabajo. «La realidad –suele repetir Bergoglio– es más importante que las ideas». Y la realidad de la Iglesia es, por definición, universal: de las villas miseria en Hispanoamérica al martirio de los cristianos en Oriente, del empuje creciente del catolicismo en África a su preocupante retroceso en Europa.

En esta especie de encrucijada que lleva de Benedicto XVI –el Papa de las ideas– al pontificado de Francisco –el Papa de las periferias–, se halla el nuevo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. No se trata de un destino menor –desde tiempos del cardenal Merry del Val, hace un siglo, ningún español había ocupado una posición tan relevante en el Vaticano–, ya que su cargo apela directamente a ese gran «camino medio» que refleja la universalidad del catolicismo. Le esperan retos como el diaconado femenino, el acuerdo doctrinal con los lefebvrianos, la tutela de la Amoris laetitia o la promoción de la fe en un mundo líquido y cambiante. Le esperan las periferias, porque el poder –cuando lo rige la conciencia– se sitúa siempre al pie de la cruz, en una frontera solitaria poblada por lobos. Le espera, en definitiva, la obligación de discernir «el camino justo que hay que seguir» con el papa y con la Iglesia, con la modernidad y con la tradición, siempre con la mirada puesta en ese horizonte último de la fe que es la eternidad.

Daniel Capó, periodista y crítico literario.

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