El hombre en su isla

Tal vez el mejor retrato de Napoleón lo hace García Márquez al referirse a Bolívar, su discípulo en el Nuevo Mundo: «La vida le había dado ya motivos bastantes para saber que ninguna derrota era la última». Mirando al Atlántico desde ‘Dominio de Longwood’, su residencia, el emperador asumía el sonrojo de haber caído hasta ser el huésped molesto de sir Hudson Lowe, gobernador británico de la isla de Santa Elena, ¿y su envenenador cotidiano?

Dejaba tras de sí, nunca mejor dicho, una larga y ancha trayectoria verdaderamente histórica, con presencia de España, de cuyo final se cumplirán pronto doscientos años.

El Código Civil vigente en España, y por reflejo en gran parte de los países hispanos, es el napoleónico.

Es decir, el emperador había seguido en algo la estela de Roma, era -le ha llamado alguien recientemente- ‘el Julio Cesar moderno’: conformaba pueblos. Recuerda Ortega y Gasset que «Roma obliga a sus hermanas del Lacio a constituir un cuerpo social, una articulación unitaria». Eso quería arrastrar tras de sí el cónsul nacido en el aislado rincón mediterráneo que es Córcega, conformando un continente a su imagen. Tras su presencia en nuestro país, y no precisamente con talante pacífico, sus ideas para la convivencia se harían texto legal, solo luego, ochenta y un años después de haber dormido en una quinta de Chamartín como principio de su fracaso, pero posiblemente dando forma a nuestras aspiraciones íntimas como sociedad o poniendo a la luz las que eran realistas. En aparente paradoja, el pueblo -en una espléndida simbiosis con los mandos militares- se había alzado contra ‘el francés’, que demolía cuanto tocaba, pero recibíamos como legado su mensaje. Como escribe Malraux, paradójicamente «el emperador tenía la necesidad de transformar la confusión en orden». Esa es la finalidad de un código para la ciudadanía. Un tema para la reflexión sobre el ritmo y la cadencia de los tiempos históricos, también hoy: las leyes esenciales tienen que madurar, y no deconstruir con violencia lo ya existente.

El imperialismo más visible, y más vulnerable del corso se manifestó en sus empeños militares («mi espada está a mi lado, y con ella iré lejos», dijo en sus bríos juveniles): era un formidable estratega nato. No sueña con imitar al joven corneta Rilke, muerto joven para la gloria poética en cualquier batalla innominada: imitaba a los grandes militares absolutistas César y Alejandro Magno (a Jacques Louis David le ordenó que le pintara a lomos de un nuevo Bucéfalo en las crestas de los Alpes). Aspira hacer por la milicia una Europa ‘nueva’ bajo su mando, derrocando coronas para ceñírselas, e infiltrándola -pero solo ‘luego’- de leyes y de una ilustración que inicialmente confunde con su poder personal, a pesar de la apertura mental de un Talleyrand o de un Chateaubriand. No pretendía una Europa ‘europea’, sino napoleónica. Quizás esa utopía cruenta no hubiera sido posible si, coincidiendo casi con el desembarco continental del Napoleón casi adolescente, ‘la’ Francia como tal no hubiera optado por París frente a la monárquica Vendée. Pero es un futurible. Como lo es dudar si el nazismo habría cuajado con el parlamento operante en una Alemania coronada: puede ser azar histórico, pero justo entonces en la sociedad alemana se empezó a hacer moneda común la ‘banalidad del mal’, que después denunciaría Hanna Arendt en sus crónicas del juicio de Eichmann. En su visión inicial, Bonaparte tenía razón y razones para autoconsiderarse ‘el salvador’ de algún futuro: hacia 1800 existía un vacío de estructuras de autoridad, y toda Europa, desde el Estrecho hasta los Urales y Siberia, que son sus límites físicos, estaba pasiva y al aguardo de algún poder constituyente. Tal tarea la asumió como personal reto académico el cadete Napoleón: primero, olvidando su época de patriotismo corso, en que afirmaba que no descansaría hasta humillar a Francia. Luego pretendiendo una Europa ceñida por ‘su’ Imperio, desde España a Rusia, utilizando su genio militar. Hasta que la agoniosa empresa se le convirtió en tumba de sus águilas imperiales -y finalmente- en ese ‘momento estelar de la humanidad’, lo califica Stephan Zweig que fue el error del corneta de órdenes que confundió al ejército y propició su derrota final en Warterloo. La gloria de los ‘cien días’ ya no sería más que un fuego fatuo.

Había un gran hombre, incontenible, en Napoleón. Aunque dejó Francia ‘más pequeña’, como reconoce el mismo Malraux. Había sido protagonista en la masacre de La Vendée, lo que apenas se relata. Segó, o miró hacia otro lado para dejar hacer, la vida del duque de Enghien, ‘recuerdo y riesgo de la corona’, en una acción que fue «aún más que un crimen, un tremendo error político», subraya Chateaubriand en sus soberbias, política, ética y literariamente, ‘Memorias de ultratumba’. Y en Santa Elena, en el momento de la verdad final en soledad absoluta, escribe el emperador ya sin trono algo así, respecto de quienes le han servido en el campo de batalla: «Los cadáveres de tus soldados cubren el campo, y alguien invisible, la fuerza de la historia, los amontona para ti, precisamente, es una evidencia: pero, ¿con qué fin? Tiene que ser, te dices, para que te sirvan al principio de escalera y enseguida de peana, y tú te instales en su cima, para permanecer: y ya no los ves, no reparas en los hombres que sacrificaron sus vidas ‘para mí’».

Esa puede ser el alma desalmada de los ‘populismos’ actuales, es decir, de las masas que pretenden ser líderes sin rostro, sin ser conscientes del estrago social que causan en nombre de un socialismo sin paternidad conocida. Jamás se escuchará de su boca la confesión final de Napoleón. Y, por desgracia, aspiran a constituirse algún día por electrolisis en el distintivo del siglo XXI: desdibujados tras las pantallas de millones de móviles para descomponer de cara al futuro cualquier construcción histórica, intelectual, artística o moral. Los componentes de la masa autoproclamada protagonista única de la sociedad, buscan el momento de gloria en que sus ocurrencias se hagan quizás ‘virales’, sin responsabilidad personal. Se diluirán en el fracaso, seguro: pero no tendrán la gallardía de asumir el fiasco y la hecatombe como propios. Se negarán a reconocerse en la frase bolivariana, ¿o napoleónica?: «la vida le había dado ya motivos bastantes para conocer que ningún fracaso es el último». Los populismos no son napoleónicos, errados pero respetables: llegan bajo el brazo de los incapaces para justificarse como la antítesis de cualquier humanismo. Y duermen no en la convicción y el arrullo de la palabra, sino en la estridencia de la utopía no explicada. Es lo suyo.

Santiago Araúz de Robles es escritor.

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