El hombre en su frontera

Desde el último cuarto del pasado siglo XX proliferaron las predicciones acerca del siglo XXI, a la vista de los cambios que ya entonces se anunciaban. Hoy muchos de ellos, incluso mayores de lo previsto, ya están aquí. Nadie puede negar la trascendencia de las innovaciones, en todos los aspectos, de esta revolución tecnológica, en la que vivimos, y el cúmulo de oportunidades que nos ofrecen. Los próximos años se anuncian apasionantes, pero a la vez preocupantes. A un panorama cargado de ilusiones se contrapone otro informado por el desasosiego y una cierta angustia. No hay lugar aquí para enumerar siquiera las enormes repercusiones positivas de las nuevas tecnologías, en todas las parcelas de la actividad económica; la medicina, la educación, las telecomunicaciones, … etc. Pero lo mismo habría que decir de los efectos negativos de su inadecuada aplicación.

Algo de la mayor importancia resulta cierto. Sí atendemos al balance de los últimos cuarenta años, vemos como los seres humanos han perdido gran parte de su intimidad; el individuo ha visto reducida seriamente su autonomía; mientras, el poder privado o público se ha incrementado de forma invasiva, a la par que se camina hacia la deshumanización. Rota su armonía con la naturaleza, atrapado en el presentismo y la fugacidad de un tiempo marcado por la asombrosa velocidad del acontecer, el hombre se deja llevar por la corriente de los acontecimientos, incapaz hasta de interrogarse sobre ese devenir que le supera.

Tachar de «erewhonianos» y «neoluditas» a quienes reclaman una profunda reflexión acerca de los avances tecnológicos y sus efectos sobre la humanidad es, cuando menos, una actitud tan cargada de prepotencia, como indecente. Aunque peor sería la respuesta en la que muchos se refugian asegurando que estamos ante algo inevitable. Esto equivaldría a admitir que los seres humanos han perdido el protagonismo de su Historia.

Hemos pasado colectivamente de «la edad de los por qué?» a la aceptación sumisa de lo que ocurre; de la crítica racional, al asombro. Una actitud que tal vez se deba a que cada día es más complicado entender lo que realmente hacemos, o no hacemos, por incapacidad, o comodidad. Sin tiempo para reflexionar y abducido por un lenguaje dirigido al espectro emocional, inundado de «ismos», (el de las pocas ideas y las muchas ideologías; con el consumismo, el populismo y el nacionalismo aldeano ahora de moda) y de «icas», (el de las nuevas tecnologías informática, electrónica, robótica, domótica, …) el hombre se diluye en su laberinto.

Entre las parcelas más llamativas de la nueva revolución figuran la inteligencia artificial y las tecnologías de la información y las comunicaciones. La primera, capaz de convertir al ser humano, tal y como lo hemos conocido hasta ahora, en otra cosa (no sabemos si mejor o peor, pero distinta). Las segundas, en cierto modo, también.

A propósito de estas últimas llaman la atención tanto su influjo cuantitativo, como cualitativo en la vida cotidiana. Según datos recientes hay en el mundo alrededor de 4.500 millones de usuarios de internet, (más del 57 por 100 de la población mundial) y 5.112 millones (el 67 por 100) tiene teléfono móvil. En España están conectados a internet el 93 por 100 de sus habitantes, con una dedicación media diaria de 5 horas y 18 minutos. A estas habría que añadir una atención de 3 horas/día por término medio a la televisión y cerca de 2 horas a la actuación en redes sociales; sólo el 19 por 100 por motivos de trabajo. Si sumamos a estos «ejercicios» el tiempo destinado al aseo, alimentación, descanso y otras funciones imprescindibles, queda cada vez menos margen para otras actividades.

Las redes sociales soportan una información sin constatación y verificación posible por parte del receptor, en la mayoría de los casos, y sin ningún otro mecanismo de comprobación entre éste y el emisor del mensaje. Las redes sociales han transformado profundamente ya la relación de los seres humanos entre sí y de cada uno de sus individuos consigo mismo. Habremos de admitir que la verdad ha vivido siempre peligrosamente, pero se creía en ella y se buscaba como un valor superior. Hoy, en la época de la posverdad ya no se trata de si hay mayor o menor grado de mendacidad, sino del desprecio a la verdad.

El potencial destructivo de las redes sociales se hace cada vez más evidente. Todos somos posibles víctimas de la manipulación a través de ellas. El científico acusado de alguna práctica tan escandalosa como falsa; el empresario cuyos productos se ven denunciados sin base alguna o peor aún con un mínimo de verdad que se hincha hasta la náusea; el deportista en entredicho por la frivolidad y los intereses bastardos de cualquiera que intenta desprestigiarlo; del político y aún del simple aspirante a serlo y particularmente de los más jóvenes.

Una vez más ante recursos ingentes cobra capital importancia la forma en qué se usen y para qué se empleen. Pueden contribuir al desarrollo del hombre o a su destrucción. Hasta el punto de que si hoy algunos se empeñan en buscar a Dios en el Universo, como hace con entusiasmo mi amigo Ramón Tamames, no tardaremos otros en tener que seguir los pasos de Diógenes buscando al hombre.

Emilio de Diego

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