El Hombre hecho cenizas

Según Adorno, nadie podría escribir un poema después de Auschwitz. Y, sin embargo, Paul Celan, un rumano educado en la cultura alemana por decisión de una familia que perecería en el exterminio, escribió uno de los mejores poemas de la posguerra, dedicándolo, precisamente, a aquella atrocidad. Celan creyó que solo el lenguaje poético podría ayudar a penetrar en las inmediaciones del mal, en los arrabales de la injusticia absoluta, en la vecindad del hondo corazón de las tinieblas. Porque solo a través de la intuición y la metáfora, solo mediante la intensidad de una imagen lírica, podríamos llegar a comprender el lugar del crimen. Ningún lector de la poesía europea de nuestro tiempo ha logrado escapar a la conmoción del Todesfugge, aquellos versos oscuros, reiterativos como golpes de aldaba en la historia de Occidente: «Cavamos tumbas en el aire, allí no hay estrechez». En efecto. Hacia un cielo humillado, hacia un cielo sombrío, se alzaron las vidas humanas reducidas a ceniza. Como pétalos de sombra, como puñados de polvo, como páginas devastadas, las cenizas que un día habían sido cuerpo del hombre, residencia del espíritu, elevaban su fragilidad dispersa hacia las nubes pálidas y sucias, hacia las nubes anchas del aterido cielo de Polonia.

el-hombre-hecho-cenizasPara quienes creyeron que el hombre es solo materia, la incineración del cuerpo era la imagen más perfecta de su infame victoria. Para quienes creyeron que el hombre es solo un individuo de carne y hueso, con mero instinto de supervivencia, aquella ceremonia crematoria era un acto triunfal de aniquilación completa, que tras la muerte volcaba en el aire las cenizas desalmadas de lo que había sido una vida inferior, una existencia prescindible.

Se ha cumplido el setenta aniversario de la liberación de Auschwitz. Comentaristas desconcertados, intelectuales abrumados por el peso de una culpa colectiva, vuelven a quedarse muy lejos de la interpretación adecuada de aquella tragedia. Los historiadores que se acercan a la idea de progreso con la sonriente vacuidad de un modernismo que prescindió de los imperativos morales de una civilización tratan de explicar en vano las imágenes desquiciadas del exterminio. Ese Auschwitz que nos aterra, con su aparente falta de sentido, fue el espantoso capricho de una libertad y una razón a las que se habían arrebatado los principios morales más exigentes. Aquellos principios que, desde el fondo de nuestra cultura, proclamaban que los hombres son iguales. Iguales en derechos, pero, sobre todo, iguales en la condición de su sagrada e intangible dignidad. Auschwitz no solo fue posible por la derrota de la democracia, por la quiebra de las promesas de la modernidad o por la destrucción de la tolerancia. No podemos conformarnos con el examen de las coyunturas depresivas de la economía, de la pérdida de legitimidad de los sistemas políticos o de la incapacidad de la sociedad liberal para dar cohesión a los ciudadanos presos de la desesperanza y del fanatismo. Hay que ir más allá, hay que cavar más hondo en la crisis de la conciencia europea, en el expolio de una tradición que dejó a toda una civilización sin los medios espirituales para comprenderse a sí misma y proteger sus principios.

Los expertos son entrevistados ansiosamente: «¿Cómo pudo llegarse a eso? ¿Cómo llegó la oscuridad a una Europa que había brillado con tanta intensidad desde el comienzo de su propia constitución como cultura?». Y sus respuestas siguen siendo insatisfactorias. En sus palabras persiste la incapacidad para nombrar aquella catástrofe en la que los hombres fueron reducidos a ceniza, o, en los tramos finales de un proceso criminal, fueron amontonados en posturas indefensas, en miradas depuestas y bocas vacías. Pura materia mortal, hacinada en los reductos últimos de la barbarie con rostro humano. Pura existencia sin motivo, descomponiéndose sin decencia en los recintos postreros de una visión del mundo en la que Dios sobraba.

Una muchacha católica, Sophie Scholl, dio algunas respuestas esenciales que la llevaron al sacrificio, definitivo, impagable, ejemplar, de la muerte. Aquella joven bávara participó en la redacción de los panfletos de La Rosa Blanca, el pequeño grupo de resistencia en el que militaba también su hermano. Describió en un soberbio alemán, rescatado de la injuria del verbo hitleriano, la pérdida del sentido espiritual de la existencia a la que el nazismo no había hecho más que dar forma consumada, un estuario coherente con la deshumanización materialista del individuo. Mientras algunos sectores de la Iglesia olvidaban lo proclamado por el mensaje cristiano original y reiterado por Pío XI en su encíclica Mit brennender Sorge, esta muchacha y sus compañeros lanzaban al mundo las claves para interpretar lo que sucedía en su patria: «Si el pueblo alemán renuncia a lo más alto que posee el ser humano y que lo eleva por encima de cualquier otra criatura, es decir, el libre albedrío (…) entonces sí merece su hundimiento». Y añadía, pocas semanas antes de ser llevada a la guillotina: «En esta última hora, cada cual, consciente de su responsabilidad como representante de la cultura cristiana y occidental, debe defenderse, todo lo que pueda, trabajando contra el azote de la humanidad, contra el fascismo y contra cualquier forma de Estado absoluto».

¿Cómo pudo ocurrir la tragedia? Con poco más de veinte años, un grupo de muchachos supieron explicarlo. Y lo pagaron con su vida. Apenas hemos escuchado, durante estas semanas de conmemoración, palabras de tanto vigor moral y de tal calidad interpretativa. Auschwitz fue la alucinante imagen de una utopía, en la que el hombre quiso proponer su soberana conducta por encima de cualquier restricción moral. Pero esa actitud, en la Europa del siglo XX, significaba algo más: quería ser la ruptura con una tradición que había dado aliento a Occidente hasta aquellos años desalmados. La distinción entre vidas con valor y vidas sin valor, entre existencias dignas y existencias superfluas, nunca podría haberse formulado sin la quiebra anterior de un orden inspirado en los principios del cristianismo. La condena del individuo a una muerte precedida de la más abyecta indignidad solo podía ser producto de la anulación ideológica, de la fractura del vínculo con una cultura que siempre expresó la libertad del hombre como condición, no como gracia religiosa o concesión política.

«Te enseñaré el miedo en un puñado de polvo», escribió el mayor poeta europeo del siglo XX, en su Tierra baldía. Auschwitz nos muestra el miedo en el puñado de polvo al que fue reducido el hombre por el hombre. En el puñado de ceniza al que fue condenado el hombre por el hombre. En el puñado de carne y sangre sin sentido en el que se convirtió el hombre a manos del hombre. Pero Auschwitz nos muestra también el lugar donde se encuentran las razones de nuestra cultura. Esas razones que nos invitan a dar significado al sufrimiento, explicación a la barbarie, dignidad a las víctimas. Y para que el grito lleno de ternura y compasión de Sophie Scholl, lleno de exigencia y de reprobación, nos alcance en otros tiempos oscuros: «¿Es que vuestro espíritu ha sido violado hasta el punto de que ya habéis olvidado que eliminar este sistema no es solo vuestro derecho, sino vuestra obligación ética?».

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

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